Por: Max Villareal
A la memoria de mi tío Heriberto, Capitán Piloto Aviador, del que guardo un bellísimo recuerdo, que jamás, pero jamás olvidaré.
La cancha de fut bol con sus medidas reglamentarias nos parecía pequeña. Corríamos tras el balón de meta a meta y de banda a banda, sin parar un solo momento y durante quien sabe cuantos tiempos de duración. No teníamos medida de tiempos ni lapsos de descanso. Llegábamos a los campos de Balbuena mis amigos y yo, por la mañana, inmediatamente de llevarnos a la boca un café y unas piezas de pan dulce como desayuno y escuchar el silbido del niño que primero salía a la calle, silbido que como clave teníamos para convocarnos a reunión y partir de inmediato a los campos deportivos. Todos éramos vecinos de la misma calle y formábamos un equipo con el cual, nos enfrentábamos a niños de otras cuadras de la misma colonia que habitábamos, en partidos interminables que se suspendían cuando el estómago nos decía que ya era la hora de comer. Así pasábamos los días festivos y las vacaciones escolares, cuando cursábamos los últimos años de la educación primaria.
Las canchas de fut bol se encontraban dentro de los terrenos pertenecientes al aeropuerto militar de Balbuena, instalación militar de la Fuerza Aérea Mexicana; canchas ubicadas entre la alambrada que limitaba al aeropuerto por el poniente y la pista de taxeo que corría de norte a sur, por el oriente, iniciándose por el norte en los hangares de los mecánicos de aviación, hasta su final en el lindero sur del aeropuerto limitado por los campos de labranza de la Magdalena Mixhuca.
Los deportistas dominicales que utilizaban los campos contando con el debido permiso, entraban al aeropuerto por un acceso localizado al final de la avenida Cuahtemoctzín, avenida que remataba en una gran fuente cuyo brocal y surtidor se construyeron con concreto armado simulando grandes rocas; fuente que ornamentaba la entrada al Parque de Balbuena. Este gran parque empezaba por el norte desde el Deportivo Venustiano Carranza terminando por el sur con la avenida del Taller de la colonia Álvaro Obregón; al oriente el aeropuerto militar y por el poniente la avenida Bernardo de Balbuena, vialidad nombrada en homenaje al poeta español radicado en la Nueva España y que habló con grandilocuencia sobre La Grandeza Mexicana por los años de 1600. Este parque en realidad era un bosque con un hermoso lago, del cual sólo observé el vaso lacustre ya seco, y según me platicó mi abuelo, corría un trencito por toda su periferia para disfrute de todos los visitantes, muy semejante y muy anterior al que corría en sus inicios en nuestro gran bosque de Chapultepec.
Estas puertas, abiertas sólo los domingos para los deportistas, para nosotros no era impedimento entrar cualquier día, ya que teníamos accesos soterrados bajo la alambrada de límite y cubiertos con los yerbajos silvestres que crecían en la franja de terreno paralela a la barda metálica, accesos que rutinariamente los militares tapaban; pero más tardaban en cerrarlos que nosotros excavar otros en diferentes sitios.
Claro, al principio, como penetrábamos sin permiso, en cuanto veíamos acercarse un jeep con militares, emprendíamos la huída; pero al no reprendernos y permitirnos jugar, tomábamos confianza y continuábamos jugando sólo acatando las recomendaciones que nos daban de no acercarnos a la pista a menos de cincuenta metros de su límite, por el riesgo que corríamos al elevarse como al descender, los aviones militares que utilizaban el aeropuerto.
En cierta ocasión, enfrascados en nuestro juego, no nos dimos cuenta que los militares nos rodearon deteniéndonos a todos y trasladándonos en un camión transporte a los hangares. Muchos de mis compañeros, llorando, pedían que los dejaran ir, otros como yo, sabíamos que lo más probable era que llamaran a nuestros padres y recibiéramos el consabido regaño y las merecidas nalgadas por invadir el área federal del aeropuerto. Más no fue así.
Un joven militar que portaba en sus charreteras las barras de teniente, se dirigió a nosotros con palabras claras para que comprendiéramos el delito que cometíamos al entrar sin autorización a los terrenos del aeropuerto, lo que causaba como pena por violar las ordenanzas, que todos seríamos arrestados. No obstante, aún con intimidación, nos dijo que había una opción para que no fuéramos remitidos a la cárcel militar. Niños todavía, desconocíamos las leyes que nos protegían por ser menores de edad, siendo imposible que nos encarcelaran; pero asustados, escuchamos su propuesta:
Con motivo de las próximas fiestas patrias, los aviones militares deberían efectuar las prácticas de vuelo previas al desfile aeronáutico del 16 de septiembre y como no contaban con los fusileros paracaidistas que sólo volarían el día del desfile, requería de nosotros para que como lastre humano abordáramos los aviones de transporte DC-3 y sirviéramos como suplentes de soldados paracaidistas… Nosotros, subir a los aviones que sólo veíamos de lejos y, ¿volar por primera vez? ¡Si ese era nuestro mayor deseo! Siempre soñamos que seríamos pilotos de los aviones de guerra del escuadrón 201, que veíamos continuamente elevarse y aterrizar en las pistas de aeropuerto… Y allí estuvimos durante tres años, según lo recuerdo, los días previos a las fiestas de septiembre y del 20 de noviembre, volando en un avión militar, sentados o hincados sobre los asientos de tiras de madera, adosados a todo lo largo del fuselaje y asomados a las ventanillas para observar desde las alturas todo el Valle de México, sin cinturones de seguridad, sólo escuchando la voz del copiloto por su altavoz, que nos indicaba tanto al elevarnos como al aterrizaje, que nos agarráramos muy fuerte de los asientos. Y al término de la práctica, todos bajábamos del avión con el gusto de haberse realizado el sueño de sentirnos pilotos aviadores, durante las tres horas que duraba el raid aéreo, sin que se enteraran nuestros padres en que onda andaban sus pequeños hijos.
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Desde su infancia, asomaba su pequeña nariz entre el alambrado que formaba parte de la barda de la escuela primaria, para observar los aviones que utilizaban el aeropuerto civil de Balbuena para realizar sus vuelos comerciales, naciendo a partir de esa edad, el deseo de que cuando él fuera mayor, conduciría uno de esos aviones tan grandes.
Hijo de una familia numerosa, el quinto de una prole de ocho hermanos, motivó que a duras penas y eso porque demostró tener capacidad para el estudio, pudiera terminar sus estudios secundarios. No habiendo recursos familiares para continuar tan siquiera una carrera corta, empezó a trabajar como ayudante de mecánico en un taller automotriz muy cercano a su casa, por la colonia Moctezuma , colonia colindante con el aeropuerto.
Muy dedicado al trabajo, le comenzaron a pagar el salario mínimo a las pocas semanas de su ingreso y los sábados, al recibir el dinero de su raya, después de entregarle la mitad del sueldo a su madre, se dirigía al puesto de periódicos ubicado en la puerta de acceso para los pasajeros del aeropuerto, donde adquiría una revista especializada en aeronáutica que contenía muchas fotografías y descripciones de las naves aéreas que con mucho afán, las estudiaba; luego, subía a observar la salida y llegada de los aviones en el mirador que ex profeso, contaba la instalación portuaria de Balbuena.
Al llegar la fecha en que cumpliría dieciocho años, teniendo que cursar el servicio militar obligatorio y por el sorteo respectivo, le correspondió asistir únicamente los domingos; en cuyas sesiones de marcha y adiestramiento militar, por la jurisdicción de su domicilio, le correspondió realizarlas en la pista de taxeo del aeropuerto militar, junto a los hangares de los mecánicos de aviación.
Consultando con los militares de las instalaciones aéreas, prefirió, en lugar de marchar los domingos exclusivamente, darse de alta en la institución militar y con la experiencia de tres años de practicar la mecánica automotriz, fue aceptado para formar parte de los mecánicos de aviación de la Fuerza Aérea Mexicana.
El primer día, integrado al ejército con el grado de soldado raso ayudante de mecánico, se la pasó previa autorización de su superior, revisando, reconociendo, sentándose en los mandos del piloto en las cabinas, escudriñando, recorriendo el interior y sí, acariciando, como si cada una de las naves fuera su novia, a todos los aviones estacionados dentro de los hangares. Allí se sintió feliz y comprendió que en ese lugar se encontraba su verdadera vocación.
Años después, por sus conocimientos y dedicación absoluta a su trabajo, fue ascendiendo de grado militar y de responsabilidad en las instalaciones, hasta el grado de teniente y jefe del taller de los mecánicos, siendo él, el joven teniente que nos habló e involucró en aquellos vuelos que realizamos sin un mínimo conocimiento del riesgo que corríamos, éramos unos niños, con el sólo gusto de volar, gusto que muchos de aquellos compañeritos nunca pudieron volver a volar ni en aviones comerciales ni mucho menos en las naves del ejército.
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Al terminar sus estudios en una academia comercial con muy buenas calificaciones y recibir su título que la acreditaba como secretaria ejecutiva bilingüe, muchas ideas revoloteaban por su mente. Deseaba principalmente, desempeñar su actividad en una gran empresa ya comercial o ya industrial; pero sobre todo triunfar lo más pronto posible, para salir del horrible barrio promiscuo donde habitaba. Ambicionaba tener otra forma de vida, tener mejores amistades y relacionarse con personas de más alto nivel social; pero comenzó a deambular de una a otra oferta de empleo sin conseguir lo deseaba para ella. Desalentada, no le quedó más remedio que aceptar el puesto de cajera en un centro comercial que abrió sus puertas por el boulevard Aeropuerto. Rumiando sus penas, quejándose amargamente por el hecho de que de nada le había servido estudiar, trabajando en ese puesto que consideraba muy inferior a su capacidad.
