CUENTOS DE MAX VILLAREAL TOMO 4

martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "Una señora de blanco"


Por Max Villareal


Con todo cariño a la compañera de toda mi vida: CHAVITA.


Rinrinea el teléfono sobre mi escritorio y levanto el auricular a la segunda timbrada. Me llama mi secretaria recordándome la cita a la cual debo acudir hoy mismo. Consulto mi reloj, le doy las gracias y las instrucciones para sus ocupaciones que deberá realizar el resto del día, así como que cancele cualquier cita en la que soliciten mi presencia por la tarde. No sé la hora en que me desocupe. Veo nuevamente mi reloj y le doy el último sorbo de café ya frío que contiene la taza; una taza especial que tiene impreso el rostro de mi nieta que me regaló ella, la última vez que nos visitó. Salgo de la oficina, abordo mi auto, inicio la marcha y estoy listo para la lucha cotidiana en el campo de asfalto, que contendré contra los choferes de taxis, microbuses, combis y demás fauna choferil que maneja el transporte público de la ciudad.

Circulo por la avenida Insurgentes norte, llego a la esquina que aún domina pero que dentro de poco dejará de hacerlo. Doy vuelta a la derecha en Buenavista y observo la terminal de los ferrocarriles. Disminuyo la marcha para dejar pasar a unos peatones que cruzan la calle para posiblemente ir a la estación y, de pronto… alcanzo a ver la figura de una persona vestida toda de blanco que me parece conocida…va sobre la explanada de acceso y penetra a la terminal. Instintivamente me detengo y busco donde estacionarme…veo un cajón en el área del estacionamiento del edificio, doy vuelta en "u", entro y ocupo el lugar. Me bajo y corriendo llego al acceso de la estación por la entrada de los pasajeros morosos, directamente al vestíbulo del andén. Recorro con la mirada y con mucha ansiedad toda la zona y por fin, frente a una taquilla la veo; está vestida con su túnica. Toma un pequeño veliz, sale con su boleto en la mano y se dirige a las escalinatas que conducen al andén de abordaje. La alcanzo, toco su hombro y le digo:

--Perdone señora, ¿me recuerda?, -sobresaltada se detiene y voltea.

--Dígame, ¿qué se le ofrece?, -me responde mostrando extrañeza. Pero… ¡OH! Desilusión…No es ella. No tiene brillo su dentadura. Es muy parecida; pero no es ella.

--¡Discúlpeme! Me equivoqué. La persona que creía era usted, es muy parecida a su físico, por eso me confundí. Perdón. –Sin contestarme, muy molesta, hace un mohín y continúa su camino.

Yo, la sigo con la vista subir, entrar en los andenes y todas las preguntas que pensaba hacerle, se me agolpan en la mente: La continuación de su videncia, la realidad de los hechos… Decepcionado, regreso, me detengo en el vestíbulo de espera de la estación y siento lo frío del edificio nuevo.

En la antigua estación de Buenavista estaba construido el vestíbulo de espera con una estructura de acero y grandes ventanales del estilo gótico o para no equivocarme de estilo, una estructura muy parecida a la que tiene el museo del Chopo. Vestíbulo muy alto y majestuoso, creando un hermoso interior que daba una sensación de tranquilidad estar bajo su cubierta, evitando la ansiedad de los pasajeros en espera de su salida o la tristeza de sus familiares por el alejamiento del pariente o amigo que viajaba, o tal vez para impedir el desasosiego sufrido por la espera de los que arribarían. Y me llega en ese momento el recuerdo de un viaje que realicé hace muchos años, un sábado, no recuerdo bien de que mes del principio de los años sesenta y que fue trascendental para mi vida.

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Muy temprano compré mi boleto haciendo hincapié que para llegar a la estación, tuve que levantarme antes de las seis de la mañana; hora impropia para mí. Acostarme a esa hora era normal, pero levantarme, fue una odisea. El tren partía alas 7.25 horas de la madrugada –según yo,- lo cual aconteció con puntualidad inglesa. Mi destino: la población de Maravillas, enclavada en el rincón más occidental del estado de Hidalgo, en el municipio de Nopala.

El nombre de Nopala no me era extraño; nombre que me remite a mi infancia –cinco años de edad-, cuando escuchaba al hermano de mi abuelo, un hombre de gran vigor, que lo invitaba a una cacería de patos en la presa de Nopala. Pero mi abuelo, más que aventuras de cacerías de patos, prefería las aventuras de muchachas. Era un gran enamorado y gran conquistador. Le recuerdo su forma fácil de entablar conversación y solicitarle sus favores a cualquier mujer y la mayoría de veces, en aquellos remotos tiempos, con éxito.

El nombre de Maravillas, también me traía recuerdos nada gratos, pues lo relacionaba con una colonia del mismo nombre ubicada allá muy atrás del aeropuerto de la ciudad. Conocí la colonia cuando fui a buscar aun amigo que trabajaba como chef en una cantina de la calle de Guerrero, y quedé impresionado por la pobreza rayana en la miseria de sus casuchas ubicadas en calles de terracería, sin urbanización y sin servicios, en que moraban la mayor parte de sus habitantes, mejor dicho, de sus supervivientes, entre basura, suciedad y perros canijos y hambrientos.

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No fue este mi primer viaje en tren. De adolescente, acompañé a mi padre en un viaje al puerto de Veracruz en periodo de vacaciones, pero este viaje fue nocturno. Salimos entrada la noche y llegamos al amanecer, por eso, no disfruté ni admiré nada del viaje, sólo recuerdo que pasé una muy mala noche a bordo del pullman en que viajamos. El regreso, luego de muchas peripecias dado que le robaron a mi padre, el dinero y los pasajes del tren, lo realizamos en autobús.

Mi segundo viaje en ferrocarril, éste a Maravillas… muchos años después; aunque en los mismos destartalados vagones, la misma chatarra de máquinas, el mismo descuido y suciedad en el interior y de los sanitarios, mejor ni hablamos. Mi boleto amparaba el servicio de primera, un solo vagón, en el cual viajábamos solo tres personas y yo, todos sentados aisladamente. Antes de ocupar un lugar, me asomé por la puerta de comunicación al vagón que prestaba el servicio de segunda. Éste sí atiborrado de pasajeros, sentados en unas bancas formadas con listones de madera, calados, con respaldos verticales que consideré incomodísimos. En el espacio formado por los respaldos, ya que las bancas estaban colocadas encontradas entre sí, colocaban bultos con ropa, costales de maíz, de frijol o de otras semillas. En el pasillo, gente de pie, gente sentada, niños acostados; en fin, que era imposible circular por él por cualquier persona, menos para el auditor del tren que revisaba los boletos, el cual, con gran experiencia cruzaba pies, saltaba niños, resbalaba el cuerpo, caminando con gran soltura como si fuera pez en el agua, lo cual era verdaderamente plausible.

Me fui a sentar en el lugar que se me ocurrió, al caminar observé que una mujer vestida de blanco, sentada al fondo del vagón y de espalda a mí, también había abordado el tren. El auditor pasó, revisó mi boleto y le comenté la desigualdad entre ambos servicios, pero sólo masculló algo entre dientes y siguió su camino.

Al salir el convoy de la estación y luego de cruzar el puente de Nonoalco, el tren circuló por una estrecha calle hacinada totalmente por miserables habitantes en unos cuartos levantados con puros desperdicios de madera, lámina y pedazos de asbesto que dejaban escasamente el paso del convoy férreo. Una ciudad perdida, la corte de los milagros, los mexicanos olvidados por todos viviendo en completa promiscuidad. Me impresionó. Nunca imaginé que hubiera gente con ese nivel de vida en nuestra ciudad. Lo veía y no lo creía.

Me arremoliné en mi asiento tratando de dormir, ya que para mí aún era muy temprano. Subí el cuello de mi chamarra, cerré los ojos y dormité… Un rumor que fue transformándose en ruido y luego en un coro de voces alegres y vocingleras, me despertó. No sé en que estación estábamos, pero un nutrido grupo de mujeres de todas las edades, desde niñas hasta ancianas, inundó con sus ofertas el recinto del vagón. Vendedoras de comida, guisados, toda clase de antojitos y bebidas calientes y sin faltar el pulque servido en jarros de barro de un litro. Desayuné una orden de tacos de pollo y con un jarro de atole me baje lo enchilado por la salsa de los tacos, un pan de dulce con más atole ahora champurrado, y listo… Arrancó el tren, volví a cerrar mis ojos para conciliar nuevamente el dormir… Pero una voz que me sobresaltó, hizo que despertara y abriera los ojos:

--¿Está ocupado el lugar?, -antes de poder contestar escuché otra pregunta-: --¿Puedo sentarme a su lado, joven?, -lo que me pareció risible ya que todos el vagón iba vacío con excepción de las otras tres personas. Levanté la vista y la reconocí: era la señora que iba al fondo del vagón.

--¡Claro que si señora! Puede sentarse, el lugar va desocupado.

--Es que no me gusta viajar sin platicar. Se me hace muy aburrido el ir callada. Prefiero charlar con algún pasajero siempre que viajo… ¿No le molesto?

En ese momento la observé: Estaba enfundada con un vestido blanco, como túnica, cubriéndole hasta media pantorrilla, dejando al descubierto unas chanclas de medio uso negras o grises, no determiné su color, y unas medias de popotillo que bien la resguardaron del frío de la madrugada; una túnica cuyas mangas cortas permitían ver la mitad de su antebrazo y las muñecas de ambas extremidades portando una multitud de pulseras y semanarios. Las manos regordetas pero con unos dedos ágiles y fuertes, los cuales sentí al extenderlos para saludarme. Me deseó buenos días sin darme su nombre. Yo contesté el saludo al chocar nuestras manos y arrimándome hacia la ventanilla, la cual en forma de guillotina se operaba, la cerré y con una señal de mi mano, mostrando el espacio desocupado de la banca, la invité a sentarse.

--¿Va usted hasta Torreón?, si es así, me alegro porque tendremos mucho tiempo para platicar.

--No señora, no voy tan lejos. Es más, desconozco cual es el destino final de este tren, sólo me dijeron que tomara el tren número 9 y me bajara en la estación de Maravillas. Ése es mi destino. Es la primera vez que voy y me esperan cuando baje del tren.

--Quién lo espera, su novia o… su esposa? -Me dio tiempo para que afirmara cualquier opción de la dualidad de su pregunta; pero antes de contestarle recorrí con mi vista su cara: ojos café oscuro con unas profundas ojeras, labios gruesos, nariz achatada y cejas pobladas con signos de depilación. Me pareció oriunda de Oaxaca. El pelo negro y largo trenzado intercalando estambres de colores y rematado en un chongo por la parte posterior de la cabeza. Pendiendo de sus orejas unos grandes aretes de oro de bajo quilate como los que se venden y usan las mujeres de esa región. El cuello adornado con muchos collares que cubrían la parte que dejaba al descubierto el escote de su túnica; collares que después vi con detenimiento: cruces y figuras de misticismo colgando de ellos. Luego contesté:

--Mi novia. Voy a conocer a su familia, me va a presentar a sus padres. –Antes de darme cuenta, con sus dedos ágiles tomó mi mano izquierda, doblando mis dedos formando un puño y la observó lateralmente, enseguida extendió mis dedos y volteando mi mano con la palma hacia arriba, tocando con los dedos de su otra mano las marcas de mi palma, exclamó:

--¡Se va a casar con ella y le dará tres hijos! –Retiré bruscamente mi mano, reclamándole:

--¡Señora, yo no le pedí que adivinara mi futuro ni tenía usted autorización para hacerlo! Además no creo en la quiromancia, porque quienes la practican son puros charlatanes.

--¡No soy adivina, soy una médium! Tengo facultades para percibir sensaciones personales. Tomando una mano, sus vibraciones me permiten ver su presente, su pasado y su futuro, me rebelan su carácter, sus virtudes y sus trastornos. Si me lo permitiera puedo decirle algo sobre su futuro…

--¡No me interesa en absoluto saber sobre mi futuro! No creo en las facultades que dice poseer usted y otra gente que conozco. Para mí sólo son gente que se aprovecha de la ignorancia del pueblo. Le repito, para mí son puros charlatanes… Solo me falta que diga que tiene premoniciones, que cree en los OVNIS y ha platicado con los extraterrestres. –Terminé mi reclamo, soltando una ligera sonrisa, sonrisa que desapareció de inmediato cuando fijó sus ojos en los míos. Las oscuras ojeras le dieron una profundidad a su mirada, que sentí algo de temor. Tratando de suavizar mi opinión y bajara la dureza que noté en sus ojos, justifiqué mis palabras:

--¡Discúlpeme usted! No se moleste por lo que dije ni trato de ofenderla con mis palabras, sólo digo lo que pienso y creo sobre los adivinos.

