martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "Un confidente"

Por: Max Villareal


A: Doña Pilar Adame, una educadora con olor a santidad.

Mi primer contacto con la religión lo tengo en mi memoria muy grabado. El día que mi padre celebraba su cumpleaños, siempre, nomás este día, se trasladaba a la Villa de Guadalupe para dar gracias a la Virgen por permitirle vivir y disfrutar de buena salud. Como a mí me habían bautizado con el mismo nombre de mi padre, cuando tuve la edad suficiente en que podía hablar para pedir lo necesario, después que me vestían con un traje de casimir, camisa blanca, zapatos de charol y bien peinado, alisando mi enmarañado cabello con una goma que llamaban de tragacanto, me encontraba listo para partir con mi padre. Él me tomaba de la mano y juntos, enfilábamos con rumbo a la Basílica de la Guadalupana

Entrábamos a la iglesia y luego de persignarme con su mano tomando mis dedos, cruzando las naves principales, me llevaba de inmediato a la capilla lateral que se encuentra a la derecha del presbiterio, donde se venera al Sagrado Corazón de Jesús. De rodillas repetía la oración que a media voz mi padre rezaba y entre rezo y rezo, yo alzaba la vista hacia la parte superior del ábside, observando la figura de Jesús y recordaba que él era Dios, el Diosito del que me hablaba tanto mi abuela; pero a mí no me inspiraba protección o amor, como me lo habían inculcado; no, a mí me espantaba. Lo veía con miedo, así como también me horrorizaban los Cristos o ya crucificados o ya flagelados; tanto las figuras de pié, como las encerradas en ataúdes transparentes que todos los fieles tocaban o llegaban a besar el cristal que los protegía, mascullando ininteligibles oraciones y peticiones. A mis escasos cuatro años de edad, estas imágenes que rehuía ver, no me hacían comprender que representaban a Dios, el Dios hijo del Padre creador de todas las cosas.

Antes de salir de la iglesia, nos deteníamos frente al altar de la Virgen. Santiguándonos, mi padre pedía por mí y por él, con palabras que no escuchaba completas y las terminaba con una oración, la misma que por las noches rezábamos a dúo, mi abuelita y yo.

Al traspasar la puerta de salida, el paseo continuaba al escalar el cerro para llegar al templo de la Virgen del Cerrito; digo escalar, porque en aquél tiempo, aún no se construían las escalinatas escénicas que hoy forman la ruta de ascenso hacia la cima del cerrito del Tepeyac. Al descender, por el lado contrario a la subida, llegábamos a la iglesia del Pocito, una joya arquitectónica, donde también, en el pozo que se encuentra en su interior, me negaba a beber de los desportillados pocillos de peltre, mugrosos y grasosos, que pendiendo de una cuerda, todos los fieles extraían agua del fondo del pozo para gustarla, atribuyéndole poderes milagrosos para la cura de muchos males, tantos como eran las peticiones de cada uno de los peregrinos que llegaban a beberla. El agua procedía de un manantial, hoy ya seco.

Luego, al mercado, donde comíamos las famosas gorditas de maíz vistosamente envueltas en papel de china de muchos colores, acompañándolas con un jarro de atole champurrado, muy exquisito; para finalmente, terminar el viaje con lo que más anhelaba cada año: Saborear una enorme copa de nieve con frutas, galletas y mermelada. Para ello, nos trasladábamos al centro de la ciudad, abordando un autobús o un tranvía eléctrico y llegar a una nevería en la que me servían el delicioso postre, que se convertía en el deleite que sólo una vez al año, en su cumpleaños y mi santo, degustaba con una fruición muy propia de mi infancia.

Los paseos se repitieron hasta que terminé los estudios primarios, paseos en los que las más de las veces nos acompañaba mi abuelo, padre de mi padre y luego, por la costumbre los realice yo solo ya que mi padre, divorciado de mi madre, se volvió a casar y mi abuelo, lamentablemente para mí, falleció. Por ello ya no tuve compañía para la andanza anual a la iglesia de la Emperatriz de las Américas; pero, nunca dejé de efectuar el recorrido habitual y claro, mucho menos, dejé de asistir a degustar el rico helado, la gran copa especial, el mismo día del cumpleaños de mi padre.

Próximo a cumplir diecisiete años, no iría solo como lo había efectuado los últimos cuatro años a la Basílica. Esta vez me acompañaría un condiscípulo de la Preparatoria, el cual, al término de las clases diarias salimos con rumbo a la Villa de Guadalupe, caminando. Aprovecharíamos el viaje, aparte del fin anual de conmemorar los onomásticos de mi padre y el mío, para hacerle la petición a la Santa Patrona, como una manda, para que tuviéramos éxito en los ya cercanos exámenes. Terminados los oficios religiosos y hechas nuestras peticiones, de regreso y sobre la calzada principal, para satisfacer el hambre y la sed que ya nos torturaba, entramos a una cafetería ubicada a dos cuadras de la Plaza. Sentados, yo recordando aquella gran copa de nieve y mi amigo tarareando la melodía estridente que sonaba en la rockola, devorábamos una enorme torta de milanesa. Al finalizar el disco, mi compañero se levantó hacia el aparato y al estar revisando la lista de las selecciones musicales, se aproximó hacia él una muchacha de nuestra edad y por la forma de vestir, estudiante también, que le dijo tomándole la mano donde llevaba la moneda, impidiéndole que marcara la melodía escogida:

---Ponle a la C-10, es el rock de mi predilección ¿Sí? Es “Confidente de secundaria”. –Mi compañero se le quedó mirando y como autómata, le obedeció. Ambos se quedaron frente al aparato cuando sonaron las primeras notas: “Si tu confidente soy, y en la secundaria voy; soy tu confidente, voy en secundaria; vamos a bailar el rock”, hasta que los llamé a que se sentaran a la mesa, mi compañero la invitó y sin ningún recelo, ella acepto de inmediato.

---¿Dónde estudian? -Adelantándose a nosotros, preguntó.

---En la Prepa Uno, ¿y tú?

---Yo voy a la secundaria Once, voy en tercero, ya han de saber dónde queda.

---Si claro –le contesté-, ¿y qué andas haciendo por aquí?