Así transcurrió un año tras la caja del centro comercial, sin ninguna novedad ni acción que pudiera trascender en su status de vida, hasta el día en que entraron dos jóvenes hermosas y vestidas con un uniforme, mostrando una muy bien definida personalidad. Al pasar frente a su caja para liquidar los objetos escogidos, ella, mientras las atendía, les preguntó:
--Perdón, ¿dónde trabajan que se ventan lindas?
--En una línea aérea, somos stewardess, ¿sabes qué es eso?
--Sure, I speak english…Y, ¿podrían decirme cómo puedo ingresar para ser una de ustedes... y podrían echarme una mano, recomendándome?
--Toma, -recibiendo una tarjeta que sacó de su bolso una de ellas, diciéndole: --Ve a buscarnos, si no nos encuentras, habla con esta persona, dile que vas de parte nuestra, es muy buena gente.
--¿Creen que pueda ser aceptada?
--Debes ir bien arreglada, te ayudará que sabes hablar bien el ingles… y buena suerte.
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Durante el año y un poco más de trabajo en la tienda comercial aunado con el exiguo sueldo que cobraba y que compartía con su madre, nunca le alcanzó a Carmen para adquirir un vestuario suficiente y de buena calidad. Por eso, al recibir la siguiente quincena la invirtió completita para adquirir ropa de marca apropiada junto con los accesorios necesarios que hicieron juego con el diseño y color de sus vestidos. Carmen, de estatura mayor al promedio de las muchachas de su edad, esbelta, bien proporcionada y ya bien vestida, se veía totalmente diferente a la joven que con su vestimenta casual atendía la caja del centro comercial; era y se sentía, otra mujer. El lunes siguiente pidió permiso para faltar al trabajo y peinada y maquillada de salón, muy guapa, se presentó en las oficinas de la línea aérea para solicitar empleo. Apersonada ante el gerente de recursos humanos, hombre ante el cual había sido recomendada, tras la prueba del idioma, el uso de las máquinas de oficina y un test psicológico, fue aceptada; pero no como azafata sino como empleada tras el mostrador de atención a los pasajeros, dado que no había vacantes entre el personal de aire, además que para ello debería recibir un período de capacitación y no era el período disponible en la empresa, para impartir dicho adiestramiento.
Carmen sintiéndose a gusto en su nuevo empleo tras el mostrador de las recientes instalaciones que la línea aérea había inaugurado en la zona de ampliación del aeropuerto, desempeñó con excelencia su trabajo y lo que más contenta la tenía, era el magnífico sueldo que cobraba.
Muy pronto por su carácter y su inteligencia, se dio a conocer con todo el personal de tierra y aire, reafirmando su amistad con las azafatas que la recomendaron. Al cumplir dos años en su puesto y tras la obligatoria capacitación, tomó el puesto de una stewardees que se retiró por contraer matrimonio y ahora sí, su dicha estaba completa, sus sueños se realizaron y por la experiencia adquirida en los continuos viajes por todo el mundo, la hicieron sentirse libre de su casa y de su familia. Se sentía una mujer, declarándolo siempre, independiente y muy realizada.
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Cuando terminé la secundaria y el período para ingresar a la preparatoria, por un desfase en la fecha de la iniciación de cursos, hizo que mis vacaciones se prolongaran unas semanas más. Y recordando los recién idos años de mi niñez cuando viajaba en los aviones militares, una vez que descendía de la nave, me quedaba a platicar con el teniente sobre mis gustos por el aeromodelismo. Durante el período de mis estudios secundarios, ya le había mostrado los modelos que armaba utilizando madera balsa, modelos que contaban con un sistema de propulsión primitiva con base a una liga retorcida que al destorcerse, accionaba la hélice del avioncito. A partir de este sistema, el teniente me explicaba los sistemas de propulsión aeromotriz ya fueran los iniciales de motor, de turbina y los más modernos que todavía no se aplicaban comercialmente, los de reacción, enseñándome también la física de sustentación de las naves.
Al saludarlo en este largo período vacacional, me comentó que quizá aceptaría una proposición que le había hecho una línea aérea nacional para ingresar como jefe de mecánicos y de mantenimiento y, en caso de que aceptara, pediría licencia a la Fuerza Aérea. Cuando lo buscase, si ya no lo encontraba en estos hangares, debería trasladarme a la zona de mantenimiento de la línea aérea y allí me esperaba para invitarme de ser posible, a volar en los grandes aviones de pasajeros y me diera cuenta de la gran diferencia en comodidad entre estas aeronaves y los transportes militares que había abordado. De esta manera, visitándolo en mis tiempos de asueto escolar, conocí los sinsabores en que vio inmersa su vida, a causa de un amor incomprendido.
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Dedicado de tiempo completo a su trabajo, el teniente Joaquín de la Riva, permanecía enclaustrado toda la semana en el hangar principal, donde disponía de un pequeño departamento exclusivo para él, con todos los servicios, viviendo de la misma manera que cuando pertenecía a la Fuerza Aérea, recluido y durmiendo todas las semanas si ya no en un catre del cuartel, en mejor cama dentro de su habitación asignada, saliendo únicamente los domingos para visitar a su madre y entregarle el dinero para su sustento. El teniente Joaquín tenía otro concepto de la vida, con su carácter introvertido, serio, muy responsable, sin amistades fuera de sus compañeros de trabajo y sin ninguna compañía femenina, porque, influenciado por la forma en que vivió su infancia al lado de sus padres y hermanos, en una vecindad muy promiscua en donde todos los matrimonios vecinos vivían hacinados en un solo cuarto, él pensaba ahorrar todo el dinero posible para comprar una casa grande que compartiría con su esposa y los hijos que le diera y que de alguna manera llegaría a su lado la mujer ideal por él soñada. Mientras, su tiempo libre y de descanso, lo ocupaba para estudiar en los catálogos que recibía de los Estados Unidos con la descripción de los nuevos motores turborreactores; por que me decía, que la época de los aviones comerciales con el sistema de turbopropulsores de hélice estaba a punto de terminar su realmente corto ciclo.
Una aeronave que por las horas de vuelo realizadas requería del mantenimiento habitual, una vez liberado del área de pasajeros, fue trasladada a los hangares. Al efectuar la revisión en el interior del avión, uno de los mecánicos encontró un bolso de mano con las pertenencias personales de una azafata, tirado en el pequeño vestidor destinado para ellas en el avión. Al recibir el bolso, Joaquín hurgó en el interior encontrando datos para la identificación de la propietaria. Vio una credencial con su fotografía y le agradó la persona retratada, a tal grado que decidió ir a entregarla y conocer a esa mujer personalmente. Dejó lo que estaba haciendo, se quitó la ropa de trabajo, se bañó y acicaló, se vistió con su uniforme ahora ya luciendo las barras de capitán, se encasquetó el kepí y salió en su jeep con rumbo a las oficinas de la compañía en el edificio central del aeropuerto.
Al presentarse ante las oficinas del personal de aire, preguntó por ella informándole que se acababa de retirar hacia el hotel adjunto al aeropuerto para descansar mientras se preparaba el siguiente vuelo. Preguntándole que si le urgía verla, mandarían por ella para que se presentara ante él o si lo deseaba, se comunicarían con ella para que lo recibiera en el hotel. Negándose a ambas opciones, explicó lo del bolso dejándolo para que le fuera entregado e indicando que si por algún motivo ella regresaba y deseaba alguna aclaración, él se encontraría en el restaurante. Después de comer y hacer tiempo de sobremesa, un poco desanimado por no reunirse con la mujer como eran sus deseos, pensó en retirarse para su enclaustramiento, cuando un empleado le avisó que requerían su presencia en la gerencia general. Ante el Director de la empresa, escuchó las órdenes siguientes:
--Capitán, debe usted estar enterado: La compañía recibirá dentro de un año una nueva flotilla de aviones cuya propulsión será con base a turborreactores; prepárese, deje en el taller a quien considere capacitado para estar al frente, por que la semana que entra viaja usted a California a la fábrica de aviones. Va usted a recibir la capacitación necesaria durante los meses que considere necesarios en la mecánica de los nuevos motores, para que cuando recibamos el pedido, esté usted listo y familiarizado para aplicar sus conocimientos en el mantenimiento de los nuevos aviones.
--Le informo señor Director que en este momento estoy listo para recibirlos. He estudiado el funcionamiento de los motores en los catálogos respectivos y los manuales de operación que he recibido de la planta armadora; pero también estoy listo para partir en cuanto de la orden.
--Bien Capitán, conozco su capacidad y su responsabilidad. El lunes próximo saldrá para Los Ángeles, que tenga un buen y productivo viaje.
Al momento de abordar el avión, antes de que se abriera el vuelo para los pasajeros, Joaquín la vio, de pie, a un lado del acceso para el área de los asientos, acomodando los diarios capitalinos que entregaría a los viajeros que se lo solicitasen. Ella, al dar la vuelta hacia puerta de las escalerillas lo vio de frente y sorprendida escuchó la voz del Capitán:
--Perdón, ¿es usted la señorita Carmen? –Impresionada por el hombre que tenía ante sí, mirándola fijamente a sus ojos, turbada contestó:
--Sssii, Capitán, ¿en que puedo servirle?
--Recibió el bolso que había extraviado?
--¡Ah! ¿Fue usted quien lo encontró?... Y sí, si lo recibí, muchas gracias; pero, ¿va a viajar con nosotros? ¿Cuál es su asiento?