--Me extraña lo que usted contesta. Usted sí cree, usted tiene conocimientos esotéricos, usted si sabe sobre lo que son las premoniciones, usted ha leído sobre estos temas. Me bastó una sola ojeada a su mano para poder afirmar lo que digo. –Expresó su respuesta a mi disculpa recalcando sus palabras y volviendo a fijar su mirada sobre la mía. Esquivé sus ojos tratando de fijar mi vista en el paisaje desolado, árido, del campo que en esos momentos se retrataba en la ventanilla del vagón y armándome de valor le contesté:

--Mire señora, la verdad no me interesa platicar sobre este tema con usted, si quiere que continuemos charlando, vamos a cambiar de tema, por ejemplo: ¿de dónde es usted, o mejor dicho, ¿en que pueblo de cual estado de la República nació usted?

--¿Dónde nací? Hace tanto tiempo que fue y no he regresado al lugar, que ya no me acuerdo. No tengo ningún recuerdo ni nada que me atara al lugar, que jamás he regresado. –Hizo una pausa que consideré estaba recordando-. Desde muy chica he viajado por todas partes sin tener un rumbo fijo, como ahora. Llevo boleto pagado hasta San Juan del Río y según tenga una visualización presente al momento de llegar, me puedo bajar, quedarme unos días o puedo renovar mi boleto a bordo y seguir adelante en este tren, quién sabe hasta donde me baje.

--Usted no es una gitana. –Le cuestioné-, Su físico no lo aparenta, aunque por sus facultades que dice poseer y su nomadismo, si lo parece…

--No, no soy una gitana –riendo levemente-, No soy embaucadora ni ladrona como algunas mujeres de esas tribus. Lo que puedo realizar es verdad. La verdad es que no me gusta estar refundida en el sofá de alguna casa esperando clientes. Yo salgo, recorro ciudades, no visito pueblos pequeños por la ignorancia de la gente que confunden mis facultades nombrándome con el adjetivo de ¡Bruja! Y yo no lo soy. El poder que tengo, llámese percepción extrasensorial o premoniciones, es real. –Se quedó en silencio unos momentos para terminar diciéndome-: ¡Yo soy una profesional!

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Permanecimos en silencio; ella esperando mi respuesta o quizá imaginando como reaccionaría ante sus palabras. Yo tratando de coordinar mis ideas para poder contestarle. Unos minutos más, ella rompió el mutismo preguntándome algo totalmente fuera del contexto anterior:

--¿Pero Maravillas queda antes o después de San Juan Del Río?

--Mucho antes. Según me informaron está en el kilómetro 125 de esta vía. Me parece que vamos en el 60, así que si llevamos casi dos horas de viaje, si no hay retrasos, estaremos en otras dos horas más, a lo máximo, llegando a mi destino.

Ya no me contestó. Se quedó callada con los ojos cerrados. Pensé que se había quedado dormida, que mis palabras finales sobre que cambiáramos de tema no le interesaban o le aburrieron y finalmente me había ignorado. Esto me hizo observar nuevamente su rostro moreno claro sin poder determinar su edad. Representaba cuarenta o cincuenta años…o más. No podría afirmarlo. Entonces, creí que sería necesario nuevamente dormir un poco más para reponerme de la desvelada; pero no lo logré, escuché que la señora murmuraba algo y me llamó la atención volviendo a fijarme en ella: Parecía que dormitaba, sin embargo, manteniendo sus ojos cerrados, bajo sus párpados se notaba que se agitaban y movían alteradamente sus ojos, sus labios temblaban y empezó a sudar. Yo me mantuve al margen respetando su estado, sin dejar de observarla… De repente, unos minutos más, diez como máximo, comenzó a balbucear en voz muy baja:

--Maravillas… Maravillas…no lo conozco, nunca he estado allí…pero veo algo…-Recostó el cuerpo hacia atrás y aún estando dormida, la cabeza la meneaba lentamente hacia los lados y luego hacia el frente y después hacia atrás. Repitió estos movimientos varias veces y una vez que permaneció quieta, empezó a murmurar:

--Maravillas…Veo un cerro no muy alto, tiene dos cimas, una más alta que la otra, magueyes, arriba hay un altar en ruinas y restos de pertenencias indias… Hay una cueva muy grande, cabe gente a caballo… -No esperé más, me levanté del asiento pidiéndole permiso para pasar, diciendo que me encaminaba al sanitario porque quizá el atole del desayuno me había hecho daño, pero dirigiéndole la palabra sin verle la cara. No me dejó pasar extendiendo su mano impidiendo mi paso y diciendo:

--Espere, no se vaya, tengo una visión muy clara y lo necesito porque el magnetismo que de usted se desprende y lo siento, me ayuda a visualizar más…-No le hice caso, puse un pie en el asiento de enfrente y brinqué sus piernas. Pasé y fui directo al sanitario, entré y por el estado tan sucio en que se encontraban me dieron nauseas y estuve a punto de arrojar todo mi desayuno; por lo que tapándome la nariz, sólo oriné y salí de inmediato y en lugar de entrar al área de los asientos, me acerqué a la puerta cerrada del vagón y por su ventanilla pude observar el paisaje, lo cual me había puesto como objetivo y punto primordial mientras transcurriera mi viaje en el tren, ver la campiña mexicana, lo cual no se había realizado al quedarme jetón en la primera parte del viaje.

Lentamente miré los campos hasta donde me alcanzaba la vista, sitio en el cual nuestros campesinos a base de sudor y sangre le hacían cosquillas a la tierra, tierra tan delgada sobre un suelo tepetatoso que los surcos parecían canillas de perra flaca. La escasa o nula lluvia y la falta de obras de irrigación, convertían sus maizales en puros chilares, ya que las matas de 60 a 80 centímetros de altura habían espigado y nada se cosecharía, sólo servirían para zacate.

Regresé al interior del vagón, analizando que mi acción de levantarme sólo había sido un pretexto para no seguir escuchando a la supuesta vidente, lo cual como pensé en seguida se habría solucionado cambiando de lugar. En fin, buscaría otro lugar apartado de la señora de blanco; pero esto no se pudo llevar a cabo, ya que ella me estaba esperando de pie y ahora frente a mí obstruyendo con su cuerpo el pasillo, esbozando una sonrisa que me mostraba toda su dentadura, ligeramente separados sus incisivos superiores, en uno de los cuales tenía incrustado un brillante muy llamativo. Luego, se hizo a un lado para darme paso a mi asiento inicial y no pude rechazar su invitación para continuar a su lado. Desganadamente me senté subiendo ambos pies en el asiento de enfrente. Ella, aún de pie, sin dejar de sonreír y mirándome fijamente, empezó a hablar pausadamente, como si me estuviera contando un cuento:

--Tuve una visión muy clara de un suceso que se desarrolló en el cerro que está en la población hacia donde va usted, en Maravillas precisamente. La revelación fue muy fuerte, pero conforme se retiró usted, la visión se fue haciendo débil…Esto pasó hace muchos años, en el siglo pasado…-Guardó silencio unos segundos, luego tomó asiento, se relajó y continuó hablando muy lentamente-: --Vi una cueva grande en cuyo interior se encontraban cinco hombres, dos en cuclillas en torno a una fogata y los otros tres sentados y recargados en la pared de la cueva… Vi llegando un jinete vestido como chinaco con ropa color negro. Desmontó a la entrada de la cueva y de las ancas del caballo bajó un cofre de madera y cargándolo penetra al interior llegando hasta la fogata, saludando a los hombres. Las cinco personas se levantan, ríen, se acercan al jinete jugándose bromas entre sí y el momento que el jinete deja el cofre en el suelo y se acuclilla ante él, los hombres lo rodean. Al momento de abrir el cofre un grito de asombro brota de las gargantas: está lleno de monedas de oro. Empezó a repartirlas equitativamente entre todos y al terminar se levanta, da el lugar donde se reunirán la próxima vez , carga el cofre con su parte de las monedas y se despide. Encamina sus pasos hacia la salida, gira rápidamente, saca su pistola y accionándola, descarga los tiros sobre los hombres matándolos a todos. Regresa al interior y de los morrales de sus compinches recoge el oro que había repartido y vuelve a llenar el cofre. Tranquilo sale a la entrada de la cueva, de las alforjas del caballo saca un petardo de dinamita, entra, carga el cofre y acerca la mecha del petardo al cigarro que pende de sus labios y lo enciende y al intentar arrojarlo al centro de la cueva, se incorpora uno de los hombres empuñando su pistola y dispara hacia el chinaco perforándole el pecho, matándolo de inmediato. El petardo cae, explota, la cueva desaparece, queda tapada, enterrando a todos los hombres… y al oro. Mi visión se fue desvaneciendo, usted se levantó, perdí concentración y perdí el contacto. –Se calló, dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo y extendió sus piernas, como si estuviera muy cansada y agotada por la revelación narrada. Saco un pañuelo de una manga y secó el sudor de su cara, volviéndola hacia mí para mirarme y esperar respuesta.

--Hermosa leyenda –le dije-, este relato sucedió muchas veces durante el siglo pasado, tiempo en que usted cita sucedieron los hechos y en tiempos de la Revolución. Quizá lo habrá leído en las novelas de Ignacio Altamirano o de José Mancisidor, por ejemplo. Cuantos pueblos, cuantas regiones tienen leyendas semejantes y quiere que yo le crea. Esto podría ser una bonita historia, pero no me trago que haya sido una visión extrasensorial suya. A otro perro con ese hueso. Al inicio de nuestra plática aseguró usted que yo tenía capacidad para creer en premoniciones… ¡Pero por favor! No menosprecie mi inteligencia.

--¡Es verdad! ¡Créame! Yo nunca he estado en Maravillas, no la conozco y nunca he estado allí.

--¡Pues ya somos dos! -En ese momento entró el auditor y desde la puerta del vagón gritó: ¡Maaaraviiiillaaas! –Al principio también le dije que yo tampoco conozco la población, pero sí sé donde queda, es la próxima estación y con su permiso, me despido pues voy a descender. No me lo permitió. Se puso de pie rápidamente, obstruyéndome el paso. Extendió su mano tintineando las pulseras que portaba para despedirse y por educación se la estreché. Tomó con su mano izquierda mi antebrazo y fuertemente apretó mi mano al unirla con la suya, a la vez que me expresó:

--¡Se va a casar con su novia muy pronto! Su poder está fincado por el aire antes del solsticio de verano y siempre será protegido durante toda su vida por el fuego. Sus hijos nacerán en acuario. El primero será errante y estará activado por el tercero; el segundo equilibrará al tercero; el tercero caminará independiente y el segundo y el tercero protegerán al primero. Todos serán muy unidos aunque alguno se separará muy lejos. El fuego será el vínculo de unión. Trate de entender mi mensaje y su vida será muy feliz ¡Interprételo!

Traté de levantarme y retirar bruscamente mi mano pero no me soltó y con su mano izquierda soltó mi antebrazo y empujó levemente mi hombro impidiéndome ponerme de pie, acercándose a mí y por su proximidad quedó ante mi vista el colgajo de uno de sus múltiples collares en forma de cruz griega, alcanzando a leer las siguientes inscripciones: Al centro de la cruz, Belcebú; y en cada una de las cuatro ramas, Satán, Luzbel, Leviatán y Belial. Entonces, con mi mano izquierda tomé su antebrazo y lo impulsé hacia atrás, movimiento que aproveché para zafar mi mano de la suya, subirme al asiento de enfrente y salirme del área de los asientos; ya libre de su presión, deteniéndome le dije:

--¡Hasta luego señora! No diré que haya sido agradable su compañía, pero el príncipe de los demonios que porta con sus diferentes nombres en esa cruz, la acompañen.

--¡Yo no le hago mal a nadie! La cruz me protege de las exhortaciones de los ángeles perversos, para que no se acerquen a mí… Yo sólo me comunico con las divinidades perfectas… -No esperé escuchar más, di media vuelta, me aproximé a la puerta y al detener su marcha el tren, descendí rápidamente.

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Caminé paralelamente al convoy rumbo al andén de la estación, construido éste con los desechos de una plataforma de vagón y la estación era un pullman de principios del siglo, sin ejes, apoyado sobre una pila de durmientes. Allí se encontraba mi novia, levantando su mano, agitándola, en señal de saludo.

--Pensé que no ibas a venir, mejor dicho, no creí que vinieras…

--¡Aquí estoy, fiel a mi palabra! –Acercándome a ella para recibir su saludo y su caricia.

--¿Cómo te fue de viaje? –Antes de contestarle el tren reinicio su marcha y alcancé a ver con el rabillo de ojo, el rostro de la señora de blanco que por la ventanilla volteaba a verme, sin dejar de hacerlo hasta que salí de su vista por iniciar una curva el ferrocarril.