---Vivo en la calle de Ricarte, a tres cuadras de aquí. Un amigo me invitó a comer, luego a pasear por la Plaza y entrar por la tarde a rezar el rosario; pero no aparece. Quedamos de vernos aquí, en esta cafetería.

La plática continuó, obligándonos a invitarle a nuestra nueva amiga una enorme torta como la que habíamos degustado momentos antes. La reunión se prolongaba y notando el enorme interés que mi compañero mostraba hacia la muchacha, acaparando su atención y no permitiendo que yo le echara los perros, decidí dejarle el campo libre, preguntándole:

---Ya es muy tarde para mí, ¿te quedas o nos vamos?

---Me quedo, nos vemos en la escuela mañana temprano. -Despidiéndome de mano, me retiré dejándolos solos, sin tener la más remota idea de lo que el futuro destinaba para la pareja de jóvenes estudiantes que estaban frente a mí; ya que en esos momentos sólo pasaba por mi mente, el enorme helado que dentro de un rato, en cuanto entrara a la nevería, me jambaría.

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Ofelia fue prohijada por un matrimonio cuando su madre que trabajó como sirvienta con ellos desde muy jovencita, a partir que arribó de una escondida ranchería de la sierra de Hidalgo al lado de la pareja, murió al darle la vida a una pequeñita. La sirvienta nunca regresó a su lugar de origen viviendo todos sus años al lado del matrimonio, no considerándola estos como sirvienta, si no como una más de la familia. Jamás les confesó quien había sido el responsable de su embarazo y sin tener contacto alguno con sus familiares posibles así como desconocer la ubicación de su pueblo y el nombre del padre, para notificarles el deceso de la madre y el nacimiento de su hija; retuvieron a la niña a su lado para posteriormente registrarla como hija legítima sin tener a nadie que se les opusiera; lo que motivó que ocultaran el verdadero origen de la criatura y ni a la propia niña, cuando creció, se lo revelaron.

Al paso de los años, con una infancia feliz en un verdadero hogar, con mucho amor de sus padres y sin carencia alguna, Ofelia se desarrolló adquiriendo un carácter simpático, extrovertido, de fácil palabra e ingenioso, sin tener un cuerpo que llamara la atención, pero sí armonioso y proporcionado a su media estatura con una real característica: Tenía un gran ángel, muy carismática y con una sonrisa franca que remarcaba su personalidad volviendo hermoso su rostro.

Sus padres, ambos profesores del nivel primario ya jubilados, continuaron prestando su labor docente en escuelas particulares ubicadas en la misma zona de su domicilio. Casados muy jóvenes, al terminar sus carreras, no tuvieron hijos propios poniendo como excusa a la pregunta de sus colegas y amigos del porqué no procrearon descendencia, aduciendo que para qué tenerlos, si cada año tenían un mínimo de cuarenta hijos nuevos que educar y la llegada de Ofelia, la explicaron que se debió a un embarazo milagroso e inesperado.

Tal vez por el medio familiar o por una vocación ya muy definida, Ofelia, al terminar la secundaria, ingresaría a la Escuela Normal para estudiar la carrera de educadora y especializarse después en niños con retraso mental. Su carácter le facilitaba la profesión que había escogido además del gran amor que sentía por los pequeños minusválidos, proponiéndose que su carrera la ejercería como un verdadero sacerdocio.

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Enrique, yo le llamaba Henry, fue mi condiscípulo por el período de dos años mientras cursábamos la Preparatoria y mi compañero para estudiar tanto en las bibliotecas como para realizar los trabajos escolares tanto de pareja como en los de conjunto. Pero estas labores escolares, sólo las desarrollamos poco más o menos, un año y medio, ya que desde que conocimos a Ofelia en aquella cafetería, ellos se hicieron novios y en cuanto salíamos de clases se despedía de mí y presto se dirigía a la secundaria para reunirse con ella.

Hijo de padre de sangre ibérica y madre mexicana, de costumbres bien arraigadas y con una disciplina familiar muy férrea, dedicado a atender su negocio de materiales para construcción de tiempo completo, le exigía mucho a su hijo, el único de los cuatro procreados que estudiaba, cumplir con los deberes colegiales entre semana y los sábados por la tarde al mostrador del negocio y los domingos a llevar la contabilidad necesaria que requería la administración del propio comercio.

Siempre muy cumplido con sus obligaciones, empezaron las dificultades con su padre al solicitarle continuos permisos para faltar, entre semana al llegar tarde cuando asistían al cine y los sábados para concurrir a los thes danzantes organizados por las diferentes escuelas donde teníamos invitaciones de los muchos amigos mutuos que conocíamos, bailes a los cuales yo era asiduo concurrente.

Terminamos la preparatoria y la secundaria, trasladándonos el siguiente año lectivo, nosotros a la Ciudad Universitaria y ella a la Escuela Normal, en Tacuba. Por lo tanto, se le complicaron los tiempos a Henry: Recorrer la distancia entre ambas escuelas le tomaba muchas horas y con la inclusión en su plan de estudios de una materia en el turno vespertino, tres días dejó de ver a su amada, causándole a él mucho desasosiego y a ella, más libertad. Poco a poco la pareja se fue distanciando, siendo quizá yo el vínculo entre ellos, dado que en las fiestas y bailes me seguía frecuentando con Ofelia y aunque mucho me atraía desde que la conocí, respeté la condición de ser la novia de mi gran amigo Henry y nunca intenté de rayarle su cuaderno.

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---Ofelia, sé que lo nuestro, por mi culpa, ya no puede seguir. Mi padre me exige mucho en el negocio y a la facultad le debo dedicar todo mi tiempo. He descuidado mis estudios y mi madre me ha preguntado que sucede, si es que tengo novia o que pasa conmigo. Por tanto, sólo tengo tiempo de verte un día a la semana y eso, sería un rato. Creo que lo más conveniente sea dejarte en libertad del compromiso que une nuestro noviazgo. Sabes bien que te quiero mucho y si crees en mí, espérame a que termine mis estudios, me reciba y entonces sí, reanudaremos nuestras relaciones… Mientras, puedo visitarte en tu casa de vez en cuando, como amigos, si me lo permites. –Con mucha sensatez, Henry le hablaba a su novia y ésta, manteniéndose callada, sintiendo por dentro algo de dolor, pensando que quizá ya lo amaba o quizá no, no lo sabía; pero si estaba conciente de que estaba muy joven para tener un compromiso formal, aparte por su carácter muy libre, por fuera se sentía con mayor libertad, con mayor independencia parea manejar su vida y aceptar las invitaciones y pretensiones de varios estudiantes de la Normal, entre ellos primordialmente un alumno del último grado, guapo, con buen porte e inteligente.