--No, no tengo asiento, yo viajo en la cabina, soy el Capitán en jefe de mantenimiento. Si ya están los pilotos a bordo, voy a pasar. -Extendiéndole la mano para estrechar la suya, se presentó: --Soy en Capitán de la Riva, con permiso… -Ambos se quedaron con una impresión agradable de sus físicos, ambos sintieron una sensación extraña al unir sus manos en el saludo y ella, callada, por primera vez impresionada ante un hombre, lo vio entrar en la cabina de los pilotos.
Durante el viaje, bastante largo de por sí en aquellos aviones de cuatro motores de turbina que tenían que efectuar varias escalas tanto para el ascenso y descenso de pasajeros como para recargar combustible, les permitió a Joaquín y a Carmen varias veces, platicar y conocerse entre sí. Al llegar a la ciudad de Los Ángeles, en lugar de tomarse el descanso merecido entre vuelo y vuelo mientras preparaban el vuelo de regreso, Carmen le sirvió de guía en la ciudad, debido a conocerla por los múltiples viajes que había realizado a esta metrópoli. Antes de despedirse y volver al aeropuerto, Carmen le prometió a Joaquín que haría contacto con él cada vez que realizara el vuelo a Los Ángeles y, con esta promesa y con el beso que se dieron en la mejilla como despedida, Joaquín en soledad, en su cuarto de hotel, se propuso llegar a conquistar el corazón de la hermosa azafata, pensando que tenía ante sí el ideal de la mujer con la que siempre soñó llegar a casarse.
La promesa se cumplió en muy pocas ocasiones. Por el trabajo de Carmen al cubrir otros destinos en sus vuelos, no se cumplió como eran los deseos de Joaquín. Al regresar a México, ya perfectamente capacitado, se enclaustró nuevamente en la revisión inicial de los aviones recién recibidos, olvidando sus sueños de un posible noviazgo y futuro enlace. Unos meses después, sacándolo de su marasmo emocional recibió una llamada telefónica. Carmen le llamaba informándole que tenía un período de vacaciones y pensaba disfrutarlo en Acapulco, comunicándole que si era posible contar con su compañía. El Capitán rápidamente tramitó un permiso para compartir juntos los quince días de asueto de Carmen, trasladándose al puerto para reunirse con ella.
Durante el primer día se divirtieron en la playa, comieron en un conocido restaurante y por la noche, su primera noche, sentados alrededor de una pequeña mesa en el bar del hotel donde se hospedaban, tomándose unos cocteles y luego de bailar muy juntos, Joaquín al confesarle sus deseos sufrió su primer descalabro amoroso:
--Carmen sabes bien que te quiero mucho…-Sacando del bolsillo de su guayabera un estuche con un hermoso anillo en si interior, entregándoselo y pidiéndole lo que siempre soñó:- ¿Quieres casarte conmigo? ¿Me aceptas como tu esposo?
--Joaquín, eres un buen hombre y no quisiera decepcionarte, tú harías muy feliz a cualquier mujer; pero aún no está en mi mente, casarme. –Sin ver la sortija, cerró la cajita y recorriéndolo por la mesita, se lo regresó. Joaquín no lo tomó e insistente, continuó con su petición:
--Mira Carmen, en el terreno donde se encontraba antes el aeropuerto militar, han urbanizado un nuevo fraccionamiento y pienso comprar una casa para fincar allí nuestro hogar, quedaría cerca del aeropuerto y su ubicación nos conviene a los dos…
--Compréndeme Joaquín, aún me considero que estoy joven, quiero vivir más tiempo como soltera, sin compromisos y te seré sincera: yo no dejaré de trabajar, mi madre me necesita y en el supuesto que aceptara, ¿para que queremos la casa? Tú tienes todo en el departamento del hangar y yo me la paso viajando, estoy en la ciudad a lo máximo cinco o seis días alternados, por mes y ya me acostumbré a vivir en los hoteles; entonces, ¿Cuándo ocuparía la casa? ¿Qué matrimonio seríamos? De seguro nuestra unión no funcionaría.
--Sin duda no me opongo a que sigas trabajando; pero, ¿por qué no pides tu cambio y regresas al mostrador de pasajeros y al término de nuestros turnos de trabajo, ambos vayamos a casa?
--No, te repito que para mí aún no ha llegado el tiempo de casarme y te quiero quitar la venda de los ojos y sepas bien quien soy…
--No me digas nada Carmen, te quiero así como eres, calla por favor…
--Espera Joaquín, yo te quiero y admiro también; pero sabes que soy una mujer independiente y que me gusta vivir sola. Tú lo que necesitas y lo mereces, es una mujer que sea tu compañera y te llene de hijos. No, yo no nací ni soy buena para ello… bueno, por estos momentos, quizá cuando pasen más años lo haré; ahora soy joven y quiero vivir sola y en libertad.
--Estás equivocada Carmen y confundes…
--El que está equivocado eres tú y no me entiendes, por lo que seré lo suficiente clara: me considero una mujer liberada, ya no soy virgen pues he tenido relaciones con algunos hombres del personal y supuse que en este viaje me pedirías que tuviéramos relaciones, que fuésemos amantes, dudándolo cuando supe que reservaste habitación para ti. Admiro tu integridad y el respeto que me tienes… de todos modos tomaré la iniciativa: ¿Quieres pasar a mi habitación? Vamos a tener relaciones; pero cada quien seguirá viviendo como hasta la fecha, sin compromisos, ¿vamos?
--No Carmen, para eso sobran las mujeres, para formar un hogar sólo pienso en ti. –Tomó el estuche, se levantó y cuadrándose se despidió: --Buenas noches Carmen.
Retirándose del bar se dirigió al hall del hotel y en la administración pidió la llave de su cuarto, entró en él, cerrando y acostándose de inmediato, pasando la noche sin dormir pensando en la proposición de Carmen y tentado a levantarse e ir a su habitación, vio llegar el amanecer. Muy temprano abandonó su cuarto, pagó su cuenta y la reservación de Carmen dejándole una nota de despedida, se trasladó al aeropuerto y regresó muy decepcionado y lleno de amargura, a la capital.
Su restante período de vacación, luego de convivir con su madre y hermanos durante unos días, los pasó meditando sobre su situación, decidiendo que debería separarse del sitio donde conoció a la mujer ideal para tratar de olvidarla. Lejos de ella no tendría la tentación de verla y rogarle que lo aceptara como esposo y no como su amante ni tampoco poder resistir a que Carmen se le acercara y volviera a provocarlo. A ella no la quería así, por eso la distancia era el mejor remedio para alejarla de su pensamiento y recuperarse de la decepción ya que nunca pasó por su mente que Carmen lo pudiera rechazar. El último día de su descanso se presentó ante el Director de la empresa aérea y argumentando cierta enfermedad que requería un tratamiento largo, pidió licencia con duración ilimitada. Concedida después de que dejó todo el taller en manos de su segundo, salió del aeropuerto para dirigirse a Zumpango, sitio donde ahora estaban las instalaciones de la Fuerza Aérea Mexicana, en su nueva base militar de Santa Lucía, en cuyos terrenos se reubicó el aeropuerto de Balbuena. Por su historial y capacidad, no tuvo problemas para darse de alta nuevamente, respetándole el grado militar que ahora portaba.
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Las relaciones íntimas que con frecuencia Carmen aceptaba, tuvieron su resultado. Luego de una larga estadía en España, lugar donde empezaron los vuelos trasatlánticos de la compañía, motivada por efectuarle a la nave a la cual estaba asignada el mantenimiento completo necesario por las horas de vuelo recorridas, al regresar al país se dio cuenta demasiado tarde que se encontraba embarazada; asumiendo ella sola la responsabilidad por no atribuir al posible galán la paternidad, al tener la duda de quien hubiere sido.
Por su estado muy poco tiempo continuó volando, pidiendo a la empresa que dada su situación la transfiriera al personal de tierra. La empresa aceptó, pero no habiendo vacante en el aeropuerto de México, fue destinada a ocupar su antiguo puesto tras el mostrador de pasajeros en la ciudad de Dallas, lugar en que permaneció unos tres meses trabajando ya que su embarazo le hizo subir muchos kilos y por política de la empresa, su estado y apariencia física, la imposibilitó continuar desempeñando el puesto. Sola, poco tiempo después, dio a luz a un bebé varón en un sanatorio de la ciudad texana.
Restablecida del parto se reincorporó a su trabajo tras el mostrador, iniciando los trámites migratorios para que su madre se trasladara a su lado y le ayudara con el cuidado del bebé, mientras ella trabajaba; pero su madre se negó a viajar. Enseguida le propuso que iría a su lado para llevarle al niño y se hiciera cargo de él en su casa, que por dinero no se preocupara, ella le mandaría suficiente cada mes, recibiendo nuevamente una rotunda negativa, porque su madre, ya vieja y grande, no podía con otro nieto más aparte de los que ya cuidaba de sus otros hijos casados con los que vivía a su lado, en la misma casa; además le dijo: que si ella se consideró siempre una mujer autosuficiente y libre para todos sus actos, ahora afrontara su problema. A Carmen no le quedó de otra, tendría que pagar muy a su pesar, niñera, guardería, escuela, para su hijo, donde para cubrir su costo se le iría la mayor parte de su sueldo.
En incontables veces pidió su traslado a México, no siéndole concedidos sus deseos, explicándole que era más fácil transferirla a otra ciudad de los Estados Unidos, que a la capital Mexicana. Resignada y sin tiempo para disfrutar su vida como lo hacía anteriormente, asumió el papel de madre soltera dedicada por completo a un sólo hombre: su hijo.