--Del viaje tuve una experiencia extraña, después te platico. Ahora vamos a tu casa o a donde quieras llevarme; después, a almorzar pues ya tengo hambre. –Caminando, cruzando mi brazo por su espalda y sobre sus hombros, observé que la vía del tren corría paralela al inicio de una elevación del terreno. Levante la vista y mi novia me dijo sin preguntarle:

--Es el cerro de Maravillas, no es muy alto, tiene dos cimas…una más alta que la otra y arriba hay una capilla con un altar que ya se encuentran en ruinas…-Me quedé frío, deteniéndome y preguntándome: ¿Serían reales las videncias escuchadas?

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Llegamos a su casa y me presentó a sus padres. Creo que les caí bien. Comimos y con padre, bebimos una cerveza. Platicando con él me explicó que en la región existía mucho maguey y la zona era productora de un exquisito pulque debido a las sequías y el clima frío imperante. Luego me preguntó que si me gustaba el pulque a lo que inmediato contesté:

--¡Claro que sí! En la capital he ido a algunas pulquerías a probar las especialidades que preparan. En "La Elegancia" por la calle de Mesones, lugar donde se toma el mejor curado de avena y en la esquina venden unos tacos de lengua de vaca sofocada, los más exquisitos del mundo. "Los Dos Cacarizos" por el Peñón, el mejor curado de melón. En "La Tormenta" donde al curado de jitomate le nombran "Blody-baba". El mejor curado de apio en "El Casino" y sin duda, con Luisito dueño de "Las Bodas de Lola", el de piñón.

--Pues aquí sólo tenemos curado de ajo… Si el curado de ajo-dido. El pulque blanco, natural. El que sólo los jodidos como nosotros, lo bebemos. Por aquí no tenemos dinero para pagar lo que cuesten esos curados y es más, ni nos gustan teniendo la calidad de lo que producimos. Yo mismo tomo el acocote, voy a raspar algunos magueyes y entrego el aguamiel. Dicen que es bueno para curar algunos males como para los que tienen azúcar en la sangre, ¿quiere probarlo? –Sin esperar mi respuesta se levantó, respuesta que no tenía alguna que dar, ya que a mi sabiduría pulqueril le habían tapado la boca.

Tomó una jícara –xoma, le dicen-, de un cuero de chivo vació un poco de aguamiel en el recipiente tan especial. Me lo dio y asiendo la xoma con mis dos manos, lo probé: Tiene un sabor dulce y fuerte, luego de un tirón bebí todo el contenido, regresando la xoma vacía, diciéndole:

--Mejor si tiene pulque, me gustaría probarlo.

--Ya sabía que no le iba a gustar. –Le pidió a su esposa que le trajera la jarra de vidrio que estaba en la cocina y de ella, a media capacidad con pulque, en un vaso grande de esos de veladora, lo llenó, lo puso sobre la mesa frente a mí. Lo alce diciéndole a todos --¡Salud! –Lo probé despacio, saboreándolo, estaba exquisito…

--En la capital decimos cuando un pulque tiene esta calidad, le falta un grado para ser carne.

Continuamos platicando en amena reunión y durante este tiempo me tomé tres vasos de pulque. Lo normal, siendo puro el pulque y sin estar bautizado y adelgazado como el que se vende en la capital, me pegó. Me sentí mareado y con sueño. Poniéndome de pie, le dije a mi novia:

--Vamos a caminar un poco. Comí mucho y me siento lleno. Aprovecha esta caminata para que me enseñes el pueblo. -Dirigiéndome a sus padres, agradecí los alimentos y pedí permiso para retirarme de la mesa, salir y enfilarnos con rumbo al centro del pueblo.

--¿Quieres subir al cerro?

--¿No está muy difícil la subida? Acuérdate que soy capitalino.

--Rodeando y haciendo paradas, no es muy cansado. –Sonriendo, me invitó a iniciar la caminata.

--¡Vamos pues! –Ascendimos, una hora después estábamos en la cima llegando hasta donde se encontraban las ruinas, al observarlas y recorriendo el lugar, le pregunté:

--¿Por qué se encuentran en este estado?

--No lo sé. Quien sabe quien lo construyó. Me contaron que hace mucho tiempo subía el párroco de la iglesia y oficiaba misa el día tres de mayo, pero yo nunca estuve presente. Estando abandonado el lugar, lo peones de los señores que se han dividido y repartido en propiedad el cerro, han aprovechado las piedras de la construcción para levantar las cercas que limitan sus predios. –Me quedé callado, no le comenté nada y sintiéndome cansado y deseando acostarme tantito por la subida, tantito por la desvelada para llegar a la estación y muchito por el pulque, mi novia buscó el lugar idóneo bajo la sombra de un tepozán. Primero me senté, notando una piedrecilla muy rara a mi lado. La levanté y observé, comentándome antes de descubrir que era:

--Es una cuenta de collar. Pertenece a las tribus o pueblos que se asentaron en esta región. Mi abuela decía que era otomíes, pero en la escuela me enseñaron que era chichimecas, yo no lo sé en realidad… ¡Pero mira! Hay muchas… Aquí está una punta de obsidiana. –La levantó y limpió con su falda y me la entregó. Yo, sin revisarla la tomé y me recosté, cerré mis ojos y pensé en el suceso del tren. Comencé a escuchar mis ronquidos por el efecto del pulque, cuando ante mí, vi una cara redonda y sonriente reluciendo un brillante incrustado en su dentadura y me hablaba:

--Yo no miento. Mis poderes son reales. Mis visiones son verídicas… -Desperté, levantándome sobresaltado. Mi novia, que andaba recolectando piezas arqueológicas alrededor de donde me encontraba, angustiada se acercó a mí, preguntándome: --¿Qué te pasa?

--¡Nada! Sólo que por lo incómodo de la cama, desperté. –Consulté mi reloj, pasaban de las cinco de la tarde; entonces le indiqué que no me gustaría bajar del cerro estando oscuro. Ella asintió con la cabeza, me entregó un envoltorio hecho con su pañuelo guardando las cuentas, caritas de barro, puntas de obsidiana y pedernal recogidas, me asió del brazo y empezamos a descender.

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Al ir bajando del cerro admiré lo que todo capitalino anhela ver y que nos está prohibido en los grandes asentamientos urbanos: un hermoso paisaje. Maravillas está desplantada sobre la prolongación de la ladera norte de su cerro, terminando la pendiente a unos cuatrocientos metros limitado por una cañada en cuya orilla corre otra vía de ferrocarril –La Nacional, según me indica mi novia-, y es el inicio de otra elevación de terreno. Desde las alturas de domina una gran extensión de pequeños lomeríos con los siguientes linderos geográficos: Al poniente por el cerro de La Virgen y el cerro del Burro. Al noroeste el cerro del Manguí con su cumbre en forma de plataforma para aterrizajes de helicópteros; atrás de este montículo, la enorme maza del cerro de Nopala. Al norte, como gran vigía, la cumbre en forma de cono volcánico del cerro del Astillero o en su nombre original náhuatl: Hualtépetl, con una elevación de tres mil cien metros sobre el nivel del mar. Por el oriente la sierra de San Bartolo destacando antes un pequeño promontorio, como otero, llamado cerro de Escandón y al sur, Los Tepetates con su cerro de Leña y el mismo cerro de Maravillas donde me encuentro.

El sol, ya ocultándose tras el cerro de La Virgen, teñía el cielo con un rojo encendido, como si miles de cochinillas del nopal hubieran sido aplastadas sobre el techo celestial, imaginándome que por estos atardeceres tan maravillosos, recibía la población el nombre de Maravillas.

Por fin llegamos a su casa. Cené dos quesadillas, una dobladita de chile y un vaso de pulque que me sirvió de somnífero. Me recosté en un petate y como me sentía cansado y falto de sueño por la desmadrugada y alterado por los sucesos del día; dormí, dormí mucho.

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Me desperté muy tarde. Como capitalino conocí las incomodidades del campo de aquellos tiempos. En una letrina satisfice mis necesidades corporales y entre los magueyes regaba el seco cada vez que me daban ganas. Después con un lebrillo lleno de agua caliente que me proporcionó mi novia, en el patio posterior de su casa, entre una nopalera, me di un baño torero: sólo las orejas y el rabo, me cambié de ropa interior, ¡y listo! Mi novia ya me esperaba.

--¿Quieres desayunar aquí en casa o prefieres ir al centro a comer chicharrones de res o barbacoa? –Antes de contestarle, admiré a mi novia: se veía muy linda con una mañanita floreada multicolor que resaltaba su belleza morena; acercándome a ella la besé en la mejilla como saludo y le di los buenos días-…--Aquí en tu casa. Desayunaremos en compañía de tus padres, ¿te parece?

--¡No hombre! Mi padre sale al campo antes de las cinco de la mañana y mi madre fue a llevarle de comer. Ya son las diez, flojo. –Me contestó.

--¿Aún en domingo?

--En domingo, días festivos y fiestas de guardar. En el campo se trabaja todos los días, porque la tierra es muy celosa…necesita cuidados y atención para dar sus frutos.

--Bueno, no nos queda de otra que ir al centro; pero ya, ¡me urge!, creo que estoy crudo.

En el trayecto fui observando diversos lugares conforme me llevaba de la mano mi novia. Vi la iglesia católica, destechada, aún sin terminar; el gran salón de usos múltiples constituido por un enorme tejado longitudinal que lo mismo servía de mercado, de tianguis dominical y fiestas privadas o bailes populares amenizados por conocidos conjuntos musicales. La iglesia de rito Marista o Anglicana, no recuerdo bien, ésta si bien terminada; el recinto del juez del pueblo y la palma de la justicia en medio de un pequeño jardín frente al recinto y las tiendas de todo con su cantina anexa y muchos comercios.

Acercándonos al local donde hervía un cazo con las carnitas o chicharrones de res cuyo olor incrementaba mi apetito, me detuvo mi novia, esperando a que un señor se acercara y estuviera al alcance del saludo. Me soltó el brazo y me comento que el señor era una de las personas ilustres del pueblo y me lo iba a presentar:

--Don Antonio, buenos días…

--Buenos días niña, ¿quién te acompaña?

--Mi novio, tengo el gusto de presentárselo.

--Antonio Santana. –Se adelantó diciéndome su nombre y mientras estrechábamos las manos lo miré: Un hombre de cincuenta años, blanco, de vivaces ojos azules que reflejaban sabiduría y bonhomía. De inmediato supe que llevaríamos una buena relación.--Mucho gusto Don Antonio, estoy a sus órdenes.

--¿Viene de la capital?

--Sí señor, estoy conociendo el pueblo, me parece muy bonito, con unos atardeceres maravillosos que observé ayer desde la cima del cerro. –Y le externé mi opinión sobre el origen del nombre del pueblo. Entonces, callado, me tomó del brazo y con una seña nos invitó a caminar hacia la vía del tren que se encontraba a escasos cuarenta metros y nos pidió que escucháramos su disertación:

--¡No amigo mío! Maravillas no lleva ese nombre por lo que dice usted… La colonización en forma se remonta a los años de 1830, por una familia de apellido Torres, los cuales como comerciantes abrieron una tienda por este lugar –señalándolo con su brazo-, cuando Don Porfirio por los años de 1880 construyó la red ferroviaria que aún sigue vigente a estas fechas, el tren a Ciudad Juárez llamado Águila Azteca, pasa por aquí, por esta vía por la que llegó usted, en aquellos tiempos iniciales de su funcionamiento, creció en abundancia en este lugar y a ambos lados de la vía, la mata de flores llamada Maravilla, cuyo nombre genérico es la Caléndula. Así cuando los pasajeros llegaban a este poblado pedían que el tren se detuviera en "Las Maravillas" y por toponimia se quedó como nombre para designar al pueblo. Fue hasta 1906 cuando se oficializó como nombre propio para este lugar, por la junta de vecinos y autoridades de aquella época.

--¡Caray Don Antonio! Muy interesante. Usted ha de conocer muchas historias y leyendas de la región y le digo que a mí me interesa mucho la historia relacionada con la arqueología. Pero por favor, le invito a almorzar… ¡Ya tengo mucha hambre!

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--Esta región estuvo colonizada inicialmente desde hace más de dos mil quinientos años por tribus de cazadores, principalmente de aves, siendo seminómadas; para posteriormente ser ocupada por una población ya sedentaria, la de los otomíes, que en su idioma propio se llaman "Hñahñúes". Estos hombres pacíficos que nadie sabe de donde llegaron, fueron desplazados por otras tribus guerreras hacia el poniente, a Jilotepec, donde instauraron un gran señorío. A la llegada de los Toltecas por el oriente y asentarse en Tula, la antigua Tollan, -lugar de tules-, fundaron el máximo centro cultural de su civilización encabezado por Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóalt, hombre sabio que permitió la convivencia con los otomíes, sin violencia y compartiendo su cultura. Posteriormente con la emigración de Nahuas, las siete tribus nahuatlacas, hacia el valle del Anáhuac, los últimos, los rezagados, los Chichimecas, pueblo belicoso, arrasaron con todo vestigio de los anteriores asentamientos, ocupando todo este vasto territorio. Toda la región está llena de restos arqueológicos que indican su ocupación y permanencia; yo tengo una gran colección particular de la cual he donado parte para el museo de Huichapan y poseo más para exhibirla cuando tengamos un museo aquí, en Maravillas.