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A Henry en Ciudad Universitaria ya lo veía muy poco. Algunas veces en el café central, otras en la terminal de los autobuses y por mera casualidad nos vimos la última vez en la biblioteca central. Luego, lo dejé de ver totalmente los dos años finales de la carrera. Aunque habíamos cursado el mismo bachillerato, él ingresó a la Facultad de Ciencias y yo a la de Arquitectura, no siendo impedimento para continuar con nuestra amistad, aunque trucada por su justificado distanciamiento. Al término de mi carrera, lo busqué en su escuela para comunicarle que pronto me recibiría y quería que me acompañara, informándome en la dirección de servicios escolares de su facultad, siendo una sorpresa para mí, que había dejado de asistir a sus clases. Fui a buscarlo a su casa y me llevé otra sorpresa: Ya no vivía allí y los nuevos ocupantes no me dieron razón hacia donde se había mudado. Poco tiempo después y de quien menos me imaginé al saber que ya habían terminado sus relaciones y que no creí que ella tuviera información de mi amigo; de Ofelia recibí noticias de Henry. Encontré a mi antigua compañera de tertulias en el vestíbulo de un cine, yo salía y ella entraba acompañada de un joven que me presentó como su amigo, el profesor Matías. Después de los saludos respectivos, la pregunta mutua, surgió:

---¿De Henry no sabes nada? Dejó de asistir a la Universidad y hace muchos años que no sé nada de él…

---Tiene más o menos un año que vino a casa a saludarme, por boca de él, supe que ahora vive en Toluca en la casa de su madre. Estudia en la Autónoma del estado; sé que estaba bien, bueno estaba cuando lo vi, no sé como esté ahora.

---¿No sabes su domicilio o su teléfono? –Rascándose con el dedo meñique la cabeza, ésta un poco inclinada, pensativa, me dijo:

---Humm… sí me lo dio; pero no me acuerdo el número. Lo apunté, no recuerdo donde… lo voy a buscar y cuando lo encuentre te llamo, ¿no has cambiado de teléfono? –No, le contesté,- OK, yo te hablo. –Ya despidiéndome le repetí, pues era la única liga que tenía para reencontrar a Henry:

---Si te llega a hablar o pasa a visitarte, dile que se ponga en contacto conmigo. Bueno –dirigiendo mi mano en señal de despedida hacia su acompañante-, y dándonos un efusivo abrazo con ella, me despedí y me retiré. Unos pasos más adelante, volteé y observé que la relación entre ella y su amigo era muy formal formando una buena pareja y sentí algo de celos, motivados quizá al saber que ya no tenía noviazgo con mi amigo y yo tenía prioridad ante ella. Deseché mis pensamientos y luego por la esclavitud a que me vi sometido para realizar mi tesis, dejé de verla y de pensar en ella. Ofelia salió por completo de mi vida.

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Sus relaciones iban viento en popa. Una vez recibido su título, Ofelia empezó a trabajar en un kinder ubicado por las calles de Coruña, en el mismo plantel donde realizó sus prácticas escolares y luego su servicio social. Por todos los antecedentes que formó como estudiante, fue muy bien recibida tanto por los padres de familia como por el personal docente. Ya muy bien establecida, su flamante novio, Matías, le propuso matrimonio. Ella aceptó. Veía en él una seguridad para su futuro y trabajando ambos como maestros no tendría problemas económicos ya que al igual que sus padres, serían un matrimonio de profesores; pero a su diferencia, ella no procrearía un solo hijo, sino tres o cuatro y les daría una excelente educación. Amaba mucho a los niños. De amor hacia su pretendiente… Matías sólo le gustaba, sentía atracción, seguridad; pero un verdadero amor, no, no lo sentía, no se lo despertaba, dejaría al tiempo, ya casados, su enamoramiento.

Para presentarla ante sus padres, Matías organizó una cena en la casa paterna. Al acudir y tratar con sus futuros suegros, con su gran ángel, cayó muy bien parada ante ellos, recibiéndola con cariño, diciéndoles que hacían una muy buena pareja. Durante el convite hablaron de cosas baladíes y de temas culturales, pasando con excelencia la prueba a la que la sometieron sobre su personalidad y cultura. Al término de la cena, pasaron a la sala y en cuanto tomaron asiento, el padre de Matías, un hombre sesentón, de porte varonil, que en sus juventudes debió ser un galán –de allí la apostura heredada por su hijo-, le preguntó:

---¿Cómo dices que te apellidas? –Pensando que al presentarse no le había escuchado decir su apellido, lo repitió:

---Godinez, señor, me llamo Ofelia Godinez.

---Nos platicas que tu padre es maestro, de casualidad no se llama ¿Adalberto

Godinez?

---Si señor; ése es su nombre y mi madre también es maestra, ¿porqué?

---Por que si es él, sin duda es condiscípulo mío. No nos vemos desde hace muuuuuchos años…Creo que desde que organizó una reunión a la que asistí…

A mí me trasladaron después a otra dirección escolar y no lo volví a ver. Ahora que nos lo presentes, si es él, recordaremos viejos tiempos.

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Los padres de Ofelia, esperaban con unos canapés comprados en una pastelería de prestigio, como cena informal, a sus futuros consuegros. Esa noche asistirían para pedir la mano de Ofelia, en matrimonio. Anticipadamente, ésta había puesto sobre aviso la casual presunción de que ambos padres se conocieran, hecho que muy pronto se dilucidó, al escucharse el timbre exterior y acudir a recibirlos en la puerta de la casa, escuchándose los saludos no esperados como presentación:

---¡Quiúbo Beto Godinez!, no has cambiado nada…

---¡Cómo estás tú, Casanova de petate! –Dándose un fuerte abrazo, afirmaron su antigua amistad y sin protocolos, antes de pasar al comedor, de pies todos, el pedimento se realizó. Se destapó una botella de sidra y los seis, que formarían una nueva familia, brindaron por la felicidad de la pareja y por su futuro enlace.