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Comprendiendo Joaquín que su amor había sido un imposible y razonando que no debería seguir encerrando en su pecho la amargura que le causó, decidió que tendría de cambiar en su forma de ser, cambiar su carácter introvertido, y tal vez, relacionándose con sus compañeros de trabajo y hacerse de amigos, podría encontrar a otra mujer y dejar de vivir aislado en el cuartel. Aceptó las invitaciones que le hacían sus jefes de mando y sus subordinados y en estas reuniones, después de conocer a dos o tres mujeres que de ninguna manera le hicieron olvidar a Carmen, en una de ellas, entre militares, congenió con una sargento que fungía como secretaria en otro escuadrón de la misma base militar. Tras unos días de cortejo se hicieron novios dándose cuenta Joaquín al intimidar en su corto noviazgo, que la mujer reunía todas las virtudes que él deseaba para la que fuera su esposa. A la salida de una fiesta a la acudieron como pareja, Joaquín le propuso que ya no fuera a su casa, que él la deseaba y quería que unieran sus vidas. Ella, enamorada de él y que jamás pensó que pudiera conquistar a un hombre tan apuesto e interesante, feliz aceptó.
La sargento Esperanza, originaria de Tlaxcoapan, un pueblo hidalguense cercano a la base militar, el siguiente domingo llevó a Joaquín para presentarlo ante sus padres. Hija de unos humildes campesinos, fue bien recibido y tras escuchar los deseos de Joaquín de adquirir un terreno para construirle su casa a Esperanza, el padre le regaló a su hija un terreno para que tal deseo fuera realizado. Y de inmediato se inició la construcción de una pequeña casa para ellos dos y cuando estuvo lista para ser ocupada, en una sencilla ceremonia en la oficina del registro civil dentro del Palacio Municipal, se casaron.
La primera noche que ocuparon la casa, el día de su boda, Joaquín recordó sonriendo, que luego de la estrecheses en que vivió su infancia y su adolescencia y tras los más de quince años de vivir en el cuartel y en el hangar de la línea aérea, por primera vez dormía en una recámara de su propia casa compartiendo el lecho con una mujer que se desvivía por atenderlo y por satisfacer todas sus necesidades. Abrazando a su esposa, le prometió amarla siempre y le agradeció lo feliz que se sentía ahora al estar juntos como esposos, y besándose apasionadamente, se entregaron a un amor sin condiciones. Joaquín había olvidado a aquella mujer…El matrimonio de Joaquín y Esperanza, fructificó a los dos años de su unión: un bebé varón con un parecido total al padre y su advenimiento alegró más el carácter del ahora Mayor de la Fuerza Aérea, reforzando el amor absoluto que le tenía a su pareja.
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Tres años después, para la renovación de las reliquias con que volaba la Fuerza Aérea, unos aviones caza Thunderbold y otras naves de reconocimiento Beechcraft, ambos desechos de la segunda guerra mundial que pertenecían al Escuadrón 201, aviones que aún volaban por la magia de los mecánicos comandados por Joaquín; el gobierno autorizó la compra de los primeros aviones caza con motor de turborreactor, -conocidos por nosotros como aviones de chorro-, unos jets que por el gran adelanto de la tecnología aeromotriz del vecino país quedaban descontinuados y estando en venta, Joaquín fue enviado para revisar el estado físico de la flotilla que se encontraba en los hangares de la base militar texana de Randolf Field y una vez contando con su visto bueno, comprarlos y trasladarlos al país.
Caminando por los pasillos del aeropuerto texano cuando ya había terminado su misión, acompañaba al resto de la comitiva administrativa que celebró la compra de los jets, para se retorno a la capital Mexicana. Él, junto con los demás pilotos del escuadrón ya capacitados en la operación de las naves, saldría hasta el día siguiente una vez que recibiera la documentación final autorizando por el gobierno americano, la salida de los aviones. Al retirarse del área para los diplomáticos en el aeropuerto y dirigirse acompañado de su asistente hacia el estacionamiento, escuchó una voz que pronunciaba su nombre. Se detuvo y buscó quien lo llamaba. No vio a nadie conocido y reinició su marcha, cuando sintió que lo detenían por un brazo y le preguntaban:
--Espera Joaquín, soy yo, ¿ya no me recuerdas?
--¡Carmen! ¡Qué haces aquí?
--Aquí trabajo, estoy en el mostrador de la línea, allí –señalándole el sitio-, ese es mi puesto… te vi pasar y pedí que me suplieran un momento para alcanzarte y saludarte…
--Veo que te ha ido bien, estás llenita…
--Sí, he subido varios kilos y no me aceptaron nuevamente como azafata hasta que recupere la figura; pero, ¿dónde te hospedas? ¿Puedo verte por la noche? Estoy documentando un vuelo y tengo que regresar. –Joaquín le dio el nombre del hotel y la probable hora de su llegada, acordando verse esa misma noche. Dando media vuelta en forma militar, sin extenderle la mano ni aceptar la caricia que Carmen trató de darle, Joaquín simplemente se retiró.
Por la noche, ya sin uniforme, salió de su habitación y bajó hacia el bar, lugar en que ya se encontraba desde unos minutos antes, Carmen. Al entrar la vio haciéndole señas con la mano ubicando su presencia. Joaquín se sentó frente a ella saludándola sólo con la voz, esperó a que se acercara la mesera para pedir la bebida de su preferencia, e iniciar la plática ante una mujer muy ansiosa de hablar:
--Y qué tal Carmen, ¿qué has hecho estos últimos años? Me parece que ya son más de cinco desde la infortunada para mí, última vez que nos vimos… ¿No es así?
--Sí, así es, y mi vida no ha sido nada del otro mundo, puro trabajo y lo más importante que me sucedió es que me embaracé y por ello me transfirieron aquí, al único lugar donde había una vacante entre el personal de tierra; aquí nació mi hijo… ya cumplió tres años y en virtud de que estoy gorda, como te diste cuenta, no me permiten volver al aire… ¿y tú?
--Me reintegré a la Fuerza Aérea.
--Si, lo supe cuando te fui a buscar a los hangares y me lo informaron. Traté de ir a verte a la base militar, pero por el trabajo nunca tuve tiempo para hacerlo. Ya te ascendieron, según te vi.
--Me lo he ganado a pulso, y bueno… ¿Para qué querías verme? ¿Qué se te ofrece?
--Decirte que estoy sola, soy madre soltera y vivo únicamente para mi hijo y que ahora en mi soledad he comprendido el error que cometí al no aceptar tu proposición. Has sido el único hombre que se acercó a mí ofreciéndome su corazón, todos buscaban otra cosa.
--Y esa cosa se las diste. No tuviste empacho alguno para negarte a darla, así que, de que te quejas…
--No seas así, compréndeme. –Joaquín impaciente, preguntó:
--¿Eso era todo o tienes algo más que decirme?
--Ahora que te vi en el pasillo, mi amor por ti, porque te juro que nunca te he olvidado, renació con más fuerza y perdóname que sea yo quien tome tu palabra de hace tiempo… Quiero aceptar la proposición que me hiciste: vamos a casarnos. Te prometo ser la mujer con quien soñaste, la mujer dedicada a ti, tu esposa, tu compañera, darte los hijos que quieras… ¿me aceptas?
Joaquín se mantuvo callado. Escuchar las palabras tan deseadas que lo hubieran hecho el hombre más feliz, años atrás. Pensó en todo lo que la había amado y todo lo que tendría que cambiar si la aceptaba, pero su dignidad y el cariño y respeto hacia la mujer que lo amaba tanto y que vivía para él y para su hijo, la mujer que le había dado la dicha de ser padre, prevaleció ante la llamita de amor que nuevamente se encendía al estar frente a Carmen y oír sus palabras. Lentamente, razonando, en forma cortante y viéndola fijamente a sus ojos, le dijo:
--Sigues siendo la misma mujer, no has cambiado nada Carmen. Sólo ves tu provecho personal… ¿Acaso no has pensado en que ya no soy el hombre que siempre estuvo dispuesto a satisfacer todos tus caprichos? ¿Casarnos? Por qué no me sugieres mejor que seamos amantes como me lo propusiste aquella vez? ¿Acaso no ha pasado por tu mente el que yo también me haya casado?
--¿Te casaste?
--Y qué, ¿debería contar con tu permiso para hacerlo?
--Nnnoo, perdóname, nnoo lo pensé. –Titubeante Carmen respondió.
--Pues así es, estoy felizmente casado y también tengo la dicha de ser padre de un hijo de tres años, como el tuyo. –Sin levantar la vista, Carmen no pronunció más palabras. Joaquín respetó su silencio, colocó unos billetes sobre la mesa por el consumo de las bebidas y antes de ponerse de pie, volvió a preguntarle:
--¿Eso es todo, verdad? No creo que tengas algo más que decirme. Y si lo tienes, intuyo antes que pretendas insinuarme tus deseos de subir a mi habitación, te aclaro que le soy fiel a mi esposa, me conoces y sabes mi manera de pensar, así que… Mucho gusto en volver a saludarte y me retiro; mañana salgo muy temprano para México al frente de la flotilla y tengo que descansar. Buenas noches Carmen y… adiós.
Hasta verlo alejarse de su lado y salir del bar, Carmen estalló en llanto, un llanto de dolor, de un dolor que le revelaba lo injusta que había sido con Joaquín y naciéndole en su conciencia un remordimiento por lo vano en que había vivido su juventud. Sin volver a tomar de su bebida, muchos minutos más, un poco más serena, se levantó retirándose de la mesa que compartió unos breves momentos con, ahora lo comprendía muy bien, el único amor de su vida.
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En su oficina dentro del hangar, Joaquín se sorprendió al ver llegar ante sí a Esperanza, con un rictus de dolor en su semblante: --¡Qué te pasa, te sientes mal?
--Sí Joaquín, estoy enferma, creo que mi embarazo no va bien… Voy a ir al médico…
--¿Vas al hospital militar? ¿Sí? Espérame, yo te llevo.