--Lo he constatado. Ayer que ascendimos al cerro mi novia recolectó muchas piececillas de barro y objetos de obsidiana y pedernal.

--¡Claro! Por la posición geográfica del cerro, que entre paréntesis se llama "Cutejhé" – en otomí significa "cerro cuate" o gemelo, por su doble cima-, en su cumbre se celebraban ceremonias rituales, religiosas y calendarias, las cuales eran vistas por toda la población circundante, permitiéndolo la altura del cerro. Además fue un observatorio astronómico, lo cual lo constato por poseer una laminilla de barro con una inscripción referente.

--¡Y el altar Don Antonio?

--Como ha de saber, la conquista religiosa que efectuaron los íberos, donde había un altar religioso de cualquier tribu, los sacerdotes católicos ordenaban su demolición y la construcción de otro, en el mismo lugar, para los ritos de la nueva religión.. Pero éste, dada la poca población existente, después de su construcción hace muchos años, fue abandonado.

--Y si fue nuevamente poblada la región por los años de 1830, no creo que hayan tenido participación en la guerra de independencia; pero en la guerra contra el invasión francesa, ¡se combatió? ¿Hubo algunos héroes regionales?

--¡Se combatió en ambas! –Contestó Don Antonio efusivamente. Luego hizo una pausa para encender un cigarrillo y continuó-: --La región siempre ha estado habitada. De los treinta viene el origen del nombre de esta población, aclaro. El Bachiller José Manuel Correa, cura de Nopala, combatió bajo las órdenes del Siervo de la Nación: Don José María Morelos y por sus campañas victoriosas en toda la región, la junta de Zitácuaro le otorgó el grado de Brigadier, comandante de Huichapan y Jilotepec. Tiempo después y más batallas, le dieron el grado de Mariscal de Campo.

-Aspiró una larga chupada al cigarro que meneaba entre sus dedos, marcados por el ocre color de la nicotina, antes de continuar:

--Nicolás Romero, el arquetipo de los chinacos, llamado también el "León de la Montaña", combatió contra la intervención francesa, prueba de ello, aquí adelante en una ranchería llamada "Matanza", bajo el ataque de guerrilla, diezmó al ejército francés, el ejercito más poderoso del mundo en aquella época. Nicolás es hijo de este municipio… y hay muchos más, pero estos dos son un ejemplo de la valentía de nuestros hombres.

--También me platicó mi novia que por aquí pasaba Don Benito Juárez rumbo…- Levantó su mano en señal de detener mis palabras, encendió el tercer cigarrillo y señalándome con su brazo una calle y un caserón que no se veían desde la fonda, pero determinando su ubicación, continuó:

--La casa de usted está allí, en esa calle. Era camino de carretas y diligencias. Por aquí pasaba Don Benito rumbo a Querétaro. Efectuaba una remuda de caballos en un mesón de Nopala o en la Hacienda de la Hermosa, sitios que todavía existen, ya que la siguiente parada la efectuaba hasta San Juan del Río, donde pernoctaba. Me contaba mi abuelo que cuando pasaba, todo el pueblo salía a aclamarlo.

--Pero si pasaban diligencias y la zona se encontraba poco poblada, sin vigilancia por el estado de guerra que existía, tuvo que haber muchos asaltos, ya sea para recabar fondos para provecho de algunos maleantes o para subvencionar la guerra de guerrillas o no sé para qué, pero hubo asaltantes; explíqueme que pasaba…

--Había varias rutas para llegar a Querétaro. Éste que le señalo y cerca de aquí el de Jilotepec- Canalejas- Aculco- Palmillas, que en este lugar se unía al primero. Otro más retirado pero con mayor vigilancia: Toluca- Ixtlahuaca- Acambay- Palmillas, uniéndose a los otros dos. Los viajeros variaban las rutas para evitar asaltos en todo este tramo inicial del viaje, ya que de San Juan del Río en adelante, estaba bien vigilado por las tropas tanto Juaristas como de los invasores. – Aprovechando esta parte de la plática, introduje una pregunta inquisitiva:

--¿Y no cuentan las leyendas de un asaltante famoso? – Entonces él, levantando la voz, me dijo:

--¡No es ninguna leyenda!

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--También me platicó mi abuelo, que por los caminos que comunicaban a las poblaciones de Jilotepec, Canalejas, Aculco, Acambay, Palmillas y el ahora llamado Polotitlán, eran asolados por una pandilla de asaltantes cuyo cabecilla era un chinaco alto, moreno, con prestancia y gran porte que tenía como característica para que lo reconocieran que siempre vestía de negro, excepto por su paliacate rojo ceñido en la frente. Se llamaba Francisco del Olivar. Asaltaban y venían a esconderse a este cerro donde en una cueva grande, se refugiaban, colocando un centinela en la cumbre, lugar desde el cual podían observar si alguien los perseguía. –Tranquilo, fumando, entrecerrando los ojos como para recordar bien lo que narraba, Don Antonio continuó:

--Una tarde, los peones de la hacienda de La Laja, lo vieron pasar con rumbo al cerro. Montando su caballo, llevaba en ancas una pequeña caja de madera y como siempre, muy bien armado. Todos lo veían a escondidas, se le tenía mucho miedo ya que era capaz de asesinar a cualquiera. Ya entrada la noche escucharon una fuerte detonación que cimbró todos los jacales, pesebres y muros de la hacienda y del pueblo; salieron los habitantes y determinaron que la explosión provenía del cerro; pero por miedo a ser balaceado, ninguno se atrevió a investigar el origen de la explosión. Posteriormente descubrieron que el estallido había sido en la cueva, derrumbándola y obstruyendo la entrada un montón de tierra y rocas. –Alcanzó con su mano un vaso con agua mineral, se mojó los labios, reculando la silla y cruzando la pierna, siguió con su plática:

--Pasó el tiempo, nunca más vieron al chinaco ni a su pandilla ni hubo más asaltos. Hemos ido a buscar donde se encontraba la cueva, pero han pasado noventa años y las lluvias, la erosión, los derrumbes, la han ocultado. Quedan vestigios probables de su posición, siendo imposible remover las tierras aparte que saldría carísimo y con pocas oportunidades de éxito, localizarla.

--Ni hablar Don Antonio, me quito el sombrero ante usted. ¡Qué hermosa narrativa! Me gustaría cada vez que venga al pueblo platicar con usted. Se aprende mucho y se disfruta el momento, ¡estas leyendas son apasionantes!…

--¡No son leyendas, esto que le narro fue verídico! – Lo noté molesto y me disculpé, apenado por mi expresión.

Nos levantamos. Pedí y pagué la cuenta. El almuerzo estuvo exquisito: Consomé, barbacoa de borrego, menudo, tortillas del comal y para bajárnoslo, mi novia un jarro de café negro, Don Antonio agua mineral y yo, el imprescindible jarro de pulque. Nos despedimos haciendo votos para reunirnos la próxima que viniera al pueblo. Yo me sentía contento, alegre, pero dentro de mí no dejaba de pensar en mi casual compañera de viaje, la señora de blanco.

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--¡Vamos nuevamente al cerro! Quiero subir y caminar para bajarme la comilona que hicimos. –Abrazando a mi novia se lo pedí; ella recibió la petición con alegría pues le gustaba mucho caminar y dirigiéndose al tianguis fue a comprar un recipiente de plástico que lo llenó con agua de jamaica. Al paso conocí la que llamaban la escuela vieja, donde la mayor parte de los habitantes del pueblo, ya adultos, conocieron en ese recinto las primeras letras.

El sol en todo su esplendor nos pegaba con ganas. Estábamos en la cima más alta del cerro y yo observaba todos los alrededores, cuando mi novia, con una exclamación, llamó mi atención:

--¡Mira hacia allá! Mi hermano tenía razón cuando me decía que se veían. ¡Nunca los había visto! –Y señalándome hacia el sureste, al fondo, con una gran visibilidad, ya que el día estaba muy claro, despejado y sólo por el rumbo del Astillero se vislumbraban unas nubes amenazadoras, se observaban dos cumbres nevadas.

--¿Son los volcanes? –Pregunté. –Sí, son el Popocatépetl y la Iztaccihualtl, -afirmó mi novia-, desde esta cumbre se ven lo majestuoso que son. –Yo le grité asombrado:

--¡Es increíble! Con razón nuestros antepasados utilizaron esta cumbre como centro ceremonial, templo religioso y de observatorio astronómico.

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Recorrimos las dos cimas. Desde la sur mi novia me fue indicando el nombre de todas las poblaciones que se divisaban: San Juanico Acaxochitlán y las rancherías de Temascales, El Tepeyac, Peñafiel y más al suroeste, en una zona arbolada, Las Vegas. Al poniente, El Capulín, la Hacienda de la Hermosa y el camino a Aragón. En la ladera oriente de cerro las Haciendas de Santa Fe y más abajo, la de La Laja y a la derecha, Los tepetates sobre la ladera del cerro de Leña y el camino hacia San Sebastián. Enseguida regresamos a la otra cima y por el calor reinante bebimos del garrafón donde llevó al agua, refrescándonos. Recorrí toda la cumbre buscando no reliquias, sino algún detalle del asentamiento de las tribus primigenias, cuando empezó a soplar muy fuerte el viento. Mi novia, observando el cielo hacia el norte, me advirtió que deberíamos bajar de inmediato, porque cuando hace un calor tan sofocante, puede llover torrencialmente.

--¡Vámonos ya! Es tarde y amenaza lluvia, es hora de descender. – A la indicación de mi novia, asintiendo con la cabeza que estaba de acuerdo, iniciamos el regreso. No llevábamos ni medio camino cuando se soltó el aguacero, no quedando de otra que buscar un resguardo y mi novia me dirigió hacia un encino, bajo y frondoso, que nos protegió algo de la lluvia. Aparrados junto al tronco, noté que el agua corría formando un arroyito angosto de unos cinco centímetros y tres metros más adelante se formaba un pequeño remolino vertiéndose el agua del arroyo en él. Extrañado, no importándome la lluvia, me acerqué: el agua como si fuera un sifón penetraba en un agujero, oyéndose un ruido sordo, como caída de agua. Pensé en una lumbrera donde se purga una corriente o venero subterráneo, que al desplazarse genera un empuje de aire que busca salida a la superficie. ¿Pero a esta altura, cual corriente, cual venero? Además se oía que caía el agua; o sea, que bajo la superficie donde se encontraba el hoyo, existía una depresión, o una oquedad, o tal vez… una cueva.

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Bien empapados llegamos a su casa. Mi novia se cambió de vestido, se arregló y enfundó un suéter entallado que hizo resaltar sus atractivos frontales, poniéndome nervioso. Yo me desvestí una vez que me prestó una colcha para cubrir mi desnudez, mientras con la plancha caliente, ella secaba mi ropa.

Comimos en compañía de sus padres y al terminar, como sobremesa vino la esperada plática con su padre, mientras degustábamos un vaso de curado de ajo.

--¿Y piensa casarse con mi hija? –De improviso, sin esperar la pregunta, me sorprendió. Su madre fijó la vista en mí.

--Son mis deseos, pero por el momento gano poco para darle un buen hogar.

¿Y cuánto gana por día?

--Un poco más de dos salarios mínimos, sobre veinticinco pesos. Cuando llegue a los cuarenta, creo estar en condiciones económicas para casarnos. Tengo ya algo ahorrado para montar donde vivamos y comprar los muebles indispensables.

--¿A los cuarenta años o a los cuarenta pesos? –Con mucha seriedad me preguntó. Yo, con una sonrisa nerviosa asombrado por su ingenio, le contesté que sin duda a los cuarenta pesos.

Serenos, los padres cruzaron una mirada de consentimiento, diciéndome:

--Sólo le suplico que la respete, está muy tierna aún. Y que nos respete a nosotros, no por ser tan humildes piense que no tenemos honor.- Le respondí que no se preocupara y que tuviera confianza en mí, ya que el respeto que sentía por ella se reflejaba en mis sentimientos y el deseo de hacer las cosas bien; su mamá, convencida, me sonrió.

Me levanté de la mesa. Eran cerca de las siete de la tarde y mi novia me carrereaba porque pronto pasaría el tren de regreso a la capital. Pasó por mi mente quedarme otra noche en su casa, pero recordé los compromisos que tenía en el trabajo para mañana lunes y deseché la idea.

En la puerta de su casa me despedí de sus padres agradeciendo las atenciones recibidas y jalándome de un brazo, mi novia me llevó hasta la estación.

El tren llegó. Nos besamos como despedida concertando cita para vernos en la capital cuando ella regresara a trabajar una vez que concluyeran sus vacaciones.