Pensando los padres de Ofelia que la reunión sólo se circunscribiría al pedimento y luego a consumir lo que tenían preparado y ya; pero dada la personalidad del visitante y a su sugerencia que le invitara una copa de algo fuertecito, Beto Godinez tuvo que destapar una botella de brandy e invitarlo a pasar a su estudio para continuar ambos rememorando sus antiguas vivencias y beber la copa pedida, que no se tomó una el invitado, sino muchas más.

En la sala se quedaron platicando la pareja con sus respectivas madres y cerca de la media noche, se levantó la mamá de Matías para decirle a su esposo que ya era la hora de retirarse y éste ya ebrio le contestó que en unos momentos más se retirarían, que ya pronto terminaría su charla. Estando solos nuevamente, el padre de Matías, con la confianza adquirida por la antigua amistad, le preguntó con un tono de voz que delataba su embriaguez:

---Oye Beto, antes de irme, no me puedo quedar con la duda y tengo que preguntarte algo: ¿Qué pasó con aquella señora, aquella morena, creo que era tu sirvienta o tu ama de llaves?

---¿Por qué lo preguntas? –Intrigado y receloso, le contestó.

---¿Te acuerdas de la pachanga que organizaste en tu casa con motivo de tus veinte años de docente y cuarenta y pico de edad? Aquella reunión que acudió toda la flota de nuestros amigos…

---Si me acuerdo, ¿porqué?

---Te lo confieso en confianza, ahora que ya casi somos de la familia, esperando que no te vayas a encabronar…-Bebió el último trago de su vaso y volviéndose a servir sin ofrecerle a Beto-, todos agarramos la jarra… y yo muy cuete, le eché los perros a tu sirvienta o lo que fuera. Me hice el dormido y me dejaste descansar en el sofá recomendándome que en cuanto me sintiera mejor, saliera de la casa sin necesidad de avisarte. Pues bien, estando todo en silencio y ustedes durmiendo, subí al cuarto de la azotea donde dormía tu sirvienta y le hice el amor. Me acuerdo que tenía unas piernotas morenas o más bien prietas… ¿Y qué crees? Ya no era joven, quizá andaba cerca de los cuarenta; pero… ¡Era señorita!

Asombrado ante lo que escuchaba, Beto no podía articular palabra y continuó escuchando la confesión, que dándole el cariz de ser una aventura, le narraban.

---Llorando me dijo que le iba a contar a tu esposa lo sucedido. Como pude la calmé, prometiéndole que regresaría por la tarde, pues siendo día domingo, su día de salida, la esperaría en el lugar que le indiqué para arreglar nuestra situación y avisarles a ustedes que nos íbamos a casar. Ya tranquilizada, en silencio abandoné la casa sin que ustedes se dieran cuenta del suceso.

---Ese domingo y varios más, nos vimos, conduciéndola a un hotel de paso muy cerca de tu casa, sobre la calzada principal. La mujer estaba muy buena y no me la podía perder por nada del mundo. Ya sabes o te acordarás que siempre fui un buen conquistador y la hice mi amante un tiempo… Luego, me cambiaron de dirección escolar, al estado de Morelos y ya no pude verla. Pasó como contigo, ni siquiera nos pudimos despedir. –Terminó su trago y se sirvió el siguiente, el del estribo dijo, mientras Beto se puso de pie y al querer recriminarle su actitud, fue interrumpido, escuchando al mismo tiempo que le extendían el vaso recién servido para chocarlo, la terminación del relato:

---Por todo aquello que pasó, te pregunto: ¿Qué sucedió con ella? –Tratando de controlarse, esquivó el chocar del vaso y con verdadera molestia le contestó:

---Murió… al dar a luz a su hija. –Guardando unos segundos de silencio, reprimiendo las ganas de abofetearlo, continuó diciéndole:

---No te digo que tienes muy poca madre, porque siempre, desde estudiantes, todos te lo decíamos: ¡No tienes madre! Pero ahora te agradezco lo que me has contado, muy a tiempo, porque la boda entre nuestros hijos, no es posible.

---¡Ofelia… es tu hija!

El casanova se quedó atónito, boquiabierto, ante las palabras de Beto, sin saber que contestar. Éste, unos segundos después al ver que su amigo no le contestaba nada, se dirigió a la puerta del estudio y llamó a su esposa y frente al pasmado narrador, la puso al tanto. La mujer por la sorpresa recibida, no soportó la declaración y perdió el conocimiento. Se desmayó y pesadamente cayó al piso. Beto la levantó y la recostó en el diván del estudio y salió corriendo hacia el botiquín del baño por unas sales para que recobrara el conocimiento. Al escuchar el ruido por el golpe de la caída y ver pasar a su padre apresurado, Ofelia se levantó del sofá donde platicaba con su futura suegra y entró al estudio. Alarmada y sin saber que pasaba, al ver a su madre desfallecida, empezó a atenderla y aplicó las sales que le entregó su padre. El padre de Matías, no dando crédito aún de lo escuchado, salió del estudio y en la sala tomó por el brazo a su esposa y muy nervioso, tanto que hasta la ebriedad se le había cortado, le dijo a su hijo: ---¡Vámonos! –Matías descontrolado, le replicó:

---¿Pero porqué papá? ¿Qué sucede?... Tan sólo déjame despedirme de…

---¡No! He dicho que nos vamos y nos vamos. En casa les contaré que pasó.

En silencio, como la primera vez que estuvo en la casa de Beto, sin despedirse de nadie, el frustrado y posible futuro consuegro abrió la puerta de salida y siguiendo a su esposa e hijo, abandonó a hurtadillas, la casa de la Beto Godinez.

Sentada en su sillón de la sala, repuesta del desmayo, pero continuando el llanto interminable, corriendo las lágrimas por su rostro y el esposo apesadumbrado de pie a su lado que trataba de encontrar las palabras para iniciar su plática y responder a las múltiples preguntas de su hija, escuchaba:

---¿Qué sucedió papá? ¿Por qué se fueron de esta manera? ¿Acaso los corriste o qué te hicieron o que le hicieron a mamá?