Frente al ginecólogo la pareja escuchó el diagnóstico, hablándoles el médico con mucho tacto:
--Mire Mayor, el embarazo de su esposa, la teniente Esperanza, es de altísimo riesgo. Debe permanecer en cama todo el tiempo. Se va a quedar hospitalizada mientras le hacemos los estudios y análisis necesarios, además revisaremos su expediente por el parto anterior no sea que haya dejado posibles complicaciones que afectaron su nuevo embarazo; después, ustedes deciden si se queda aquí o si pueden atenderla en casa, pero le recuerdo, requiere de un reposo absoluto.
Triste y preocupado, Joaquín salió del hospital dejando a Esperanza en manos de la ciencia. Mientras, por este día, iría a recoger a su hijo de la escuela, llevaría el comprobante médico al escuadrón donde prestaba sus servicios Esperanza e iría a la casa de sus padres para preparar quien de su familia podría cuidar a Esperanza, ya que de esta manera él estaría a su lado el mayor tiempo posible.
El estado de la Teniente Esperanza fue muy crítico. Hospitalizada a partir del quinto mes y no obstante toda la atención médica, al séptimo mes, a continuación de dar a luz a su segundo hijo por medio de una operación cesárea, de un paro cardio respiratorio, Esperanza murió en la mesa del quirófano. No pudo la ciencia hacer nada por ella. El bebé, otro varón, de muy bajo peso y tamaño, pese a todos los cuidados recibidos en el área de pediatría, a los pocos días de su nacimiento, también murió.
El carácter introvertido de Joaquín se recrudeció aún más, el dolor por la pérdida de su esposa lo hizo volver a encerrarse. Su vida se circunscribió a su trabajo y a su hijo. El niño atendido por su abuela, la madre de Esperanza, siguió cursando los estudios primarios en la misma escuela del municipio donde vivían. Unos meses antes de que recibiera su certificado escolar, se trasladó a la ciudad para visitar a su madre, le habían informado que se encontraba muy grave y efectivamente, unos días después de estar con ella, la acompañó en sus últimos momentos. Se sintió muy solo, ya no quedaba nadie de su familia por quien ver, con sus demás hermanos nunca tuvo una relación fraternal, sólo con su hermana mayor que había quedado soltera y cuidó de su madre durante todo el curso de su enfermedad, lo ligaba cierto agradecimiento.
Cuando su hijo recibió el certificado de sexto año, no lo pensó más: se trasladaría a la ciudad, compraría una casa en el fraccionamiento donde siempre pensó vivir, una casa no tan grande como la soñada para la que fuera su esposa, una casa pequeña sólo para él y su hijo. A él lo inscribiría en una secundaria particular de mucho prestigio, quizá bajo el régimen de medio interno y, el Mayor de la Fuerza Aérea, sin soportar la pérdida la pérdida de su esposa y el recuerdo viviente de todo lo que le hacía recordarla, su casa, el cuartel, los hangares, decidió por pedir licencia nuevamente a la Fuerza, tras quince años de servicio continuo en la segunda etapa de su ejercicio profesional.
Sin ánimos ni deseo de trabajar dejó de hacerlo durante un año, considerándolo como año sabático pero sin sueldo, para tomarlo como un merecido descanso después de tantos años sin disfrutar un largo período de vacaciones. Dedicó su tiempo a estudiar todos los nuevos modelos de motores y aeronaves y los últimos adelantos técnicos que en la Fuerza Aérea no tuvo oportunidad para practicar físicamente en ellos, compartiendo además, con su hijo en los fines de semana para pasear con él, paseos que siempre remataban en visitas al aeropuerto civil, recorrer sus instalaciones, comer en sus restaurantes y no olvidar el ambiente de las naves aéreas y recibir el saludo del personal que aún lo recordaba y conociera su hijo también, el sitio donde él desplegó durante muchos años todos sus conocimientos en la mecánica aeromotriz.
Sentado en torno a una mesa del restaurante preferido en el aeropuerto, tomando café y leyendo el diario mientras le servían el desayuno, llegó a su lado un antiguo conocido, el director de la línea aérea para la que había trabajado, interrumpiéndolo en su lectura:
--¿Joaquín? Perdón, Mayor de la Riva, ¿es usted?
--A sus órdenes… ¡Ah! Es usted señor director… ¿Cómo ha estado? ¿Sigue en la línea aérea?-Joaquín, levantándose de su silla, saludándose y con una seña invitándolo a sentarse, escuchó la respuesta a sus preguntas:
--No, ya me liquidaron. La empresa anda en mal estado financiero y preferí retirarme al recibir una muy buena proposición de empleo y es una suerte encontrarme con usted. Pensé buscarlo para hacerle una oferta de trabajo y mire, la casualidad me hace dar con usted. ¿Sigue en la Fuerza Aérea o dónde recanijos anda usted metido?
--Estoy en período de descanso y no tengo compromisos, ¿de qué se trata?
--Me parece que lo encontré en el momento preciso. La compañía americana Beta viene a México y va a instalar oficinas y talleres. Yo estoy a cargo de la gerencia de personal y necesito jefe de mecánicos y de mantenimiento, su mero mole, ¿acepta el puesto? O quiere ser el maestro que capacite a todos los mecánicos que reclute y supervise al taller, se lo dejo a su elección con toda la confianza que le tengo.
El día siguiente Joaquín fue a visitar a su hermana para ofrecerle el trabajo de asistir en su casa de tiempo completo para la atención de su hijo y no el servicio eventual actual que contrataba. De esta manera, Joaquín se reintegraría a lo que siempre fue su vocación y en tranquilidad, resignado a su destino, sin tener a su lado ninguna compañía femenina, enfrascado como siempre en su trabajo y su hijo al estudio, rápidamente llegó el tiempo en que finalizaron los cursos de la secundaria, escuchando el pedimento del joven estudiante:
--Oye papá, yo no quisiera seguir estudiando la prepa en este plantel ni en ningún otro de la ciudad ni en la prepa de la Universidad, como eran tus deseos.
--Pero, si vas con un promedio de excelencia, ¿qué quieres o qué tienes en tu mente hacer?
--Un compañero de mi mismo grupo y del cual soy muy amigo, su madre lo va a enviar a Estados Unidos para continuar sus estudios; yo, quisiera acompañarlo, quiero estudiar también allá, me serviría de mucho y si pudiera continuar toda mi carrera, sería mejor; claro, si pudieras solventar todos mis estudios, esto sería lo que más desearía.
--Investiga a que escuela lo van a inscribir, en que ciudad está ubicada y, no hay ningún problema en costearte todos tus estudios. Dalo por hecho.
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Luego de peregrinar por diversas ciudades de la Unión Americana, inicialmente en Dallas, siguió con Houston, pasó a Los Ángeles, en seguida a San José, para finalmente terminar su periplo en la ciudad de San Francisco, llevando una vida tranquila sin relacionarse con ningún hombre, con algunos noviazgos sí; pero que terminaban cuando veía los fines sexuales que perseguían sus pretendientes, Carmen trató de no caer en la vida de libertinaje amoroso que llevó estando soltera
Y sobre todo, darle un buen ejemplo a su hijo, hijo que desde su temprana edad comenzó a celar a su madre, oponiéndose a que se le acercara cualquier hombre a Carmen.
Rebasando ya edad de los cuarenta, tras una lucha de años contra la báscula y la ingestión de infinidad de medicamentos para adelgazar, una conocida y asidua pasajera cuya primera vez que Carmen la atendió en el mostrador, su físico era el de una mujer muy obesa que propiamente requería de dos asientos para viajar en el avión. Después de un corto período de tiempo la observó más esbelta, gorda aún, pero de seguro había perdido muchos kilos. Sin dudarlo, le felicitó por el esfuerzo que había hecho y le preguntó qué tratamiento siguió para adelgazar. La señora muy cordial, le dio pelos y señales y las dosis de los tes a base de hierbas que religiosamente bebía y el lugar donde se las recetaron y había adquirido, en un mercado de la ciudad de México. De inmediato, por conducto de sus amigas azafatas de la línea, se las compraron y entregaron periódicamente y también exactamente como se lo indicaron, las bebió. Un año después, en forma increíble, Carmen recuperó el atractivo cuerpo que lucía cuando era joven; pero más sensual por la madurez de su edad.
Deseosa que su hijo estudiara en México el curso correspondiente al High School para que no olvidara el idioma materno y hablara correctamente el español mediante la práctica continua y no sólo en el hogar, además para que conociera la forma de vivir en el país de origen de su madre; antes de que iniciara el período de vacaciones correspondiente al fin de año, Carmen solicitando un permiso en la empresa, y su hijo, se trasladaron a la ciudad de México. Ante las oficinas generales de la línea en el aeropuerto, Carmen tramitó su cambio de personal de tierra nuevamente para regresar al aire. Quería volver a ser azafata. Extrañaba mucho la libertad que le daba el hecho de volar por el mundo. Inscribiría a su hijo en el mejor plantel como interno y el fin de semana que tuviera libre, lo pasarían juntos; pero se llevó un duro descalabro: si bien físicamente estaba apta, ya no cumplía con un requisito importante, la edad. No fue aceptada. Desilusionada, ya no quiso regresar a San Francisco y aceptó el puesto que le ofrecieron como compensación a sus trece años de radicar en el extranjero: la gerencia del personal de tierra en la ciudad de Guadalajara.