Abordé el vagón. Esta vez se encontraba casi lleno; quedaban tres o cuatro asientos desocupados y me senté en el primero de ellos. Al reiniciar el convoy su marcha, me puse de pie y recorrí con la mirada a todos los pasajeros, buscando con ansiedad entre ellos, si no viajaba la señora que conocí en el viaje de ida. Desilusionado, me senté, no se encontraba.

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Salgo de la moderna estación. Abordo mi auto y me dirijo a la junta que tengo con algunos funcionarios petroleros en el despacho de un contratista con el que tengo subcontratada una obra para desarrollar el proyecto respectivo. Manejando el auto voy pensando que los vaticinios de la señora resultaron ciertos: A los seis meses de ese viaje, me casé con mi novia y tenemos tres hijos, todos nacieron bajo el signo de acuario. De su mensaje no hay interpretación o no se ha dado el tiempo de que suceda algún acontecimiento que lo revele. Sus percepciones sobre Maravillas fueron reales… El cerro, el altar en ruinas, los restos arqueológicos y sobre todo, lo del chinaco.

Sólo falta que corriera la aventura de excavar donde se encuentra probablemente la cueva; pero, si lo hago manualmente contratando dos peones o si lo hago por medios mecánicos llevando un trascabo, ya sea que lo realice de noche o de día, todo el pueblo se daría cuenta de mis pretensiones y lo notificarían a las autoridades, además debería recabar el permiso del propietario del terreno y aparte, ¿tendría éxito mi aventura? Si fueran negativos los resultados, tendría que costear yo solo los gastos inherentes y si fuera afirmativa, el tesoro lo tendría que repartir entre muchos y quizá, descontando el costo de la operación, el importe que me correspondería no valdría la pena intentar la aventura.

Encontrar las monedas de oro, sólo reafirmaría que todas las percepciones de mi compañera de viaje, que me hicieron vivir un mal momento a su lado, fueron verídicas y que la señora era una verdadera profesional en su ramo, ¡no era una bruja ni charlatana!

Mientras algo suceda en el pueblo que quizás pueda cambiar mi forma de pensar, al término de la junta iré a comer a la cantina de las calles de Guerrero donde sigue trabajando mi amigo de la colonia Maravillas y beberé una copa al recuerdo de aquel viaje y a la memoria de una señora de blanco.


Max Villareal

Ópera prima. Noviembre de 1997.

CUENTO: "Un confidente"

Por: Max Villareal


A: Doña Pilar Adame, una educadora con olor a santidad.

Mi primer contacto con la religión lo tengo en mi memoria muy grabado. El día que mi padre celebraba su cumpleaños, siempre, nomás este día, se trasladaba a la Villa de Guadalupe para dar gracias a la Virgen por permitirle vivir y disfrutar de buena salud. Como a mí me habían bautizado con el mismo nombre de mi padre, cuando tuve la edad suficiente en que podía hablar para pedir lo necesario, después que me vestían con un traje de casimir, camisa blanca, zapatos de charol y bien peinado, alisando mi enmarañado cabello con una goma que llamaban de tragacanto, me encontraba listo para partir con mi padre. Él me tomaba de la mano y juntos, enfilábamos con rumbo a la Basílica de la Guadalupana

Entrábamos a la iglesia y luego de persignarme con su mano tomando mis dedos, cruzando las naves principales, me llevaba de inmediato a la capilla lateral que se encuentra a la derecha del presbiterio, donde se venera al Sagrado Corazón de Jesús. De rodillas repetía la oración que a media voz mi padre rezaba y entre rezo y rezo, yo alzaba la vista hacia la parte superior del ábside, observando la figura de Jesús y recordaba que él era Dios, el Diosito del que me hablaba tanto mi abuela; pero a mí no me inspiraba protección o amor, como me lo habían inculcado; no, a mí me espantaba. Lo veía con miedo, así como también me horrorizaban los Cristos o ya crucificados o ya flagelados; tanto las figuras de pié, como las encerradas en ataúdes transparentes que todos los fieles tocaban o llegaban a besar el cristal que los protegía, mascullando ininteligibles oraciones y peticiones. A mis escasos cuatro años de edad, estas imágenes que rehuía ver, no me hacían comprender que representaban a Dios, el Dios hijo del Padre creador de todas las cosas.

Antes de salir de la iglesia, nos deteníamos frente al altar de la Virgen. Santiguándonos, mi padre pedía por mí y por él, con palabras que no escuchaba completas y las terminaba con una oración, la misma que por las noches rezábamos a dúo, mi abuelita y yo.

Al traspasar la puerta de salida, el paseo continuaba al escalar el cerro para llegar al templo de la Virgen del Cerrito; digo escalar, porque en aquél tiempo, aún no se construían las escalinatas escénicas que hoy forman la ruta de ascenso hacia la cima del cerrito del Tepeyac. Al descender, por el lado contrario a la subida, llegábamos a la iglesia del Pocito, una joya arquitectónica, donde también, en el pozo que se encuentra en su interior, me negaba a beber de los desportillados pocillos de peltre, mugrosos y grasosos, que pendiendo de una cuerda, todos los fieles extraían agua del fondo del pozo para gustarla, atribuyéndole poderes milagrosos para la cura de muchos males, tantos como eran las peticiones de cada uno de los peregrinos que llegaban a beberla. El agua procedía de un manantial, hoy ya seco.

Luego, al mercado, donde comíamos las famosas gorditas de maíz vistosamente envueltas en papel de china de muchos colores, acompañándolas con un jarro de atole champurrado, muy exquisito; para finalmente, terminar el viaje con lo que más anhelaba cada año: Saborear una enorme copa de nieve con frutas, galletas y mermelada. Para ello, nos trasladábamos al centro de la ciudad, abordando un autobús o un tranvía eléctrico y llegar a una nevería en la que me servían el delicioso postre, que se convertía en el deleite que sólo una vez al año, en su cumpleaños y mi santo, degustaba con una fruición muy propia de mi infancia.

Los paseos se repitieron hasta que terminé los estudios primarios, paseos en los que las más de las veces nos acompañaba mi abuelo, padre de mi padre y luego, por la costumbre los realice yo solo ya que mi padre, divorciado de mi madre, se volvió a casar y mi abuelo, lamentablemente para mí, falleció. Por ello ya no tuve compañía para la andanza anual a la iglesia de la Emperatriz de las Américas; pero, nunca dejé de efectuar el recorrido habitual y claro, mucho menos, dejé de asistir a degustar el rico helado, la gran copa especial, el mismo día del cumpleaños de mi padre.

Próximo a cumplir diecisiete años, no iría solo como lo había efectuado los últimos cuatro años a la Basílica. Esta vez me acompañaría un condiscípulo de la Preparatoria, el cual, al término de las clases diarias salimos con rumbo a la Villa de Guadalupe, caminando. Aprovecharíamos el viaje, aparte del fin anual de conmemorar los onomásticos de mi padre y el mío, para hacerle la petición a la Santa Patrona, como una manda, para que tuviéramos éxito en los ya cercanos exámenes. Terminados los oficios religiosos y hechas nuestras peticiones, de regreso y sobre la calzada principal, para satisfacer el hambre y la sed que ya nos torturaba, entramos a una cafetería ubicada a dos cuadras de la Plaza. Sentados, yo recordando aquella gran copa de nieve y mi amigo tarareando la melodía estridente que sonaba en la rockola, devorábamos una enorme torta de milanesa. Al finalizar el disco, mi compañero se levantó hacia el aparato y al estar revisando la lista de las selecciones musicales, se aproximó hacia él una muchacha de nuestra edad y por la forma de vestir, estudiante también, que le dijo tomándole la mano donde llevaba la moneda, impidiéndole que marcara la melodía escogida:

---Ponle a la C-10, es el rock de mi predilección ¿Sí? Es “Confidente de secundaria”. –Mi compañero se le quedó mirando y como autómata, le obedeció. Ambos se quedaron frente al aparato cuando sonaron las primeras notas: “Si tu confidente soy, y en la secundaria voy; soy tu confidente, voy en secundaria; vamos a bailar el rock”, hasta que los llamé a que se sentaran a la mesa, mi compañero la invitó y sin ningún recelo, ella acepto de inmediato.

---¿Dónde estudian? -Adelantándose a nosotros, preguntó.

---En la Prepa Uno, ¿y tú?

---Yo voy a la secundaria Once, voy en tercero, ya han de saber dónde queda.

---Si claro –le contesté-, ¿y qué andas haciendo por aquí?

---Vivo en la calle de Ricarte, a tres cuadras de aquí. Un amigo me invitó a comer, luego a pasear por la Plaza y entrar por la tarde a rezar el rosario; pero no aparece. Quedamos de vernos aquí, en esta cafetería.

La plática continuó, obligándonos a invitarle a nuestra nueva amiga una enorme torta como la que habíamos degustado momentos antes. La reunión se prolongaba y notando el enorme interés que mi compañero mostraba hacia la muchacha, acaparando su atención y no permitiendo que yo le echara los perros, decidí dejarle el campo libre, preguntándole:

---Ya es muy tarde para mí, ¿te quedas o nos vamos?

---Me quedo, nos vemos en la escuela mañana temprano. -Despidiéndome de mano, me retiré dejándolos solos, sin tener la más remota idea de lo que el futuro destinaba para la pareja de jóvenes estudiantes que estaban frente a mí; ya que en esos momentos sólo pasaba por mi mente, el enorme helado que dentro de un rato, en cuanto entrara a la nevería, me jambaría.

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Ofelia fue prohijada por un matrimonio cuando su madre que trabajó como sirvienta con ellos desde muy jovencita, a partir que arribó de una escondida ranchería de la sierra de Hidalgo al lado de la pareja, murió al darle la vida a una pequeñita. La sirvienta nunca regresó a su lugar de origen viviendo todos sus años al lado del matrimonio, no considerándola estos como sirvienta, si no como una más de la familia. Jamás les confesó quien había sido el responsable de su embarazo y sin tener contacto alguno con sus familiares posibles así como desconocer la ubicación de su pueblo y el nombre del padre, para notificarles el deceso de la madre y el nacimiento de su hija; retuvieron a la niña a su lado para posteriormente registrarla como hija legítima sin tener a nadie que se les opusiera; lo que motivó que ocultaran el verdadero origen de la criatura y ni a la propia niña, cuando creció, se lo revelaron.

Al paso de los años, con una infancia feliz en un verdadero hogar, con mucho amor de sus padres y sin carencia alguna, Ofelia se desarrolló adquiriendo un carácter simpático, extrovertido, de fácil palabra e ingenioso, sin tener un cuerpo que llamara la atención, pero sí armonioso y proporcionado a su media estatura con una real característica: Tenía un gran ángel, muy carismática y con una sonrisa franca que remarcaba su personalidad volviendo hermoso su rostro.

Sus padres, ambos profesores del nivel primario ya jubilados, continuaron prestando su labor docente en escuelas particulares ubicadas en la misma zona de su domicilio. Casados muy jóvenes, al terminar sus carreras, no tuvieron hijos propios poniendo como excusa a la pregunta de sus colegas y amigos del porqué no procrearon descendencia, aduciendo que para qué tenerlos, si cada año tenían un mínimo de cuarenta hijos nuevos que educar y la llegada de Ofelia, la explicaron que se debió a un embarazo milagroso e inesperado.

Tal vez por el medio familiar o por una vocación ya muy definida, Ofelia, al terminar la secundaria, ingresaría a la Escuela Normal para estudiar la carrera de educadora y especializarse después en niños con retraso mental. Su carácter le facilitaba la profesión que había escogido además del gran amor que sentía por los pequeños minusválidos, proponiéndose que su carrera la ejercería como un verdadero sacerdocio.

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Enrique, yo le llamaba Henry, fue mi condiscípulo por el período de dos años mientras cursábamos la Preparatoria y mi compañero para estudiar tanto en las bibliotecas como para realizar los trabajos escolares tanto de pareja como en los de conjunto. Pero estas labores escolares, sólo las desarrollamos poco más o menos, un año y medio, ya que desde que conocimos a Ofelia en aquella cafetería, ellos se hicieron novios y en cuanto salíamos de clases se despedía de mí y presto se dirigía a la secundaria para reunirse con ella.

Hijo de padre de sangre ibérica y madre mexicana, de costumbres bien arraigadas y con una disciplina familiar muy férrea, dedicado a atender su negocio de materiales para construcción de tiempo completo, le exigía mucho a su hijo, el único de los cuatro procreados que estudiaba, cumplir con los deberes colegiales entre semana y los sábados por la tarde al mostrador del negocio y los domingos a llevar la contabilidad necesaria que requería la administración del propio comercio.

Siempre muy cumplido con sus obligaciones, empezaron las dificultades con su padre al solicitarle continuos permisos para faltar, entre semana al llegar tarde cuando asistían al cine y los sábados para concurrir a los thes danzantes organizados por las diferentes escuelas donde teníamos invitaciones de los muchos amigos mutuos que conocíamos, bailes a los cuales yo era asiduo concurrente.