---Nada hija, sólo que tu boda no va a ser posible que se realice…

---Pero, ¿por qué?

Y el atribulado padre le platicó los sucesos desde su verdadero origen hasta la revelación del padre de Matías. Callada, al término de la confesión paternal, Ofelia se levantó y mostrando mucha entereza y serenidad, les dijo:

---Miren papacitos, todo queda bien claro y es correcta su decisión, no puedo casarme con Matías. Esto, quizá no me duela tanto… no me caso y tal vez llegue otro hombre a mi vida. Aún soy muy joven y no por este suceso tan desagradable se va a acabar el mundo; pero lo que no soporto es el dolor que me causa conocer mi origen, no, y no porque mi madre haya sido humilde. No. Sino por el hecho de habérmelo ocultado. Yo desde pequeña lo debería haber conocido y les estaría mucho más agradecida de lo que estoy ahora por la vida y educación que me han dado. Nunca seré una ingrata; pero, me siento muy mal, estoy confundida y debo tomar una determinación. Por lo mientras, me voy. Ahora junto lo más indispensable de mis cosas y mañana salgo de la casa; después, mando o vengo por el resto de mi ropa. Quiero estar sola y meditar sobre este trauma tan inesperado… No sé cuanto tiempo esté fuera, quizá regrese, quizá no…Buenas noches papá… Buenas noches mamá. –Ofelia se retiró a su recámara y su padre, abrazando y consolando a su esposa, en silencio, respetaron la decisión de su hija.

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Tres compañeros de la Preparatoria, posiblemente no los más populares pero que todos reconocíamos por su diligencia; organizaron una reunión en un restaurante decorado con el típico folklore mexicano. Convocaban a todos los integrantes de la generación estudiantil a la que yo pertenecía. Acudí y recibí una gran sorpresa: estaba presente mi gran amigo Henry. Efusivamente nos saludamos y procedimos a sentarnos compartiendo la misma mesa.

---¿Qué ha sido de tu vida Henry? Porque de la mía poco ha sucedido. Vivo en la misma casa con mis padres, ya terminé la carrera, trabajo en un bufete con unos ingenieros alemanes, tengo novia y aún no pienso casarme. Eso es todo. ¿Y tu cómo la has llevado?

---Yo, de la patada al principio, ahora ya estoy nivelado después de muchos sinsabores. A la muerte de mi padre, mis hermanos armaron una rebatiña. El mayor se quedó con el negocio, los otros se repartieron las propiedades, a mí nada aduciendo que nunca metí las manos en los negocios por estar estudiando. Sólo dejando una casa en Toluca y un fideicomiso para mi madre. A su lado viví y a su muerte la heredé. Me recibí en la Universidad del estado y estudié una maestría en Ciencias y soy titular de la cátedra de física en la facultad de Ingeniería y en el colegio de bachilleres del estado. Allá vivo tranquilo, en solitario y no, tampoco me he casado… aún no encuentro quien sustituya en mi corazón, el recuerdo de Ofelia.

---¿Y de ella, qué has sabido? –Le pregunté-, porque me la encontré a la salida de un cine, hace tiempo, la vi muy bien, quedó de hablarme y nunca lo hizo.

---Yo la visité hace años…-me contestó. ---Estaba muy empelotada para casarse y no queriendo molestarla o inquietarla, me retiré casi sin platicar, propiamente con el saludo y ya; después… no sé que haya pasado con su vida. No he sabido nada de ella…

El rostro de Henry se entristeció y cabizbajo bebió un sorbo de su vaso. Rápidamente traté de levantarle el ánimo, hablándole y palmoteándole la espalda:

---Mira Henry, lo importante es que nos volvimos a ver… ¡Arriba corazones! No te me achicopales, te prometo que la voy a buscar y en cuanto sepa algo de ella, te lo comunico. ¡Ándale! Por nuestra amistad, brindemos: ¡Salud!

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Investigué en la Dirección de Educación la ubicación de la escuela donde últimamente había trabajado y muy temprano me presenté ante la directora del Kinder. A mis preguntas, muy atenta, me respondió:

---¡UUUUhhh! Hace mucho tiempo que se fue… nos abandonó por problemas personales que tenía. Fuimos muy amigas. Vivió con otra maestra compartiendo un departamento muy cerca de aquí; vaya a verla, seguro le dará razón de ella. Anote la dirección. –Después de agradecerle su atención a mis preguntas, me trasladé de inmediato y pronto me vi tocando la puerta del domicilio indicado:

---Buenos días. ¿Es usted la maestra Juanita? –Afirmando con la cabeza, por la puerta entreabierta colocado el seguro de cadena, me respondió y me permitió continuar con mis preguntas. --- ¿Sabe? Busco a la maestra Ofelia, soy su amigo desde que fuimos estudiantes de secundaria. Ayer estuve en su casa; pero, ya no vive ni ella ni sus padres ni nadie me pudo dar razón de su nuevo domicilio. –Corrió el cerrojo, abrió la puerta y sin invitarme a pasar, bajo el dintel, me platicó:

---¡Ah! Ofelia, la pobre Ofelia… vivimos juntas aquí más de un año… desde que se salió de su casa hasta terminar el siguiente año lectivo. Luego pidió permiso y se fue de viaje a California, a San Francisco específicamente, durante dos años y medio aproximadamente. Regresó cuando la llamé avisándole que su padre había fallecido. Recuperó su plaza, volvió a trabajar con nosotras y a vivir nuevamente a mi lado. A su casa no quiso regresar, quien sabe por qué. Muy discretamente me informó que tenía un novio con el que pensaba casarse, yo no lo conocí; pero esta boda no se efectuó ni me contó las causas de la suspensión. Meses después, falleció su madre. Creo que no pudo vivir en soledad, sin el esposo y la hija, muriendo quizá de tristeza. Fastidiada de su vida, pensando que la mala suerte la perseguía, me dijo que ya nada la ataba a la ciudad. Que vendería su casa y se iría a provincia. Le habían ofrecido trabajo en una escuela particular bilingüe, en Querétaro y aprovechando que ella sabía hablar perfectamente el idioma inglés, no perdería esa oportunidad, a parte de que la paga era muy buena, le permitiría desligarse de todo lo que le rodeaba de mal fario en la cuidad. Preparó todas sus cosas, me regaló sus muebles y los objetos que no se llevaría como regalo de bodas, ya que yo mi iba a casar y ocuparía además, todo el departamento. Al día siguiente de mi enlace, partió, prometiéndome que en cuanto se instalara me proporcionaría su dirección, cosa que nunca hizo… y jamás volví a tener noticias de ella. De seguro sigue viviendo en Querétaro o, quién sabe.