Regresó a San Francisco para arreglar todos sus asuntos particulares, almacenar sus muebles en una bodega y a su regreso, rentar un departamento en Guadalajara y abriéndose el período de inscripciones, voló a México para inscribir a su hijo. De ninguna manera lo inscribiría en un plantel de Guadalajara, anhelaba nuevamente estar libre y de esta forma se cumplía lo deseado, si no como ella lo quería, volver al aire y estar libre para recuperar su vida anterior de libertad, ya sin la presencia de su hijo que ahora más por su belleza, la celaba con exceso.
La empresa aérea con malos manejos en su administración –se dijo,- para no cerrar las puertas y dejar sin trabajo a un número muy grande de trabajadores, fue nacionalizada por el gobierno del país. En su plan de reestructuración se efectuó un recorte de personal teniendo la opción de recibir su liquidación aquellos empleados que lo solicitasen y Carmen, con veintiséis años de trabajo continuo, se acogió a esta propuesta recibiendo una muy buena cantidad de dinero. Ya sin empleo y sin ninguna alternativa de conseguirlo en Guadalajara o en la capital, sólo esperó los dos meses que faltaban para que su hijo terminara la secundaria, decidiendo regresar a San Francisco; inscribiría en el Collage que su hijo seleccionara y allá haría su vida y muy segura, por sus múltiples amistades que había cultivado, no le sería muy difícil conseguir un buen empleo.
Tiempo después, al frente de una agencia de viajes con oficinas en el pasillo central del aeropuerto y una sucursal en céntrica avenida de San Francisco, Carmen, luciendo nuevamente su belleza madura, desempeñaba con mucho éxito su trabajo.
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Definitivamente ningún problema tuvo Joaquín para inscribir a su hijo en el Collage que le había solicitado, facilitándose los trámites con la recomendación de la línea americana para la cual trabajaba y regularmente, cada seis meses, ya exclusivamente para visitarlo u oficialmente para asuntos técnicos de la compañía aérea, Joaquín se reunía con su hijo. Y en la presente visita, próximo el fin de cursos, mirando a su hijo, admiraba su porte, lo mucho que había crecido, su inteligencia y el gran parecido que tenía con él, lo escuchaba hablar con mucha euforia:
--Papá, que mala suerte, no te pude presentar a mi compañero de cuarto, es mi amigo, el mismo de la secundaria de México. Este fin de semana se fue con su madre a las montañas, me invitaron;
pero como me llamaste avisándome tu llegada, no fui con ellos. Y hay algo más que se me había olvidado decirte: cuando conocí a su mamá en la escuela, se me quedó mirando mucho y me dijo que tenía un parecido con una persona que conoció hace muchos años… Ella es muy guapa ¿sabes?… ¡Ah! Y no se te vaya a olvidar venir a mi graduación, quiero que estés conmigo.
--Claro que no faltaré. Debes darme los datos precisos de la fecha para pasarme unos días contigo, o quizá, después de la ceremonia quieras regresar a México.
--Creo que no, papá. Quiero quedarme aquí, quiero continuar mis estudios aquí y ya decidí lo que quiero estudiar: Ingeniería aeronáutica, quiero diseñar motores y naves y trabajar en la gran fábrica de aviones que está en este estado… ¿Qué dices, se pueden realizar mis sueños? –Orgulloso, Joaquín abrazó a su hijo constatando que había heredado su pasión por los aviones y le contestó manifestándole su apoyo:
--Tú esmérate en obtener las mejores calificaciones, ser un mejor estudiante año tras año, llegar a ser un excelente técnico al final de tu carrera y yo haré el resto en todo lo que desees y sueñes; pero anda, vámonos, acompáñame al aeropuerto, no quiero llegar tarde. -En el acceso a la sala de abordaje, padre e hijo se dieron un efusivo abrazo como despedida, emprendiendo Joaquín el regreso a México, en un vuelo normal de la compañía aérea.
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Sentado en el lugar destinado para los familiares en la gran explanada central del Collage, Joaquín observaba como cada alumno subía al estrado levantado ex profeso para recibir del Rector el diploma y los honores respectivos que acreditaban el haber terminado satisfactoriamente el curso escolar. Henchido de orgullo vio a su hijo subir los peldaños, llegar al centro de la plataforma, recibir su diploma y escuchar las palabras del Rector felicitándolo por ser uno de los mejores estudiantes entre los aplausos de todos los asistentes. Por la emoción e imaginando lo feliz que estaría Esperanza al ver a su exitoso hijo, se le hizo un nudo en la garganta, añorando mucho en ese momento la falta de su amor, de sus caricias y de sus atenciones, que ambos, padre e hijo, por su defunción, ya no tuvieron.
Al finalizar la ceremonia todos los estudiantes se reunieron con sus familiares y Joaquín al recibir el diploma y leerlo, abrazó muy emocionado al excelente alumno, entregándole como regalo una medalla de oro que había pertenecido a Esperanza, su madre, y al recibir el obsequio su hijo, se volvieron a abrazar. Al separarse un compañero de estudios estaba a su lado:
--¡Mira papá, éste es mi amigo! Ya te había hablado de él… Te lo presento:
--Te felicito por tu graduación y mucho gusto, soy el Coronel Joaquín de la…- Interrumpiéndole y asombrado le contestó:
--¿Se llama usted Joaquín? ¿Igual que yo? ¡Qué sorpresa!…Pero al que debería felicitar doblemente es a su hijo, si no es por él yo no hubiera terminado, él me ayudó mucho… ¡Ah! A lo que venía… ¿Dónde van a celebrar su diplomado? ¿Tienen pensado ir a algún lado? Por que mi madre me va a festejar en casa con una fiesta y los invito, ¿me acompañaran?
--¡Claro que te acompañaremos! –Volteando a ver a su padre, muy contento le dijo: --¿Verdad que sí iremos papá?
Con su uniforme luciendo ya las tres estrellas que le daban el rango de Coronel, Joaquín y su hijo se presentaron en el domicilio dado por el festejado y éste al verlos llegar se separó de algunos invitados, para recibirlos. De inmediato los llevó a presentarlos ante su madre:
--Mamá, ya llegó mi amigo Carlos y su padre, te lo voy a presentar…-Dando la vuelta con la sonrisa preparada, disculpándose ante las amistades con que charlaba, la madre se dispuso a saludar a la pareja que tenía enfrente y desapareciendo de su rostro la sonrisa para dar pasó a un semblante de asombro, dijo:
--¿Eres tú… Joaquín?
--¡Carmen… qué sorpresa! –Dejando a los dos muchachos boquiabiertos, se dieron un fuerte abrazo y olvidándose de todo lo que la rodeaba, Carmen, sin cortapisas, lo besó, con un largo beso imprimiendo en la caricia los deseos reprimidos por los años de ausencia forzada de contacto masculino. Recuperándose de su aturdimiento, su hijo le preguntó, mostrando en su expresión un gran malestar: --¡Qué! ¿Se conocen? –Separándose del cuerpo del Coronel, Carmen trató de explicarle, de darle una buena razón que no tenía en ese momento:
--Si hijo, nos conocimos hace muchos años cuando trabajamos para la misma compañía aérea, cuando éramos jóvenes, cuando este hombre tenía el rango de Capitán en aquellos tiempos.
--Pues qué bueno que se conocen y que sean amigos, así reafirma mi amistad con Carlos. –El Coronel, notando la intensión de su adjetivo, se soltó de la mano de Carmen que lo tenía asido y le explicó, acercándose a él, de la amistad que los unía y que se remontaba muchos antes de que él naciera y los años que tenían de no verse. Todavía inconforme, el joven le replicó duramente:
--Entonces, dígame, ¿por qué lo besó y por qué me llamo igual que usted? A ver, contésteme…El Coronel le iba a responder, quitándole la palabra de la boca, Carmen le explicó:
--¡Ay hijo! El que llames igual al Coronel es una mera coincidencia, tu padre dispuso que te llamaras así, antes de que muriera… y si lo besé, fue un arranque mío por el gusto de volverlo a ver, además, el Coronel está muy guapo. -El comentario provocó la risa de todos, la tensión entre madre e hijo se desvaneció, y Carlos, tomando la palabra ya muy convencido de las explicaciones dadas, hizo una observación: --Con razón me dijo usted señora, cuando la conocí, que yo le parecía conocido, si me parezco mucho a mi papá. …-Aprovechando el momento, el Coronel cambió de tema, dirigiéndose al joven festejado:
--¿Y tú Joaquín, ¿Vas a seguir estudiando? ¿Te inscribirás en la misma Universidad con mi hijo?
--No Coronel, yo no nací para grandes estudios; ya le dije que sólo con la ayuda de Carlos, terminé. A mí lo que se me da son los idiomas, hablo el español, como lengua materna, el inglés of course, el alemán y un poco de francés; por eso necesito el diploma como requisito para inscribirme en la Academia y capacitarme como Sobrecargo; yo no doy más… Con la recomendación de mi madre y quizá, con la suya, no tendré problemas para después entrar a trabajar en alguna compañía aérea. Yo seguiré los pasos de mi madre, así como Carlos seguirá los pasos de usted, ¿no es así Coronel?
Unas horas después cuando ya se habían retirado la mayoría de los invitados y los dos jóvenes departían con otros invitados de su edad, en una esquina de la sala platicaban, solos, Joaquín y Carmen, recordando sus vidas anteriores:
--El mundo es muy pequeño Joaquín, nunca pensé volver a verte…
--De igual manera pienso yo; pero antes de proseguir, te haré una pregunta que quizá consideres improcedente ya que no me convenció la explicación que le diste a tu hijo… ¿Por qué bautizaste así a tu hijo, acaso en realidad su padre se llamaba igual que yo?