Terminamos la preparatoria y la secundaria, trasladándonos el siguiente año lectivo, nosotros a la Ciudad Universitaria y ella a la Escuela Normal, en Tacuba. Por lo tanto, se le complicaron los tiempos a Henry: Recorrer la distancia entre ambas escuelas le tomaba muchas horas y con la inclusión en su plan de estudios de una materia en el turno vespertino, tres días dejó de ver a su amada, causándole a él mucho desasosiego y a ella, más libertad. Poco a poco la pareja se fue distanciando, siendo quizá yo el vínculo entre ellos, dado que en las fiestas y bailes me seguía frecuentando con Ofelia y aunque mucho me atraía desde que la conocí, respeté la condición de ser la novia de mi gran amigo Henry y nunca intenté de rayarle su cuaderno.

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---Ofelia, sé que lo nuestro, por mi culpa, ya no puede seguir. Mi padre me exige mucho en el negocio y a la facultad le debo dedicar todo mi tiempo. He descuidado mis estudios y mi madre me ha preguntado que sucede, si es que tengo novia o que pasa conmigo. Por tanto, sólo tengo tiempo de verte un día a la semana y eso, sería un rato. Creo que lo más conveniente sea dejarte en libertad del compromiso que une nuestro noviazgo. Sabes bien que te quiero mucho y si crees en mí, espérame a que termine mis estudios, me reciba y entonces sí, reanudaremos nuestras relaciones… Mientras, puedo visitarte en tu casa de vez en cuando, como amigos, si me lo permites. –Con mucha sensatez, Henry le hablaba a su novia y ésta, manteniéndose callada, sintiendo por dentro algo de dolor, pensando que quizá ya lo amaba o quizá no, no lo sabía; pero si estaba conciente de que estaba muy joven para tener un compromiso formal, aparte por su carácter muy libre, por fuera se sentía con mayor libertad, con mayor independencia parea manejar su vida y aceptar las invitaciones y pretensiones de varios estudiantes de la Normal, entre ellos primordialmente un alumno del último grado, guapo, con buen porte e inteligente.

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A Henry en Ciudad Universitaria ya lo veía muy poco. Algunas veces en el café central, otras en la terminal de los autobuses y por mera casualidad nos vimos la última vez en la biblioteca central. Luego, lo dejé de ver totalmente los dos años finales de la carrera. Aunque habíamos cursado el mismo bachillerato, él ingresó a la Facultad de Ciencias y yo a la de Arquitectura, no siendo impedimento para continuar con nuestra amistad, aunque trucada por su justificado distanciamiento. Al término de mi carrera, lo busqué en su escuela para comunicarle que pronto me recibiría y quería que me acompañara, informándome en la dirección de servicios escolares de su facultad, siendo una sorpresa para mí, que había dejado de asistir a sus clases. Fui a buscarlo a su casa y me llevé otra sorpresa: Ya no vivía allí y los nuevos ocupantes no me dieron razón hacia donde se había mudado. Poco tiempo después y de quien menos me imaginé al saber que ya habían terminado sus relaciones y que no creí que ella tuviera información de mi amigo; de Ofelia recibí noticias de Henry. Encontré a mi antigua compañera de tertulias en el vestíbulo de un cine, yo salía y ella entraba acompañada de un joven que me presentó como su amigo, el profesor Matías. Después de los saludos respectivos, la pregunta mutua, surgió:

---¿De Henry no sabes nada? Dejó de asistir a la Universidad y hace muchos años que no sé nada de él…

---Tiene más o menos un año que vino a casa a saludarme, por boca de él, supe que ahora vive en Toluca en la casa de su madre. Estudia en la Autónoma del estado; sé que estaba bien, bueno estaba cuando lo vi, no sé como esté ahora.

---¿No sabes su domicilio o su teléfono? –Rascándose con el dedo meñique la cabeza, ésta un poco inclinada, pensativa, me dijo:

---Humm… sí me lo dio; pero no me acuerdo el número. Lo apunté, no recuerdo donde… lo voy a buscar y cuando lo encuentre te llamo, ¿no has cambiado de teléfono? –No, le contesté,- OK, yo te hablo. –Ya despidiéndome le repetí, pues era la única liga que tenía para reencontrar a Henry:

---Si te llega a hablar o pasa a visitarte, dile que se ponga en contacto conmigo. Bueno –dirigiendo mi mano en señal de despedida hacia su acompañante-, y dándonos un efusivo abrazo con ella, me despedí y me retiré. Unos pasos más adelante, volteé y observé que la relación entre ella y su amigo era muy formal formando una buena pareja y sentí algo de celos, motivados quizá al saber que ya no tenía noviazgo con mi amigo y yo tenía prioridad ante ella. Deseché mis pensamientos y luego por la esclavitud a que me vi sometido para realizar mi tesis, dejé de verla y de pensar en ella. Ofelia salió por completo de mi vida.

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Sus relaciones iban viento en popa. Una vez recibido su título, Ofelia empezó a trabajar en un kinder ubicado por las calles de Coruña, en el mismo plantel donde realizó sus prácticas escolares y luego su servicio social. Por todos los antecedentes que formó como estudiante, fue muy bien recibida tanto por los padres de familia como por el personal docente. Ya muy bien establecida, su flamante novio, Matías, le propuso matrimonio. Ella aceptó. Veía en él una seguridad para su futuro y trabajando ambos como maestros no tendría problemas económicos ya que al igual que sus padres, serían un matrimonio de profesores; pero a su diferencia, ella no procrearía un solo hijo, sino tres o cuatro y les daría una excelente educación. Amaba mucho a los niños. De amor hacia su pretendiente… Matías sólo le gustaba, sentía atracción, seguridad; pero un verdadero amor, no, no lo sentía, no se lo despertaba, dejaría al tiempo, ya casados, su enamoramiento.

Para presentarla ante sus padres, Matías organizó una cena en la casa paterna. Al acudir y tratar con sus futuros suegros, con su gran ángel, cayó muy bien parada ante ellos, recibiéndola con cariño, diciéndoles que hacían una muy buena pareja. Durante el convite hablaron de cosas baladíes y de temas culturales, pasando con excelencia la prueba a la que la sometieron sobre su personalidad y cultura. Al término de la cena, pasaron a la sala y en cuanto tomaron asiento, el padre de Matías, un hombre sesentón, de porte varonil, que en sus juventudes debió ser un galán –de allí la apostura heredada por su hijo-, le preguntó:

---¿Cómo dices que te apellidas? –Pensando que al presentarse no le había escuchado decir su apellido, lo repitió:

---Godinez, señor, me llamo Ofelia Godinez.

---Nos platicas que tu padre es maestro, de casualidad no se llama ¿Adalberto

Godinez?

---Si señor; ése es su nombre y mi madre también es maestra, ¿porqué?

---Por que si es él, sin duda es condiscípulo mío. No nos vemos desde hace muuuuuchos años…Creo que desde que organizó una reunión a la que asistí…

A mí me trasladaron después a otra dirección escolar y no lo volví a ver. Ahora que nos lo presentes, si es él, recordaremos viejos tiempos.

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Los padres de Ofelia, esperaban con unos canapés comprados en una pastelería de prestigio, como cena informal, a sus futuros consuegros. Esa noche asistirían para pedir la mano de Ofelia, en matrimonio. Anticipadamente, ésta había puesto sobre aviso la casual presunción de que ambos padres se conocieran, hecho que muy pronto se dilucidó, al escucharse el timbre exterior y acudir a recibirlos en la puerta de la casa, escuchándose los saludos no esperados como presentación:

---¡Quiúbo Beto Godinez!, no has cambiado nada…

---¡Cómo estás tú, Casanova de petate! –Dándose un fuerte abrazo, afirmaron su antigua amistad y sin protocolos, antes de pasar al comedor, de pies todos, el pedimento se realizó. Se destapó una botella de sidra y los seis, que formarían una nueva familia, brindaron por la felicidad de la pareja y por su futuro enlace.

Pensando los padres de Ofelia que la reunión sólo se circunscribiría al pedimento y luego a consumir lo que tenían preparado y ya; pero dada la personalidad del visitante y a su sugerencia que le invitara una copa de algo fuertecito, Beto Godinez tuvo que destapar una botella de brandy e invitarlo a pasar a su estudio para continuar ambos rememorando sus antiguas vivencias y beber la copa pedida, que no se tomó una el invitado, sino muchas más.

En la sala se quedaron platicando la pareja con sus respectivas madres y cerca de la media noche, se levantó la mamá de Matías para decirle a su esposo que ya era la hora de retirarse y éste ya ebrio le contestó que en unos momentos más se retirarían, que ya pronto terminaría su charla. Estando solos nuevamente, el padre de Matías, con la confianza adquirida por la antigua amistad, le preguntó con un tono de voz que delataba su embriaguez:

---Oye Beto, antes de irme, no me puedo quedar con la duda y tengo que preguntarte algo: ¿Qué pasó con aquella señora, aquella morena, creo que era tu sirvienta o tu ama de llaves?

---¿Por qué lo preguntas? –Intrigado y receloso, le contestó.

---¿Te acuerdas de la pachanga que organizaste en tu casa con motivo de tus veinte años de docente y cuarenta y pico de edad? Aquella reunión que acudió toda la flota de nuestros amigos…

---Si me acuerdo, ¿porqué?

---Te lo confieso en confianza, ahora que ya casi somos de la familia, esperando que no te vayas a encabronar…-Bebió el último trago de su vaso y volviéndose a servir sin ofrecerle a Beto-, todos agarramos la jarra… y yo muy cuete, le eché los perros a tu sirvienta o lo que fuera. Me hice el dormido y me dejaste descansar en el sofá recomendándome que en cuanto me sintiera mejor, saliera de la casa sin necesidad de avisarte. Pues bien, estando todo en silencio y ustedes durmiendo, subí al cuarto de la azotea donde dormía tu sirvienta y le hice el amor. Me acuerdo que tenía unas piernotas morenas o más bien prietas… ¿Y qué crees? Ya no era joven, quizá andaba cerca de los cuarenta; pero… ¡Era señorita!

Asombrado ante lo que escuchaba, Beto no podía articular palabra y continuó escuchando la confesión, que dándole el cariz de ser una aventura, le narraban.

---Llorando me dijo que le iba a contar a tu esposa lo sucedido. Como pude la calmé, prometiéndole que regresaría por la tarde, pues siendo día domingo, su día de salida, la esperaría en el lugar que le indiqué para arreglar nuestra situación y avisarles a ustedes que nos íbamos a casar. Ya tranquilizada, en silencio abandoné la casa sin que ustedes se dieran cuenta del suceso.

---Ese domingo y varios más, nos vimos, conduciéndola a un hotel de paso muy cerca de tu casa, sobre la calzada principal. La mujer estaba muy buena y no me la podía perder por nada del mundo. Ya sabes o te acordarás que siempre fui un buen conquistador y la hice mi amante un tiempo… Luego, me cambiaron de dirección escolar, al estado de Morelos y ya no pude verla. Pasó como contigo, ni siquiera nos pudimos despedir. –Terminó su trago y se sirvió el siguiente, el del estribo dijo, mientras Beto se puso de pie y al querer recriminarle su actitud, fue interrumpido, escuchando al mismo tiempo que le extendían el vaso recién servido para chocarlo, la terminación del relato:

---Por todo aquello que pasó, te pregunto: ¿Qué sucedió con ella? –Tratando de controlarse, esquivó el chocar del vaso y con verdadera molestia le contestó:

---Murió… al dar a luz a su hija. –Guardando unos segundos de silencio, reprimiendo las ganas de abofetearlo, continuó diciéndole:

---No te digo que tienes muy poca madre, porque siempre, desde estudiantes, todos te lo decíamos: ¡No tienes madre! Pero ahora te agradezco lo que me has contado, muy a tiempo, porque la boda entre nuestros hijos, no es posible.

---¡Ofelia… es tu hija!

El casanova se quedó atónito, boquiabierto, ante las palabras de Beto, sin saber que contestar. Éste, unos segundos después al ver que su amigo no le contestaba nada, se dirigió a la puerta del estudio y llamó a su esposa y frente al pasmado narrador, la puso al tanto. La mujer por la sorpresa recibida, no soportó la declaración y perdió el conocimiento. Se desmayó y pesadamente cayó al piso. Beto la levantó y la recostó en el diván del estudio y salió corriendo hacia el botiquín del baño por unas sales para que recobrara el conocimiento. Al escuchar el ruido por el golpe de la caída y ver pasar a su padre apresurado, Ofelia se levantó del sofá donde platicaba con su futura suegra y entró al estudio. Alarmada y sin saber que pasaba, al ver a su madre desfallecida, empezó a atenderla y aplicó las sales que le entregó su padre. El padre de Matías, no dando crédito aún de lo escuchado, salió del estudio y en la sala tomó por el brazo a su esposa y muy nervioso, tanto que hasta la ebriedad se le había cortado, le dijo a su hijo: ---¡Vámonos! –Matías descontrolado, le replicó:

---¿Pero porqué papá? ¿Qué sucede?... Tan sólo déjame despedirme de…

---¡No! He dicho que nos vamos y nos vamos. En casa les contaré que pasó.

