Por Max Villareal
Con todo cariño a la compañera de toda mi vida: CHAVITA.
Rinrinea el teléfono sobre mi escritorio y levanto el auricular a la segunda timbrada. Me llama mi secretaria recordándome la cita a la cual debo acudir hoy mismo. Consulto mi reloj, le doy las gracias y las instrucciones para sus ocupaciones que deberá realizar el resto del día, así como que cancele cualquier cita en la que soliciten mi presencia por la tarde. No sé la hora en que me desocupe. Veo nuevamente mi reloj y le doy el último sorbo de café ya frío que contiene la taza; una taza especial que tiene impreso el rostro de mi nieta que me regaló ella, la última vez que nos visitó. Salgo de la oficina, abordo mi auto, inicio la marcha y estoy listo para la lucha cotidiana en el campo de asfalto, que contendré contra los choferes de taxis, microbuses, combis y demás fauna choferil que maneja el transporte público de la ciudad.
Circulo por la avenida Insurgentes norte, llego a la esquina que aún domina pero que dentro de poco dejará de hacerlo. Doy vuelta a la derecha en Buenavista y observo la terminal de los ferrocarriles. Disminuyo la marcha para dejar pasar a unos peatones que cruzan la calle para posiblemente ir a la estación y, de pronto… alcanzo a ver la figura de una persona vestida toda de blanco que me parece conocida…va sobre la explanada de acceso y penetra a la terminal. Instintivamente me detengo y busco donde estacionarme…veo un cajón en el área del estacionamiento del edificio, doy vuelta en "u", entro y ocupo el lugar. Me bajo y corriendo llego al acceso de la estación por la entrada de los pasajeros morosos, directamente al vestíbulo del andén. Recorro con la mirada y con mucha ansiedad toda la zona y por fin, frente a una taquilla la veo; está vestida con su túnica. Toma un pequeño veliz, sale con su boleto en la mano y se dirige a las escalinatas que conducen al andén de abordaje. La alcanzo, toco su hombro y le digo:
--Perdone señora, ¿me recuerda?, -sobresaltada se detiene y voltea.
--Dígame, ¿qué se le ofrece?, -me responde mostrando extrañeza. Pero… ¡OH! Desilusión…No es ella. No tiene brillo su dentadura. Es muy parecida; pero no es ella.
--¡Discúlpeme! Me equivoqué. La persona que creía era usted, es muy parecida a su físico, por eso me confundí. Perdón. –Sin contestarme, muy molesta, hace un mohín y continúa su camino.
Yo, la sigo con la vista subir, entrar en los andenes y todas las preguntas que pensaba hacerle, se me agolpan en la mente: La continuación de su videncia, la realidad de los hechos… Decepcionado, regreso, me detengo en el vestíbulo de espera de la estación y siento lo frío del edificio nuevo.
En la antigua estación de Buenavista estaba construido el vestíbulo de espera con una estructura de acero y grandes ventanales del estilo gótico o para no equivocarme de estilo, una estructura muy parecida a la que tiene el museo del Chopo. Vestíbulo muy alto y majestuoso, creando un hermoso interior que daba una sensación de tranquilidad estar bajo su cubierta, evitando la ansiedad de los pasajeros en espera de su salida o la tristeza de sus familiares por el alejamiento del pariente o amigo que viajaba, o tal vez para impedir el desasosiego sufrido por la espera de los que arribarían. Y me llega en ese momento el recuerdo de un viaje que realicé hace muchos años, un sábado, no recuerdo bien de que mes del principio de los años sesenta y que fue trascendental para mi vida.
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Muy temprano compré mi boleto haciendo hincapié que para llegar a la estación, tuve que levantarme antes de las seis de la mañana; hora impropia para mí. Acostarme a esa hora era normal, pero levantarme, fue una odisea. El tren partía alas 7.25 horas de la madrugada –según yo,- lo cual aconteció con puntualidad inglesa. Mi destino: la población de Maravillas, enclavada en el rincón más occidental del estado de Hidalgo, en el municipio de Nopala.
El nombre de Nopala no me era extraño; nombre que me remite a mi infancia –cinco años de edad-, cuando escuchaba al hermano de mi abuelo, un hombre de gran vigor, que lo invitaba a una cacería de patos en la presa de Nopala. Pero mi abuelo, más que aventuras de cacerías de patos, prefería las aventuras de muchachas. Era un gran enamorado y gran conquistador. Le recuerdo su forma fácil de entablar conversación y solicitarle sus favores a cualquier mujer y la mayoría de veces, en aquellos remotos tiempos, con éxito.