--No… le nombre así en tu recuerdo. Cuando nos vimos en Dallas y me di cuenta que fuiste el único hombre sincero y honesto que conocí, no obstante que en el hospital donde nació ya lo había registrado, aún no lo bautizaba y quise que llevara tu nombre, como un eterno recuerdo al amor que me profesaste. –Joaquín, escuchando las palabras que sonaban veraces en labios de Carmen, se quedó callado, pensativo, hasta que Carmen lo sacó de su meditación, preguntando:
--¿Por qué vienes solo? ¿Por qué no te acompañó tu esposa?
--Hace diez años enviudé… Mi esposa murió en el parto de mi segundo hijo, muriendo también él, días después…
--Perdón… No quise ni fue mi intención causarte dolor, discúlpame por mi indiscreción… No lo sabía, perdóname…
--No hay cuidado, aunque aún no la olvido, he superado el trauma de su pérdida… Pero dime, a ti, ¿cómo te ha ido? ¿Qué has hecho todos estos años?
He vivido como madre soltera dedicada por completo a mi hijo; pero primero dime: ¿Vas a estar varios días de visita en la ciudad? Para que esto lo platiquemos más ampliamente.
--Voy a estar unos diez días más, estoy de vacaciones.
--¿Vive Carlos a tu lado?
--No, el sigue en su habitación del Collage, yo vivo en el hotel de costumbre… Bueno Carmen, creo que ya es la hora de retirarnos. Me ha dado mucho gusto verte nuevamente.
--¿Nos volveremos a ver? –Preguntó Carmen con ansiedad.
--No lo sé, depende de lo que tenga pensado hacer mi hijo. Así que…Buenas noches Carmen. –Se levantaron y sin rehusar la caricia, Joaquín permitió que lo besaran ahora solamente en la mejilla, como señal de despedida. Momentos después, padre e hijo salieron de la casa, dejando a Carmen en la puerta sumida en un mar de ilusiones.
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Al día siguiente, cerca de las diez de la noche, repiqueteó el timbre del teléfono en la habitación de un hotel cuando el huésped se disponía a dormir luego de pasar un ajetreado día turístico. Descolgó el auricular y escuchó una voz que lo invitaba a bajar al bar. Se vistió informalmente y descendió a la planta baja, dirigiéndose hacia donde lo habían citado. Una mujer lo estaba esperando teniendo ante sí, dos vasos con las bebidas favoritas de ambos.
Platicaron bastante tiempo, en voz baja, exclusivamente para ser oído uno por el otro; de momento, ella le tomaba las manos y él le acariciaba la barbilla; en otro momento aparentaban estar discutiendo primero uno y luego el otro, sin levantar la voz. A veces se acercaban tanto sus rostros que rozaban sus labios, aunque, próximos a besarse, él retiraba la cabeza mostrándose nervioso, para beber un poco del contenido de su vaso. Transcurrido cierto tiempo él se levantó, alisándose la ropa con visibles intensiones de retirarse y ella le hizo la seña de que la esperara unos minutos, mientras iba al tocador. Durante el tiempo que permaneció en el interior del toilet, la mujer tomó una determinación y muy resuelta regresó a la mesa. Bebieron un último trago, él pidió la cuenta, la firmó, besó la mano de la mujer en señal de despedida y cuadrándose se retiró con rumbo a su habitación.
La mujer, sola, pidió otro cóctel, lo pagó y bebiendo poco a poco el líquido dando el tiempo que consideró conveniente, al terminárselo se puso de pie, salió del bar, cruzó el hall del hotel dirigiéndose hacia los elevadores. Sin dudarlo, ella tomaría la iniciativa, conocía al hombre y sabía que por su caballerosidad era imposible que le propusiera algo, para él, indebido. No, se hizo a la idea, ahora no lo dejaría ir; tenía tantos deseos de amarlo, de entregarle su vida, de prodigarle sus caricias que en aquel tiempo el hombre no aceptó, por la banalidad con que la mujer conducía su existencia. Ahora sería diferente, estaba dispuesta a todo por lograrlo.
Al salir del elevador, en el pasillo, la mujer revisó su maquillaje y su peinado, se alisó la ropa y con toda entereza tocó en la puerta de una habitación. Los segundos que tardaron en abrirla se le hicieron eternos. Al entreabrirse la puerta y notar que un hombre azorado la veía, cerró sus ojos, empujó la puerta y sin decir palabra alguna, penetró a la habitación.
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Los días de sus vacaciones se le hicieron muy cortos y éste, era el último que pasaba el Coronel en San Francisco; al amanecer del día siguiente, regresaría a México. La mayor parte de su tiempo lo pasó en compañía de su hijo, compartiendo algunos días también con Carmen y Joaquín, paseando y disfrutando todos juntos, como si fuera una familia muy unida y, por las noches, vivía con Carmen un tórrido romance. Para ella, estas noches había sido su luna de miel a la que nunca tuvo posibilidad de disfrutarla. Unas noches en que jamás pensó que así fuera el amor; no, no era por la abstinencia a la que se vio sometida, no. Ella nunca había gozado en una relación como la que sentía al unirse con Joaquín y sí, lo amaba de verdad, ahora se daba cuenta de que siempre lo había amado.
Las noches enteras que vivieron eran para entregarse uno al otro; pero Carmen sentía un resentimiento cuando se encontraba sola los días siguientes a sus relaciones, ya que nada habían hablado sobre su situación… ¿qué estaría pensando Joaquín? No lo sabía, como ella tampoco sabía como iniciar la plática al respecto; aunque eso sí, ella no quería ser su amante, ella ya no quería vivir en soledad. Estaba frente a su última, quizá, oportunidad de casarse y de casarse con Joaquín, de ser la esposa que siempre él había deseado.
Recostados en la cama, callados, pensativos, él con su brazo tras el cuello de ella y ella recargando su cabeza sobre el pecho de él, cansados, muy satisfechos y felices por los momentos de amor vividos. Rompiendo el silencio, Carmen le habló suavemente con palabras en que vibraban sus dudas y temores:
--Joaquín, mi amor… te vas, ¿nos volveremos a ver?
--De ti depende…
--¿Por qué de mí? Si por mí fuera, no te dejaría ir…
--Porque no sé como me has considerado, si como tu amante o como una aventura más en tu vida.
--No Joaquín, jamás ha pasado por mi mente lo que dices. Ya no soy la misma de antaño, la mujer que conociste y te falló. La vida me enseñó los errores que cometí.
--Si eres otra, entonces te haré la misma pregunta de hace tantos años. –Volteando hacia el buró, sacó del cajón con la mano que le quedaba libre, un estuche conteniendo una sortija, la abrió y entregándosela, le dijo: --¿Quieres casarte conmigo? –Carmen tomó la sortija, se la colocó en el dedo anular, y fijando sus ojos en los de Joaquín, le contestó: --Con toda mi alma, acepto. –Luego lo abrazó y lo besó largamente, brotando sus lágrimas por la alegría que sentía y por disiparse sus temores ante la posibilidad que existía de perderlo. Al separarse, observando el anillo, le preguntó:
--¿Acaso es el mismo que me ofreciste hace años?
--Sí. Después de la primera noche que pasamos juntos, llamé a mi asistente en México para que lo tomara de mi escritorio y en el primer vuelo me lo mandara con la orden que lo remitieran al hotel. Hace tres días que lo tengo y pensaba de por sí, entregártelo hoy, la última noche que estoy presente aquí contigo. – Sin dejar de admirar la sortija, muy melosamente le preguntó:
--¿Cuánto tiempo vas a estar en México? –Al escuchar de labios de Joaquín el porqué, continuó diciéndole: --Por que si regresas de inmediato para casarnos, debo preparar todo lo necesario para la boda, hacer los trámites y sobre todo, buscar casa donde vivamos por que la mía es muy pequeña para que vivamos los tres y no cabemos en ella; además debes de darle el visto bueno, que sea también a tu gusto; luego efectuar la mudanza y comprar los muebles nuevos que se requieran… ¡Ah! Y otra cosa, ¿quieres que se realice una ceremonia sencilla o quieres invitar a muchas personas? Debo saberlo para hacer todos los preparativos. –Joaquín molesto, retiró el brazo que rodeaba el cuerpo de Carmen y demostrando en sus palabras cierto enojo, contestó:
--¿Y quién te ha dicho que quiero casarme aquí? –Titubeante, no esperando esta respuesta, dijo:
--Es que… aquí vivo… aquí está mi hijo, aquí trabajo, aquí he hecho mi vida y pensé que aquí viviríamos, que aquí nos casaríamos…
--¿No dices que has cambiado? Sigues siendo la misma Carmen, la que sólo piensa en ella. ¿Acaso te importa lo que yo quiero o lo que pienso? ¿Y dices que somos tres? Tampoco piensas en mi hijo, sólo te importa el tuyo. Mal o bien ya hemos vivido nuestras vidas y sabes perfectamente lo que yo quiero de ti: que seas mi compañera, que vivamos de mi trabajo y en la casa que haya destinado para ti; que seas mi pareja y yo sea la tuya. Yo no quiero una mujer liberada que me suena igual a tener una socia con la que comparto únicamente la cama, yo quiero que seas mi esposa a la mexicana, Carmen, ¿me entiendes?
--Es que mi hijo me necesita y debo trabajar para mantener sus estudios y su vida…
--¿Y no has pensado que muy pronto tu hijo será adulto y te dejará sola para hacer su propia vida? Yo puedo solventar todos tus gastos y los de tu hijo, que entonces será también mi hijo.
--Pero no puedo separarme de él, le he dedicado toda mi vida y debo estar con él hasta el final de sus estudios y logre colocarse en un buen empleo.