En silencio, como la primera vez que estuvo en la casa de Beto, sin despedirse de nadie, el frustrado y posible futuro consuegro abrió la puerta de salida y siguiendo a su esposa e hijo, abandonó a hurtadillas, la casa de la Beto Godinez.

Sentada en su sillón de la sala, repuesta del desmayo, pero continuando el llanto interminable, corriendo las lágrimas por su rostro y el esposo apesadumbrado de pie a su lado que trataba de encontrar las palabras para iniciar su plática y responder a las múltiples preguntas de su hija, escuchaba:

---¿Qué sucedió papá? ¿Por qué se fueron de esta manera? ¿Acaso los corriste o qué te hicieron o que le hicieron a mamá?

---Nada hija, sólo que tu boda no va a ser posible que se realice…

---Pero, ¿por qué?

Y el atribulado padre le platicó los sucesos desde su verdadero origen hasta la revelación del padre de Matías. Callada, al término de la confesión paternal, Ofelia se levantó y mostrando mucha entereza y serenidad, les dijo:

---Miren papacitos, todo queda bien claro y es correcta su decisión, no puedo casarme con Matías. Esto, quizá no me duela tanto… no me caso y tal vez llegue otro hombre a mi vida. Aún soy muy joven y no por este suceso tan desagradable se va a acabar el mundo; pero lo que no soporto es el dolor que me causa conocer mi origen, no, y no porque mi madre haya sido humilde. No. Sino por el hecho de habérmelo ocultado. Yo desde pequeña lo debería haber conocido y les estaría mucho más agradecida de lo que estoy ahora por la vida y educación que me han dado. Nunca seré una ingrata; pero, me siento muy mal, estoy confundida y debo tomar una determinación. Por lo mientras, me voy. Ahora junto lo más indispensable de mis cosas y mañana salgo de la casa; después, mando o vengo por el resto de mi ropa. Quiero estar sola y meditar sobre este trauma tan inesperado… No sé cuanto tiempo esté fuera, quizá regrese, quizá no…Buenas noches papá… Buenas noches mamá. –Ofelia se retiró a su recámara y su padre, abrazando y consolando a su esposa, en silencio, respetaron la decisión de su hija.

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Tres compañeros de la Preparatoria, posiblemente no los más populares pero que todos reconocíamos por su diligencia; organizaron una reunión en un restaurante decorado con el típico folklore mexicano. Convocaban a todos los integrantes de la generación estudiantil a la que yo pertenecía. Acudí y recibí una gran sorpresa: estaba presente mi gran amigo Henry. Efusivamente nos saludamos y procedimos a sentarnos compartiendo la misma mesa.

---¿Qué ha sido de tu vida Henry? Porque de la mía poco ha sucedido. Vivo en la misma casa con mis padres, ya terminé la carrera, trabajo en un bufete con unos ingenieros alemanes, tengo novia y aún no pienso casarme. Eso es todo. ¿Y tu cómo la has llevado?

---Yo, de la patada al principio, ahora ya estoy nivelado después de muchos sinsabores. A la muerte de mi padre, mis hermanos armaron una rebatiña. El mayor se quedó con el negocio, los otros se repartieron las propiedades, a mí nada aduciendo que nunca metí las manos en los negocios por estar estudiando. Sólo dejando una casa en Toluca y un fideicomiso para mi madre. A su lado viví y a su muerte la heredé. Me recibí en la Universidad del estado y estudié una maestría en Ciencias y soy titular de la cátedra de física en la facultad de Ingeniería y en el colegio de bachilleres del estado. Allá vivo tranquilo, en solitario y no, tampoco me he casado… aún no encuentro quien sustituya en mi corazón, el recuerdo de Ofelia.

---¿Y de ella, qué has sabido? –Le pregunté-, porque me la encontré a la salida de un cine, hace tiempo, la vi muy bien, quedó de hablarme y nunca lo hizo.

---Yo la visité hace años…-me contestó. ---Estaba muy empelotada para casarse y no queriendo molestarla o inquietarla, me retiré casi sin platicar, propiamente con el saludo y ya; después… no sé que haya pasado con su vida. No he sabido nada de ella…

El rostro de Henry se entristeció y cabizbajo bebió un sorbo de su vaso. Rápidamente traté de levantarle el ánimo, hablándole y palmoteándole la espalda:

---Mira Henry, lo importante es que nos volvimos a ver… ¡Arriba corazones! No te me achicopales, te prometo que la voy a buscar y en cuanto sepa algo de ella, te lo comunico. ¡Ándale! Por nuestra amistad, brindemos: ¡Salud!

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Investigué en la Dirección de Educación la ubicación de la escuela donde últimamente había trabajado y muy temprano me presenté ante la directora del Kinder. A mis preguntas, muy atenta, me respondió:

---¡UUUUhhh! Hace mucho tiempo que se fue… nos abandonó por problemas personales que tenía. Fuimos muy amigas. Vivió con otra maestra compartiendo un departamento muy cerca de aquí; vaya a verla, seguro le dará razón de ella. Anote la dirección. –Después de agradecerle su atención a mis preguntas, me trasladé de inmediato y pronto me vi tocando la puerta del domicilio indicado:

---Buenos días. ¿Es usted la maestra Juanita? –Afirmando con la cabeza, por la puerta entreabierta colocado el seguro de cadena, me respondió y me permitió continuar con mis preguntas. --- ¿Sabe? Busco a la maestra Ofelia, soy su amigo desde que fuimos estudiantes de secundaria. Ayer estuve en su casa; pero, ya no vive ni ella ni sus padres ni nadie me pudo dar razón de su nuevo domicilio. –Corrió el cerrojo, abrió la puerta y sin invitarme a pasar, bajo el dintel, me platicó:

---¡Ah! Ofelia, la pobre Ofelia… vivimos juntas aquí más de un año… desde que se salió de su casa hasta terminar el siguiente año lectivo. Luego pidió permiso y se fue de viaje a California, a San Francisco específicamente, durante dos años y medio aproximadamente. Regresó cuando la llamé avisándole que su padre había fallecido. Recuperó su plaza, volvió a trabajar con nosotras y a vivir nuevamente a mi lado. A su casa no quiso regresar, quien sabe por qué. Muy discretamente me informó que tenía un novio con el que pensaba casarse, yo no lo conocí; pero esta boda no se efectuó ni me contó las causas de la suspensión. Meses después, falleció su madre. Creo que no pudo vivir en soledad, sin el esposo y la hija, muriendo quizá de tristeza. Fastidiada de su vida, pensando que la mala suerte la perseguía, me dijo que ya nada la ataba a la ciudad. Que vendería su casa y se iría a provincia. Le habían ofrecido trabajo en una escuela particular bilingüe, en Querétaro y aprovechando que ella sabía hablar perfectamente el idioma inglés, no perdería esa oportunidad, a parte de que la paga era muy buena, le permitiría desligarse de todo lo que le rodeaba de mal fario en la cuidad. Preparó todas sus cosas, me regaló sus muebles y los objetos que no se llevaría como regalo de bodas, ya que yo mi iba a casar y ocuparía además, todo el departamento. Al día siguiente de mi enlace, partió, prometiéndome que en cuanto se instalara me proporcionaría su dirección, cosa que nunca hizo… y jamás volví a tener noticias de ella. De seguro sigue viviendo en Querétaro o, quién sabe.

La búsqueda se complicó. A Querétaro únicamente podría ir los fines de semana y en estos días, no trabajan ni la Secretaría ni las escuelas, ¿entonces, cómo buscarla? ¿Le iba a fallar a mi gran amigo Henry? La promesa de localizarla lo más pronto posible como eran mis deseos, no se la cumplí, sino hasta muchos años después y eso de manera circunstancial y sin buscarla, la encontré.

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Durante su residencia en el país vecino, se dedicó a estudiar, a prepararse, cursando una maestría y especialización en el sistema Montesori, y muy poco tiempo a pasear o divertirse. Quería olvidar sus traumas sentimentales, metiéndose de cabeza en el estudio. De amores, nada. Novios, ninguno, ya que los gringos que la cortejaban, pretendían que su relación fuera de amantes, sin compromiso, a los que se negaba rotundamente.

A su regreso a la capital, después de acudir al sepelio de su padre, cuando realizó los trámites para su reincorporación al magisterio, conoció a un funcionario de la Secretaría con el que formalizó un noviazgo, entusiasmándose con el pretendiente, creyendo ver en él, el amor esperado. Al recibir la proposición de matrimonio, no tuvo dudas: aceptó. Juntos, prodigándole mucho cariño a su futuro esposo, realizaron los trámites civiles para casarse el mismo día de la ceremonia religiosa y ya con el vestido habilitado y probado, recibió otra desilusión: El novio era casado. Ante ella se presentó la esposa ofendida, si bien ya no vivían juntos, no estando aún divorciados, tenía cuatro hijos a quien su futuro esposo, debía mantener. Él le había ocultado su verdadero estado civil y ante el nuevo fracaso, se frustró nuevamente, cayendo en una fuerte depresión nerviosa. A la muerte de su madre, vendió la casa heredada y partió a provincia. El trabajo lo necesitaba para alejarse del ambiente de la capital, de la vida que había llevado en ella y de la cual tenía muy malas experiencias personales. No quería seguir viviendo en la ciudad. Quería olvidarse de todo y de todos.

Después de impartir su clase matutina y ya bien establecida en la nueva ciudad, el tiempo libre vespertino lo comenzó a utilizar para asesorar a los grupos de padres de familia cuyos hijos padecían algún tipo de retraso mental, dando conferencias en las escuelas especializadas para este fin, aplicando el sistema educacional del cual había obtenido su maestría en el extranjero. Debido al éxito en su trabajo de orientadora, tuvo que dejar de impartir las clases matutinas en el colegio particular que la contrató, para dedicarse de tiempo completo a esta nueva actividad. Comenzó a recibir invitaciones de los estados del centro de la República y su radio de acción se amplió, recluyendo en sus conferencias, sus asesorías familiares y su orientación a las escuelas especializadas a los niños con deficiencias, toda su energía. Por lo cual, Ofelia veía pasar su vida sin ningún otro aliento que la dedicación cien por ciento a su trabajo.

Su carácter sufrió un gran cambio. Un giro muy notable. Ahora muy seria, quizá triste, quizá melancólica, viviendo sola en un pequeño departamento de su propiedad, en un fraccionamiento de alto nivel económico de Querétaro, el cual ocupaba regularmente los fines de semana, ya que entre días hábiles dormía en los hoteles de las poblaciones a las cuales era invitada para impartir su conocimiento.

Sus relaciones amorosas tenían el mismo final. Todas las peticiones que recibía para comer, cenar en los bares o bailar en los que tenían pista para ello, por parte de sus amistades del trabajo y escuela, abundaban; pero las intenciones de los acompañantes eran las mismas: divertirse sin compromiso, sin formalizar algún noviazgo o promesa de matrimonio, bajo cuyo principio había sido educada. Y nunca aceptó ninguna proposición. Quizá por esto su vida se convirtió en un verdadero enclaustramiento, tornándose en un alma solitaria, carente de amor y compañía.

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---Arquitecto, necesito su cooperación, es para causas benéficas. Sabe usted que soy la presidenta de un patronato alemán para ayuda a los niños débiles mentales y esta semana es la de recolecta a nivel nacional. Espero su apoyo y la presencia de usted y su esposa, para que nos acompañen a la serie de conferencias que se celebrarán en el auditorio de Centro Médico. Aquí tiene el programa. No me vaya usted a salir con el pretexto para no ir, que en su familia no tienen algún niño padeciendo esta enfermedad; pero, “Conocer para ayudar” es nuestro lema y es muy buen lema. Los espero sin falta. –La esposa del ingeniero Coleman, también de ascendencia alemana, mi jefe en la compañía en que trabajaba, nos pasaba la charola para su patronato y era imposible no asistir. Luego de entrarle con mi cooperación y la confirmación de nuestra asistencia, la señora continuó su colecta entre los demás ejecutivos de la compañía. Al salir del trabajo y llegar a casa, tuve que enfrentar a mi esposa para convencerla de que asistiera ella sola:

---Vas a tener que ir tú sola. Yo no tengo ningún pito que tocar en esas reuniones. Además, tengo compromiso de trabajo, tengo cita con un ingeniero de la contraloría para revisión de una estimación. Por favor… a ver que pretexto inventas para excusarme, siempre y cuando te vea la alemana, sino, ni le muevas. Voy por ti al término de la sesión y te espero en la salida del auditorio, luego, por tu apoyo, te invito a cenar, ¿Sí? No le puedo fallar a la alemana.