La búsqueda se complicó. A Querétaro únicamente podría ir los fines de semana y en estos días, no trabajan ni la Secretaría ni las escuelas, ¿entonces, cómo buscarla? ¿Le iba a fallar a mi gran amigo Henry? La promesa de localizarla lo más pronto posible como eran mis deseos, no se la cumplí, sino hasta muchos años después y eso de manera circunstancial y sin buscarla, la encontré.

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Durante su residencia en el país vecino, se dedicó a estudiar, a prepararse, cursando una maestría y especialización en el sistema Montesori, y muy poco tiempo a pasear o divertirse. Quería olvidar sus traumas sentimentales, metiéndose de cabeza en el estudio. De amores, nada. Novios, ninguno, ya que los gringos que la cortejaban, pretendían que su relación fuera de amantes, sin compromiso, a los que se negaba rotundamente.

A su regreso a la capital, después de acudir al sepelio de su padre, cuando realizó los trámites para su reincorporación al magisterio, conoció a un funcionario de la Secretaría con el que formalizó un noviazgo, entusiasmándose con el pretendiente, creyendo ver en él, el amor esperado. Al recibir la proposición de matrimonio, no tuvo dudas: aceptó. Juntos, prodigándole mucho cariño a su futuro esposo, realizaron los trámites civiles para casarse el mismo día de la ceremonia religiosa y ya con el vestido habilitado y probado, recibió otra desilusión: El novio era casado. Ante ella se presentó la esposa ofendida, si bien ya no vivían juntos, no estando aún divorciados, tenía cuatro hijos a quien su futuro esposo, debía mantener. Él le había ocultado su verdadero estado civil y ante el nuevo fracaso, se frustró nuevamente, cayendo en una fuerte depresión nerviosa. A la muerte de su madre, vendió la casa heredada y partió a provincia. El trabajo lo necesitaba para alejarse del ambiente de la capital, de la vida que había llevado en ella y de la cual tenía muy malas experiencias personales. No quería seguir viviendo en la ciudad. Quería olvidarse de todo y de todos.

Después de impartir su clase matutina y ya bien establecida en la nueva ciudad, el tiempo libre vespertino lo comenzó a utilizar para asesorar a los grupos de padres de familia cuyos hijos padecían algún tipo de retraso mental, dando conferencias en las escuelas especializadas para este fin, aplicando el sistema educacional del cual había obtenido su maestría en el extranjero. Debido al éxito en su trabajo de orientadora, tuvo que dejar de impartir las clases matutinas en el colegio particular que la contrató, para dedicarse de tiempo completo a esta nueva actividad. Comenzó a recibir invitaciones de los estados del centro de la República y su radio de acción se amplió, recluyendo en sus conferencias, sus asesorías familiares y su orientación a las escuelas especializadas a los niños con deficiencias, toda su energía. Por lo cual, Ofelia veía pasar su vida sin ningún otro aliento que la dedicación cien por ciento a su trabajo.

Su carácter sufrió un gran cambio. Un giro muy notable. Ahora muy seria, quizá triste, quizá melancólica, viviendo sola en un pequeño departamento de su propiedad, en un fraccionamiento de alto nivel económico de Querétaro, el cual ocupaba regularmente los fines de semana, ya que entre días hábiles dormía en los hoteles de las poblaciones a las cuales era invitada para impartir su conocimiento.

Sus relaciones amorosas tenían el mismo final. Todas las peticiones que recibía para comer, cenar en los bares o bailar en los que tenían pista para ello, por parte de sus amistades del trabajo y escuela, abundaban; pero las intenciones de los acompañantes eran las mismas: divertirse sin compromiso, sin formalizar algún noviazgo o promesa de matrimonio, bajo cuyo principio había sido educada. Y nunca aceptó ninguna proposición. Quizá por esto su vida se convirtió en un verdadero enclaustramiento, tornándose en un alma solitaria, carente de amor y compañía.

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---Arquitecto, necesito su cooperación, es para causas benéficas. Sabe usted que soy la presidenta de un patronato alemán para ayuda a los niños débiles mentales y esta semana es la de recolecta a nivel nacional. Espero su apoyo y la presencia de usted y su esposa, para que nos acompañen a la serie de conferencias que se celebrarán en el auditorio de Centro Médico. Aquí tiene el programa. No me vaya usted a salir con el pretexto para no ir, que en su familia no tienen algún niño padeciendo esta enfermedad; pero, “Conocer para ayudar” es nuestro lema y es muy buen lema. Los espero sin falta. –La esposa del ingeniero Coleman, también de ascendencia alemana, mi jefe en la compañía en que trabajaba, nos pasaba la charola para su patronato y era imposible no asistir. Luego de entrarle con mi cooperación y la confirmación de nuestra asistencia, la señora continuó su colecta entre los demás ejecutivos de la compañía. Al salir del trabajo y llegar a casa, tuve que enfrentar a mi esposa para convencerla de que asistiera ella sola:

---Vas a tener que ir tú sola. Yo no tengo ningún pito que tocar en esas reuniones. Además, tengo compromiso de trabajo, tengo cita con un ingeniero de la contraloría para revisión de una estimación. Por favor… a ver que pretexto inventas para excusarme, siempre y cuando te vea la alemana, sino, ni le muevas. Voy por ti al término de la sesión y te espero en la salida del auditorio, luego, por tu apoyo, te invito a cenar, ¿Sí? No le puedo fallar a la alemana.

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---¡Qué bárbaro! Te perdiste de una conferencia magistral. ¡Qué conferencista tan agradable, tan docta! Esa señora se las sabe de todas, todas. Al término de su exposición, no me quedó otra que ir a felicitarla personalmente y le pedí su tarjeta, quizá recuerdes que los compadres de mi hermana tienen un bebé enfermito y se las voy a recomendar para que la consulten. ¡Mírala! Aquí esta su nombre. –Manejando rumbo al restaurante escuchaba a mi esposa platicar con verdadera efusividad los resultados de la conferencia y al extender la tarjeta frente a mí vista, obstruyendo la visibilidad, moviendo la cabeza hacia el lado contrario le respondí sin ver la tarjeta de visita:

---No, guárdala tú, aparte de que ahora no la puedo leer, yo no la necesito.