--¿Y eso es tan relevante como para que yo me traslade a vivir aquí? ¿Y ya pensaste, si aceptara, en que voy a trabajar aquí? Para residir en esta ciudad, debo renunciar a mi trabajo con la empresa y ¿de qué viviría y cómo mantendría nuestro hogar? Eso no ha pasado por tu cabeza Carmen, sólo ves tu propia conveniencia. Creo que lo más pertinente es que si quieres continuar trabajando y a eso no me opongo, ¿porqué no le propones a la agencia que abra una sucursal en México? El aeropuerto está en ampliación y de seguro habrá muchos locales comerciales en renta, pagaríamos la franquicia, o mejor… ¿porqué no abres una agencia propia?, tenemos los recursos y tu tienes muchas relaciones; tendrías, tenlo por seguro, mucho éxito… ¿o no?
No sé, no sé…
--Y cuando ya trabaje, se case y se independice tu hijo y te deje sola, ¿ya pensaste que vas a hacer? ¿O vas a seguir viviendo con él, a cuidarlo como si todavía dependiera de ti?
--No sé, no sé…
--Bueno, cuando lo sepas, me avisas. Y de una vez me voy a arreglar. Falta una hora para que salga para el aeropuerto y llegue con tiempo al vuelo. No te levantes, te puedes quedar aún, mi hijo viene por mí. –Callada, sin replicar y sin contestar a la despedida de Joaquín, en cuanto oyó que la puerta se cerraba, Carmen, cubriéndose la cara con la almohada, prorrumpió en un llanto interminable.
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Dio las últimas instrucciones al jefe de taller y al sobrestante de mantenimiento sobre los trabajos pendientes por realizar, avisándoles que era probable que no regresara por el resto del día, porque tenía una visita y dentro de unos minutos haría su arribo. Se quitó el overol de trabajo, colocándose una chamarra con los colores y el emblema de la empresa. Salió de su oficina y mientras cruzaba la gran puerta del hangar y abordaba su jeep, consultó su reloj: las diez de la mañana. El avión donde llegaría Carmen, no tardaría; la línea aérea era muy puntual en sus vuelos. Muy escéptico, recordó las palabras que por teléfono escuchó el día anterior: Carmen aceptaba ser su esposa y vendría a su lado por que lo amaba mucho, y durante los meses que no se habían visto lo extrañaba tanto que ya no podía vivir sin estar su lado. Y que tenía razón, su hijo se fue a residir en Berlín al reclutarlo una línea alemana y que estaba sola y llegaba para estar siempre a su lado… Sonrió, ojalá fuera cierto; se sentía muy solo y también la extrañaba mucho, tanto, que si no le hubiera sido negada la solicitud que hizo para ser transferido a los talleres que tenía la empresa en San José, ciudad vecina a San Francisco, contestándole que por el momento no tenía esa posibilidad por ser necesarios sus servicios en México, él ya estuviera a su lado. Nunca pensó que Carmen accediera y aunque lo dudaba, cerró los ojos apretándolos momentáneamente desterrando todo pensamiento contrario y en su semblante se dibujó el verdadero sentimiento hacia Carmen: la amaba.
Arrancó el jeep y cuando iba a la mitad del camino entre el hangar y las salas de los pasajeros, a lo lejos observó sobre el horizonte, reconociendo al avión en pleno vuelo acercándose al aeropuerto. Consultó nuevamente su reloj y sonrió, el vuelo llegaba exactamente a su hora fijada. Continuó su recorrido y unos metros más adelante se detuvo de improviso frenando ruidosamente; se bajó del jeep y vio que el avión venía fuera de curso, que no tomaría la pista de aterrizaje. Calculó mentalmente la altura y su desviación y era totalmente imposible que la nave corrigiera su trayectoria; una nave tan grande no podía modificar en tan poco trecho su dirección. Se subió y arrancó el jeep virando rápidamente a la derecha, ya que el avión venía directamente hacia donde él estaba, deteniéndose a un lado del edificio de estacionamiento para el público. Se bajó y corrió hacia la pista de taxeo y pudo notar como el avión pasaba a unos cinco metros sobre su cabeza. El ala izquierda del avión chocó contra la caseta de control de sus talleres y desprendiéndose del fuselaje, salió despedida fuera de los límites del aeropuerto, cayendo sobre unas casas de la colonia vecina, provocando un incendio al estallar la gasolina contenida en el tanque dentro del ala. A toda velocidad, el aeroplano se fue a impactar contra los hangares de la empresa, donde tan solo unos momentos antes él había abandonado y al colapso, la nave explotó formando una gran bola de fuego que arrasó todas las instalaciones.
Corriendo se acercó a la zona colapsada deteniéndose en los límites de seguridad y allí permaneció hasta que, tras la llegada del personal de auxilio, de protección y los bomberos, lograron controlar el fuego unas horas después. Cuando ya no existía riesgo, le permitieron entrar al hangar, para ayudar a sacar los cuerpos de todos sus compañeros, oficiales y mecánicos que trabajaban bajo sus órdenes. Luego le permitieron entrar al interior del avión, una vez que las autoridades judiciales y civiles cumplieron su función de revisión y peritaje, penetrando por una de las partes en que se había partido el fuselaje. Buscó entre todos los cadáveres calcinados que permanecían sentados por la acción del cinturón de seguridad que tenían colocados, aguantando el nauseabundo olor a carne quemada que despedían, algunos aún humeando, los cuerpos de los pasajeros. En un asiento central, junto al pasillo y la fila más cercana al vestíbulo destinado para las azafatas, inclinada sobre sus rodillas, hecha un ovillo, con las manos cruzados los dedos tras la cabeza, por la nuca, identificándola por la sortija que le había entregado y que portaba en el dedo anular donde lo había colocado la última noche que se vieron, encontró a Carmen. No pudo sacarla ni retirarla del asiento, no pudo hacer nada… Totalmente abatido, abandonó el lugar del accidente y se fue a sentar fuera del área del hangar destruido y sin poder reprimir, ocultando su rostro con las manos y apoyando su cabeza en sus rodillas, soltó el llanto.
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Desencajado, en la orilla de la fosa, teniendo a su lado a su hijo y a Joaquín, que sólo los espero a que llegaran, el primero de California y el segundo de Alemania, para proceder a inhumar a Carmen. La sepultura abierta, también rodeada por los familiares de Carmen, enmarcaban al féretro donde descansaban los restos de la mujer amada por Joaquín, que con los ojos enrojecidos y secos de tanto sollozo, sin entender el porqué de su muerte, refutaba los designios del Ser Supremo. Él, único superviviente del personal del hangar, debía la vida a la misma mujer que ahora sepultaban; si no hubiera partido unos momentos antes a recibirla, él también estuviera muerto; aunque consideraba que su vida sin el amor de Carmen, estaba terminada, ya no le quedaban ánimos para seguir viviendo con el recuerdo de su infausta muerte.
Contrito, arrojó una flor y un puñado de tierra al interior de la fosa en el momento que el féretro tocaba el fondo, llegándole como un chispazo el recuerdo de que ese momento se había repetido cuando sepultó a Esperanza, su esposa, la madre de su hijo…¡Su hijo!... Si a Esperanza en el lecho mortuorio le prometió cuidarlo y velar por él, promesa que por ninguna causa dejaría de cumplirle a la mujer que lo amó tanto, y tanto respeto, amor y fidelidad él le había dedicado; esta promesa le daba nueva energía, nuevos bríos para seguir viviendo.
No, no tendría la dicha de disfrutar sus últimos años con la mujer que siempre soñó sería su ideal, la que amó y deseó fuera su esposa en aquellos primeros años y deseos que no se cumplieron en estos últimos años, como la compañera al final de su vida. Sus dos amores habían muerto, se había quedado solo y así continuaría por el resto de sus años, viviendo con el recuerdo de ellas y la presencia de su hijo.
A la última palada de tierra y la colocación de algunas coronas alusivas sobre la tumba, asió con su brazo el brazo de su hijo y con el otro brazo, cruzó la espalda de Joaquín colocando su mano sobre su hombro, dándose cuenta que no estaba solo, estaban ellos a su lado, eran su familia por la cual debía de seguir luchando… y caminando muy lentamente se retiraron de la sepultura levantando él su cabeza hacia el cielo y pidiendo perdón al Ser Supremo por los pensamientos equivocados que había tenido al refutarle la muerte de Carmen, si ahora debería estarle agradecido porque le permitía tener a su lado a la continuación de la sangre de Esperanza y a la continuación de la sangre de Carmen, que quizá si Joaquín aceptara, pasaría a formar parte de su familia, como hijo suyo… No, no estaba solo. Los vio y apretó sus manos sobre el brazo y el hombro de los muchachos, de sus dos hijos, y volvió nuevamente la vista al cielo para agradecerle a Dios por la bendición de tenerlos, interrumpiendo la plegaria que musitaba, el característico estruendo de una nave que cruzaba el espacio aéreo y como un destello cruzó por su mente su futuro… ¡Sí, ese sería su futuro, el destino final de su vida!... La casa se las dejaría a sus hijos y él, en cuanto se reconstruyeran los hangares se iría a vivir allá como lo había hecho la mayor parte de su vida y comprendió que no pasaría solo el ocaso de su existencia; la compartiría con los que perennemente estuvieron a su lado: con ellos, con todos los aviones, con los que desde el primer día los tocó y acarició, como había tocado y acariciado a sus dos amores, Esperanza y Carmen. A ellos les dedicó su vida. Ellos fueron, eran y serían, por siempre, su primer amor; con ellos transitaría hasta el final de su vida… Y con la frente en alto y el ánimo por los cielos, por los cielos que tantos aviones habían cruzado gracias a su técnica y dedicación, en medio de sus dos hijos, abrazando a la sangre de sus dos amores y en pos de su primer amor, pausadamente, salió del cementerio…
M a x V i l l a r e a l.
Febrero-marzo del 2001
martes, 5 de enero de 2010
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