El nombre de Maravillas, también me traía recuerdos nada gratos, pues lo relacionaba con una colonia del mismo nombre ubicada allá muy atrás del aeropuerto de la ciudad. Conocí la colonia cuando fui a buscar aun amigo que trabajaba como chef en una cantina de la calle de Guerrero, y quedé impresionado por la pobreza rayana en la miseria de sus casuchas ubicadas en calles de terracería, sin urbanización y sin servicios, en que moraban la mayor parte de sus habitantes, mejor dicho, de sus supervivientes, entre basura, suciedad y perros canijos y hambrientos.
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No fue este mi primer viaje en tren. De adolescente, acompañé a mi padre en un viaje al puerto de Veracruz en periodo de vacaciones, pero este viaje fue nocturno. Salimos entrada la noche y llegamos al amanecer, por eso, no disfruté ni admiré nada del viaje, sólo recuerdo que pasé una muy mala noche a bordo del pullman en que viajamos. El regreso, luego de muchas peripecias dado que le robaron a mi padre, el dinero y los pasajes del tren, lo realizamos en autobús.
Mi segundo viaje en ferrocarril, éste a Maravillas… muchos años después; aunque en los mismos destartalados vagones, la misma chatarra de máquinas, el mismo descuido y suciedad en el interior y de los sanitarios, mejor ni hablamos. Mi boleto amparaba el servicio de primera, un solo vagón, en el cual viajábamos solo tres personas y yo, todos sentados aisladamente. Antes de ocupar un lugar, me asomé por la puerta de comunicación al vagón que prestaba el servicio de segunda. Éste sí atiborrado de pasajeros, sentados en unas bancas formadas con listones de madera, calados, con respaldos verticales que consideré incomodísimos. En el espacio formado por los respaldos, ya que las bancas estaban colocadas encontradas entre sí, colocaban bultos con ropa, costales de maíz, de frijol o de otras semillas. En el pasillo, gente de pie, gente sentada, niños acostados; en fin, que era imposible circular por él por cualquier persona, menos para el auditor del tren que revisaba los boletos, el cual, con gran experiencia cruzaba pies, saltaba niños, resbalaba el cuerpo, caminando con gran soltura como si fuera pez en el agua, lo cual era verdaderamente plausible.
Me fui a sentar en el lugar que se me ocurrió, al caminar observé que una mujer vestida de blanco, sentada al fondo del vagón y de espalda a mí, también había abordado el tren. El auditor pasó, revisó mi boleto y le comenté la desigualdad entre ambos servicios, pero sólo masculló algo entre dientes y siguió su camino.
Al salir el convoy de la estación y luego de cruzar el puente de Nonoalco, el tren circuló por una estrecha calle hacinada totalmente por miserables habitantes en unos cuartos levantados con puros desperdicios de madera, lámina y pedazos de asbesto que dejaban escasamente el paso del convoy férreo. Una ciudad perdida, la corte de los milagros, los mexicanos olvidados por todos viviendo en completa promiscuidad. Me impresionó. Nunca imaginé que hubiera gente con ese nivel de vida en nuestra ciudad. Lo veía y no lo creía.
Me arremoliné en mi asiento tratando de dormir, ya que para mí aún era muy temprano. Subí el cuello de mi chamarra, cerré los ojos y dormité… Un rumor que fue transformándose en ruido y luego en un coro de voces alegres y vocingleras, me despertó. No sé en que estación estábamos, pero un nutrido grupo de mujeres de todas las edades, desde niñas hasta ancianas, inundó con sus ofertas el recinto del vagón. Vendedoras de comida, guisados, toda clase de antojitos y bebidas calientes y sin faltar el pulque servido en jarros de barro de un litro. Desayuné una orden de tacos de pollo y con un jarro de atole me baje lo enchilado por la salsa de los tacos, un pan de dulce con más atole ahora champurrado, y listo… Arrancó el tren, volví a cerrar mis ojos para conciliar nuevamente el dormir… Pero una voz que me sobresaltó, hizo que despertara y abriera los ojos:
--¿Está ocupado el lugar?, -antes de poder contestar escuché otra pregunta-: --¿Puedo sentarme a su lado, joven?, -lo que me pareció risible ya que todos el vagón iba vacío con excepción de las otras tres personas. Levanté la vista y la reconocí: era la señora que iba al fondo del vagón.