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Pocos días pasaron cuando descansando en casa, leyendo un libro de ciencia ficción, escuché a mi esposa hablando por teléfono. Había concertado una cita con la conferencista en la casa de mi cuñada y, ni hablar, ese día, saliendo de mi trabajo, tendría que pasar por ella. Molesto por acudir a ese tipo de reuniones, acepté ir; pero eso sí, hasta que finalizara la consulta y con la condición de que yo no participaría en nada. Llegado el día, me presenté como a las ocho de la noche, pensando que la reunión ya había terminado.

---Buenas noches. –Saludé a mi cuñada que salió a recibirme.

---Buenas, pásale, aún no termina, están en la sala.

---No, voy a la cocina. ¿Me preparas una torta o me la preparo yo?

---Prepáratela tú, en el refri hay de todo, yo estoy entrada en la consulta.

Justo al terminar la sesión, terminé mi torta. Me llamaron para presentármela, pues ya se despedía. Me lavé las manos y enjuagué mi boca para que se me quitara el olor a la cebolla y me limpié los labios. Salí por la puerta de la cocina directo al comedor y de pie, al centro de la sala se encontraba una mujer que me pareció conocida y solté una pregunta:

---¿Ofelia? –Pasmado, inquirí:

--- ¿ Del Valle? ¿A poco eres tú? –Incrédula respondió.

---¡Sí, soy yo! Pero te veo y no lo creo…

---Pues abre bien los ojos, soy la misma que viste y calza… -Ambos, entendiendo los brazos, nos saludamos y sellamos con un respectivo y largo abrazo nuestro inusitado encuentro. Al separarnos, la interrogué:

---Pero, ¿cómo es que has llegado a esta profesión?, siempre pensé que continuarías con la docencia…No te vayas aún, siéntate, vamos a platicar un poco. –Antes de continuar, les comentamos a nuestros asombrados testigos, que callados y con los ojos abiertos veían las muestras de afecto que nos prodigábamos por la antigua amistad que nos unía y, en lugar de ser el presentado, yo fui el presentador, sobre todo a mi esposa que todavía no digería nuestra amistad.

En breve charla nos relatamos algo de nuestras vidas sintiéndonos remontados a nuestros años de adolescentes y muy poco de nuestro estado actual, pero suficiente para estar pasándola bien. Ella, muy animada y quizá por primera vez quien sabe desde cuando, dejando el carácter adusto que la enmarcaba, volvía a ser la misma simpática muchacha que conocí; yo, feliz de haberla encontrado nuevamente. Luego y a mi parecer, se tardó mucho en hacerme una pregunta que esperé desde un principio:

---¿y de Enrique o Henry, como tu le dices, sabes algo o lo has visto?

---Sí, tengo contacto con él, muy poco, pero nos vemos.

---¿Y cómo está después de tantos años?

---Bien. Se conserva saludable y muy estable económicamente. Es catedrático de física en la Autónoma del Estado. Él te quiso y tal vez te siga queriendo, no se ha casado… ¿A poco quieres verlo?

---Ni yo tampoco, sigo soltera… aunque lo dudes según veo la expresión de tu cara. No me he casado tampoco, aunque han llegado varios príncipes azules, éstos se convirtieron en ogros, antes de formalizar nuestra relación.

---¡Cómo no voy a dudarlo! Si de amores nada me has contado, tan guapa e inteligente que eres, si no te has casado es que ya no hay o ya no te gustan los hombres. –Riéndonos, me contestó:

---¡No hombre, cómo crees! Lo que pasó es que he tenido mala suerte con ellos; pero volviendo a mi pregunta, de verdad, quiero verlo si es posible.

---Te doy el número de su teléfono –sacando de mi pantalón la cartera y buscando en el directorio su nombre, le dije-: Apúntalo.

---No, de esa forma no quiero verlo, quiero algo diferente, algo casual, que no sea yo ni él, de quien parta la iniciativa para reunirnos.

---¡Ah! Entonces quieres que yo le haga al cupido o a tu alka-seltzer, ¿no es así mi querida Ofelia?

---¡Ándale! Entonces para que son los amigos, tú tienes mucha imaginación, muchas ideas, a ver que se te ocurre…

Platicamos un poco más ahora con toda la familia, pasando al comedor para cenar los platillos que mientras charlábamos, las esposas rápidamente prepararon. Finalmente, antes de salir, escuchó mi propuesta aceptándola de muy buen agrado considerándola muy buena, dejando únicamente pendiente, la fecha. A su salida, todos los presentes hablaron maravillas sobre Ofelia y sobre la gran relación de amistad que nos unía.

El fin de semana fui a dar una vuelta por el mercado de la Lagunilla, a los puestos de mercancía usada o vieja y a la Villa de Guadalupe, para preparar el terreno, pues la fecha ideal se acercaba.

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---Oye Henry, el próximo domingo es la fecha en que cuando niño, mi padre y mi abuelo me llevaban a la Villa de Guadalupe y será también la primera vez que llevaré a mi hijo, para continuar con la tradición. Te recuerdo que además se cumplen veinte años de aquella vez que saliendo de la Prepa, fuimos caminando a pedirle a la Virgen, nos fuera bien los exámenes que se acercaban…Sí, ya veinte años…sí, salimos de la Prepa…si, sí, claro… nos veríamos en el mismo lugar… sí, en la cafetería, sobre la calzada… ¿Te parece a las doce del día?... Correcto, negra si me fallas… Allá nos vemos… Adiós mi cuate… –Colgué el teléfono y me quedé pensando que desde el día de la comida anual de la generación, la celebrada este año, no había vuelto a reunirme con mi amigo; pero por el hilo telefónico consecutivamente nos comunicábamos y estaba seguro que no me fallaría.