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---¡Qué bárbaro! Te perdiste de una conferencia magistral. ¡Qué conferencista tan agradable, tan docta! Esa señora se las sabe de todas, todas. Al término de su exposición, no me quedó otra que ir a felicitarla personalmente y le pedí su tarjeta, quizá recuerdes que los compadres de mi hermana tienen un bebé enfermito y se las voy a recomendar para que la consulten. ¡Mírala! Aquí esta su nombre. –Manejando rumbo al restaurante escuchaba a mi esposa platicar con verdadera efusividad los resultados de la conferencia y al extender la tarjeta frente a mí vista, obstruyendo la visibilidad, moviendo la cabeza hacia el lado contrario le respondí sin ver la tarjeta de visita:

---No, guárdala tú, aparte de que ahora no la puedo leer, yo no la necesito.

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Pocos días pasaron cuando descansando en casa, leyendo un libro de ciencia ficción, escuché a mi esposa hablando por teléfono. Había concertado una cita con la conferencista en la casa de mi cuñada y, ni hablar, ese día, saliendo de mi trabajo, tendría que pasar por ella. Molesto por acudir a ese tipo de reuniones, acepté ir; pero eso sí, hasta que finalizara la consulta y con la condición de que yo no participaría en nada. Llegado el día, me presenté como a las ocho de la noche, pensando que la reunión ya había terminado.

---Buenas noches. –Saludé a mi cuñada que salió a recibirme.

---Buenas, pásale, aún no termina, están en la sala.

---No, voy a la cocina. ¿Me preparas una torta o me la preparo yo?

---Prepáratela tú, en el refri hay de todo, yo estoy entrada en la consulta.

Justo al terminar la sesión, terminé mi torta. Me llamaron para presentármela, pues ya se despedía. Me lavé las manos y enjuagué mi boca para que se me quitara el olor a la cebolla y me limpié los labios. Salí por la puerta de la cocina directo al comedor y de pie, al centro de la sala se encontraba una mujer que me pareció conocida y solté una pregunta:

---¿Ofelia? –Pasmado, inquirí:

--- ¿ Del Valle? ¿A poco eres tú? –Incrédula respondió.

---¡Sí, soy yo! Pero te veo y no lo creo…

---Pues abre bien los ojos, soy la misma que viste y calza… -Ambos, entendiendo los brazos, nos saludamos y sellamos con un respectivo y largo abrazo nuestro inusitado encuentro. Al separarnos, la interrogué:

---Pero, ¿cómo es que has llegado a esta profesión?, siempre pensé que continuarías con la docencia…No te vayas aún, siéntate, vamos a platicar un poco. –Antes de continuar, les comentamos a nuestros asombrados testigos, que callados y con los ojos abiertos veían las muestras de afecto que nos prodigábamos por la antigua amistad que nos unía y, en lugar de ser el presentado, yo fui el presentador, sobre todo a mi esposa que todavía no digería nuestra amistad.

En breve charla nos relatamos algo de nuestras vidas sintiéndonos remontados a nuestros años de adolescentes y muy poco de nuestro estado actual, pero suficiente para estar pasándola bien. Ella, muy animada y quizá por primera vez quien sabe desde cuando, dejando el carácter adusto que la enmarcaba, volvía a ser la misma simpática muchacha que conocí; yo, feliz de haberla encontrado nuevamente. Luego y a mi parecer, se tardó mucho en hacerme una pregunta que esperé desde un principio:

---¿y de Enrique o Henry, como tu le dices, sabes algo o lo has visto?

---Sí, tengo contacto con él, muy poco, pero nos vemos.

---¿Y cómo está después de tantos años?

---Bien. Se conserva saludable y muy estable económicamente. Es catedrático de física en la Autónoma del Estado. Él te quiso y tal vez te siga queriendo, no se ha casado… ¿A poco quieres verlo?

---Ni yo tampoco, sigo soltera… aunque lo dudes según veo la expresión de tu cara. No me he casado tampoco, aunque han llegado varios príncipes azules, éstos se convirtieron en ogros, antes de formalizar nuestra relación.

---¡Cómo no voy a dudarlo! Si de amores nada me has contado, tan guapa e inteligente que eres, si no te has casado es que ya no hay o ya no te gustan los hombres. –Riéndonos, me contestó:

---¡No hombre, cómo crees! Lo que pasó es que he tenido mala suerte con ellos; pero volviendo a mi pregunta, de verdad, quiero verlo si es posible.

---Te doy el número de su teléfono –sacando de mi pantalón la cartera y buscando en el directorio su nombre, le dije-: Apúntalo.

---No, de esa forma no quiero verlo, quiero algo diferente, algo casual, que no sea yo ni él, de quien parta la iniciativa para reunirnos.

---¡Ah! Entonces quieres que yo le haga al cupido o a tu alka-seltzer, ¿no es así mi querida Ofelia?

---¡Ándale! Entonces para que son los amigos, tú tienes mucha imaginación, muchas ideas, a ver que se te ocurre…

Platicamos un poco más ahora con toda la familia, pasando al comedor para cenar los platillos que mientras charlábamos, las esposas rápidamente prepararon. Finalmente, antes de salir, escuchó mi propuesta aceptándola de muy buen agrado considerándola muy buena, dejando únicamente pendiente, la fecha. A su salida, todos los presentes hablaron maravillas sobre Ofelia y sobre la gran relación de amistad que nos unía.

El fin de semana fui a dar una vuelta por el mercado de la Lagunilla, a los puestos de mercancía usada o vieja y a la Villa de Guadalupe, para preparar el terreno, pues la fecha ideal se acercaba.

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---Oye Henry, el próximo domingo es la fecha en que cuando niño, mi padre y mi abuelo me llevaban a la Villa de Guadalupe y será también la primera vez que llevaré a mi hijo, para continuar con la tradición. Te recuerdo que además se cumplen veinte años de aquella vez que saliendo de la Prepa, fuimos caminando a pedirle a la Virgen, nos fuera bien los exámenes que se acercaban…Sí, ya veinte años…sí, salimos de la Prepa…si, sí, claro… nos veríamos en el mismo lugar… sí, en la cafetería, sobre la calzada… ¿Te parece a las doce del día?... Correcto, negra si me fallas… Allá nos vemos… Adiós mi cuate… –Colgué el teléfono y me quedé pensando que desde el día de la comida anual de la generación, la celebrada este año, no había vuelto a reunirme con mi amigo; pero por el hilo telefónico consecutivamente nos comunicábamos y estaba seguro que no me fallaría.

Levanté nuevamente el auricular y marqué otro número… ¿Si? Soy yo… el próximo domingo a las doce y media… puntualmente…¿Recuerdas dónde o te lo explico?... Sí, allí mismo… Hasta luego… Sí… Adiós…

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El domingo llegó y como casi cuarenta años atrás, se repetían los hechos. Recuerdo que mi abuelo llevó a mi padre, no sé si seguidamente como lo acostumbraron conmigo. Existe una foto de mi padre vistiendo un ropón junto con mi abuelo y como fondo la cúpula de la basílica. Así como me tocó a mí, ahora el turno era de mi hijo. Mi esposa lo arreglaba vistiéndolo con un trajecito nuevo y demás atuendos infantiles. Estando listos y desayunados, salimos temprano con rumbo a la Villa, asiendo con una mano, la manita de mi hijo y con la otra, en lugar de mi portafolio habitual, llevaba el morral con las vituallas y la ropa de cambio necesaria para mi hijo.

Al llegar y cruzar la gran plaza, me paré frente a la iglesia, la antigua, a la que me llevaban mi padre y mi abuelo, a la Basílica, la cual actualmente se encontraba cerrada por reparaciones estructurales para evitar su destrucción. Volteando luego hacia la izquierda para admirar la construcción del nuevo templo, el cual no conocía. Como edificio me pareció muy estético, armonioso en su trazo, pero quitándole las cruces existentes en la fachada, la iglesia perdía su carácter espiritual que debe animar a un centro religioso, convirtiéndose para mí en una alta carpa circense y no en el templo más importante para nuestras católicas creencias.

Penetré, y su interior sí es muy majestuoso, respirándose un ambiente místico, que invita a orar, a sentirse con tranquilidad consigo mismo, bajo el amparo de la Virgen… pero, ¡Oh! Desilusión; no hay capilla para la advocación del Sagrado Corazón, como en la anterior basílica, considerándose como un templo Mariano exclusivamente… Giré la vista en todo el interior y me di cuenta de lo mejor: no hay figuras de pie o en sarcófagos, espantosas, como aquellas que en aquel tiempo me daban pánico.

Después de participar en la misa y recibir la bendición sacerdotal, cruzamos toda el área interior y llegamos a la rampa del fondo donde circulamos por una rampa sin fin bajo la imagen de nuestra Señora. Le presenté a mi hijo pidiéndole que todas sus bendiciones lo acompañaran durante la larga vida que suplicaba, le concediera. Rezamos juntos, él repitiendo en su media lengua las frases que le indicaba. Encendí una veladora y después de persignarnos, salimos de la iglesia. No subimos al cerrito, sino que nos dirigimos directamente al mercado; mi hijo tenía hambre y sed y no quiso esperarse hasta llegar al restaurante, satisfaciendo sus deseos con las famosas gorditas y un jugo de zanahoria. Luego nos dirigimos directamente al sitio donde tenía una cita concertada con anterioridad.

De pie, frente a la cafetería, en la orilla de la acera, ya me esperaba mi amigo:

---¡Hola!, llegaste antes…

---Sí, sólo unos minutos nada más… mientras, estuve observando tanto peregrino, tantos fieles, con tanto fervor, es increíble como adoramos y respetamos a la Virgen… Bueno, -bajando la vista hacia mi hijo, lo cargó, diciéndome-: ¡Que grandote está! Se parece mucho a ti.

---¡Oye! No lo insultes, que te ha hecho para que lo compares así. –Riendo ambos, entramos al local.

Henry pidió de desayunar, ya que por salir de Toluca rápidamente no lo había hecho; yo, un refresco sin gas para mi hijo y café para mí. Y entre mordiscos a su guisado y sorbos de café, platicando, el tema derivó sobre la desaparecida Ofelia, pidiéndome que le repitiera mis pesquisas por Querétaro.

---Ahora sí, con calma, platícame como estuvo lo de Querétaro. La buscaste, pero, no diste con ella, ¿no fue así?

---Si la busqué, le seguí los pasos por las escuelas que estuvo, pero se esfumó. Sólo sé que vive sola, sin amigos ni parientes y así es muy difícil que alguien te de razón de su paradero. –Henry se quedó pensativo unos momentos y después me espetó:

---Sabes, no me lo vas a creer, pero la he soñado… y en mis sueños me veo que nos estamos casando. Vas a pensar que estoy loco ya que después de tantos años, quien sabe que le habrá pasado.

---No Henry, porqué voy a pensarlo. Muchas veces los sueños se vuelven realidad; los sueños son una especie de premonición… -Me iba a contestar cuando una persona entró a la cafetería y se dirigió directa a la rockola; sacó una moneda y la introdujo al aparato, marcando una melodía. Henry, sentado de espaldas a la sinfonola no la vio e interrumpí lo que trataba de decirme, hablándole en voz baja, casi a su oído:

---Voltea despacio… frente a la rockola, esta una mujer que de espaldas le da un aire a Ofelia, si no es ella, se le parece mucho… Obsérvala y confirma si tengo razón, o sólo lo imagino…

Torció el cuello, miró a la persona y de un brinco se puso de pie. Caminó hacia ella y cuando en la sinfonola empezó a escucharse el ritmo de “Confidente de Secundaria”, la mujer dio la vuelta quedando frente a frente. Se miraron unos segundos y sin hablar se fundieron en un largo y cálido abrazo, besándose todo el tiempo que duró la melodía. Mientras, pedí y pagué la cuenta. No tenía caso que nos sentáramos a platicar, era mejor dejarlos solos.

Salimos de la cafetería, yo llevaría a mi hijo para que se deleitara con la enorme copa de nieve en el mismo lugar donde mi padre me llevó a mí, para iniciar una tradición que quizá mi hijo la continuara, él también con sus hijos, y ellos, mis amigos de la adolescencia, se despidieron de mí y tomados de las manos, sin dejar de verse a los ojos, caminaron rumbo a la Basílica, lugar donde reanudarían las promesas de su juventud, de la época de estudiantes y que sus propias vidas impidieron hacerlas realidad en aquellos tiempos. Promesas del amor que siempre les fue negado y del cual ambos estaban muy necesitados. Y allí en el templo nuevo, bajo el ambiente de religiosidad imperante, de rodillas, tomándose las manos y alzando la vista hacia la Virgen Morena, bajo su custodia, se jurarían un amor eterno…

MAX VILLAREAL

Julio de 1999.