Levanté nuevamente el auricular y marqué otro número… ¿Si? Soy yo… el próximo domingo a las doce y media… puntualmente…¿Recuerdas dónde o te lo explico?... Sí, allí mismo… Hasta luego… Sí… Adiós…

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El domingo llegó y como casi cuarenta años atrás, se repetían los hechos. Recuerdo que mi abuelo llevó a mi padre, no sé si seguidamente como lo acostumbraron conmigo. Existe una foto de mi padre vistiendo un ropón junto con mi abuelo y como fondo la cúpula de la basílica. Así como me tocó a mí, ahora el turno era de mi hijo. Mi esposa lo arreglaba vistiéndolo con un trajecito nuevo y demás atuendos infantiles. Estando listos y desayunados, salimos temprano con rumbo a la Villa, asiendo con una mano, la manita de mi hijo y con la otra, en lugar de mi portafolio habitual, llevaba el morral con las vituallas y la ropa de cambio necesaria para mi hijo.

Al llegar y cruzar la gran plaza, me paré frente a la iglesia, la antigua, a la que me llevaban mi padre y mi abuelo, a la Basílica, la cual actualmente se encontraba cerrada por reparaciones estructurales para evitar su destrucción. Volteando luego hacia la izquierda para admirar la construcción del nuevo templo, el cual no conocía. Como edificio me pareció muy estético, armonioso en su trazo, pero quitándole las cruces existentes en la fachada, la iglesia perdía su carácter espiritual que debe animar a un centro religioso, convirtiéndose para mí en una alta carpa circense y no en el templo más importante para nuestras católicas creencias.

Penetré, y su interior sí es muy majestuoso, respirándose un ambiente místico, que invita a orar, a sentirse con tranquilidad consigo mismo, bajo el amparo de la Virgen… pero, ¡Oh! Desilusión; no hay capilla para la advocación del Sagrado Corazón, como en la anterior basílica, considerándose como un templo Mariano exclusivamente… Giré la vista en todo el interior y me di cuenta de lo mejor: no hay figuras de pie o en sarcófagos, espantosas, como aquellas que en aquel tiempo me daban pánico.

Después de participar en la misa y recibir la bendición sacerdotal, cruzamos toda el área interior y llegamos a la rampa del fondo donde circulamos por una rampa sin fin bajo la imagen de nuestra Señora. Le presenté a mi hijo pidiéndole que todas sus bendiciones lo acompañaran durante la larga vida que suplicaba, le concediera. Rezamos juntos, él repitiendo en su media lengua las frases que le indicaba. Encendí una veladora y después de persignarnos, salimos de la iglesia. No subimos al cerrito, sino que nos dirigimos directamente al mercado; mi hijo tenía hambre y sed y no quiso esperarse hasta llegar al restaurante, satisfaciendo sus deseos con las famosas gorditas y un jugo de zanahoria. Luego nos dirigimos directamente al sitio donde tenía una cita concertada con anterioridad.

De pie, frente a la cafetería, en la orilla de la acera, ya me esperaba mi amigo:

---¡Hola!, llegaste antes…

---Sí, sólo unos minutos nada más… mientras, estuve observando tanto peregrino, tantos fieles, con tanto fervor, es increíble como adoramos y respetamos a la Virgen… Bueno, -bajando la vista hacia mi hijo, lo cargó, diciéndome-: ¡Que grandote está! Se parece mucho a ti.

---¡Oye! No lo insultes, que te ha hecho para que lo compares así. –Riendo ambos, entramos al local.

Henry pidió de desayunar, ya que por salir de Toluca rápidamente no lo había hecho; yo, un refresco sin gas para mi hijo y café para mí. Y entre mordiscos a su guisado y sorbos de café, platicando, el tema derivó sobre la desaparecida Ofelia, pidiéndome que le repitiera mis pesquisas por Querétaro.

---Ahora sí, con calma, platícame como estuvo lo de Querétaro. La buscaste, pero, no diste con ella, ¿no fue así?

---Si la busqué, le seguí los pasos por las escuelas que estuvo, pero se esfumó. Sólo sé que vive sola, sin amigos ni parientes y así es muy difícil que alguien te de razón de su paradero. –Henry se quedó pensativo unos momentos y después me espetó:

---Sabes, no me lo vas a creer, pero la he soñado… y en mis sueños me veo que nos estamos casando. Vas a pensar que estoy loco ya que después de tantos años, quien sabe que le habrá pasado.

---No Henry, porqué voy a pensarlo. Muchas veces los sueños se vuelven realidad; los sueños son una especie de premonición… -Me iba a contestar cuando una persona entró a la cafetería y se dirigió directa a la rockola; sacó una moneda y la introdujo al aparato, marcando una melodía. Henry, sentado de espaldas a la sinfonola no la vio e interrumpí lo que trataba de decirme, hablándole en voz baja, casi a su oído:

---Voltea despacio… frente a la rockola, esta una mujer que de espaldas le da un aire a Ofelia, si no es ella, se le parece mucho… Obsérvala y confirma si tengo razón, o sólo lo imagino…

Torció el cuello, miró a la persona y de un brinco se puso de pie. Caminó hacia ella y cuando en la sinfonola empezó a escucharse el ritmo de “Confidente de Secundaria”, la mujer dio la vuelta quedando frente a frente. Se miraron unos segundos y sin hablar se fundieron en un largo y cálido abrazo, besándose todo el tiempo que duró la melodía. Mientras, pedí y pagué la cuenta. No tenía caso que nos sentáramos a platicar, era mejor dejarlos solos.

Salimos de la cafetería, yo llevaría a mi hijo para que se deleitara con la enorme copa de nieve en el mismo lugar donde mi padre me llevó a mí, para iniciar una tradición que quizá mi hijo la continuara, él también con sus hijos, y ellos, mis amigos de la adolescencia, se despidieron de mí y tomados de las manos, sin dejar de verse a los ojos, caminaron rumbo a la Basílica, lugar donde reanudarían las promesas de su juventud, de la época de estudiantes y que sus propias vidas impidieron hacerlas realidad en aquellos tiempos. Promesas del amor que siempre les fue negado y del cual ambos estaban muy necesitados. Y allí en el templo nuevo, bajo el ambiente de religiosidad imperante, de rodillas, tomándose las manos y alzando la vista hacia la Virgen Morena, bajo su custodia, se jurarían un amor eterno…

MAX VILLAREAL

Julio de 1999.

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