--¡Claro que si señora! Puede sentarse, el lugar va desocupado.
--Es que no me gusta viajar sin platicar. Se me hace muy aburrido el ir callada. Prefiero charlar con algún pasajero siempre que viajo… ¿No le molesto?
En ese momento la observé: Estaba enfundada con un vestido blanco, como túnica, cubriéndole hasta media pantorrilla, dejando al descubierto unas chanclas de medio uso negras o grises, no determiné su color, y unas medias de popotillo que bien la resguardaron del frío de la madrugada; una túnica cuyas mangas cortas permitían ver la mitad de su antebrazo y las muñecas de ambas extremidades portando una multitud de pulseras y semanarios. Las manos regordetas pero con unos dedos ágiles y fuertes, los cuales sentí al extenderlos para saludarme. Me deseó buenos días sin darme su nombre. Yo contesté el saludo al chocar nuestras manos y arrimándome hacia la ventanilla, la cual en forma de guillotina se operaba, la cerré y con una señal de mi mano, mostrando el espacio desocupado de la banca, la invité a sentarse.
--¿Va usted hasta Torreón?, si es así, me alegro porque tendremos mucho tiempo para platicar.
--No señora, no voy tan lejos. Es más, desconozco cual es el destino final de este tren, sólo me dijeron que tomara el tren número 9 y me bajara en la estación de Maravillas. Ése es mi destino. Es la primera vez que voy y me esperan cuando baje del tren.
--Quién lo espera, su novia o… su esposa? -Me dio tiempo para que afirmara cualquier opción de la dualidad de su pregunta; pero antes de contestarle recorrí con mi vista su cara: ojos café oscuro con unas profundas ojeras, labios gruesos, nariz achatada y cejas pobladas con signos de depilación. Me pareció oriunda de Oaxaca. El pelo negro y largo trenzado intercalando estambres de colores y rematado en un chongo por la parte posterior de la cabeza. Pendiendo de sus orejas unos grandes aretes de oro de bajo quilate como los que se venden y usan las mujeres de esa región. El cuello adornado con muchos collares que cubrían la parte que dejaba al descubierto el escote de su túnica; collares que después vi con detenimiento: cruces y figuras de misticismo colgando de ellos. Luego contesté:
--Mi novia. Voy a conocer a su familia, me va a presentar a sus padres. –Antes de darme cuenta, con sus dedos ágiles tomó mi mano izquierda, doblando mis dedos formando un puño y la observó lateralmente, enseguida extendió mis dedos y volteando mi mano con la palma hacia arriba, tocando con los dedos de su otra mano las marcas de mi palma, exclamó:
--¡Se va a casar con ella y le dará tres hijos! –Retiré bruscamente mi mano, reclamándole:
--¡Señora, yo no le pedí que adivinara mi futuro ni tenía usted autorización para hacerlo! Además no creo en la quiromancia, porque quienes la practican son puros charlatanes.
--¡No soy adivina, soy una médium! Tengo facultades para percibir sensaciones personales. Tomando una mano, sus vibraciones me permiten ver su presente, su pasado y su futuro, me rebelan su carácter, sus virtudes y sus trastornos. Si me lo permitiera puedo decirle algo sobre su futuro…
--¡No me interesa en absoluto saber sobre mi futuro! No creo en las facultades que dice poseer usted y otra gente que conozco. Para mí sólo son gente que se aprovecha de la ignorancia del pueblo. Le repito, para mí son puros charlatanes… Solo me falta que diga que tiene premoniciones, que cree en los OVNIS y ha platicado con los extraterrestres. –Terminé mi reclamo, soltando una ligera sonrisa, sonrisa que desapareció de inmediato cuando fijó sus ojos en los míos. Las oscuras ojeras le dieron una profundidad a su mirada, que sentí algo de temor. Tratando de suavizar mi opinión y bajara la dureza que noté en sus ojos, justifiqué mis palabras:
--¡Discúlpeme usted! No se moleste por lo que dije ni trato de ofenderla con mis palabras, sólo digo lo que pienso y creo sobre los adivinos.
--Me extraña lo que usted contesta. Usted sí cree, usted tiene conocimientos esotéricos, usted si sabe sobre lo que son las premoniciones, usted ha leído sobre estos temas. Me bastó una sola ojeada a su mano para poder afirmar lo que digo. –Expresó su respuesta a mi disculpa recalcando sus palabras y volviendo a fijar su mirada sobre la mía. Esquivé sus ojos tratando de fijar mi vista en el paisaje desolado, árido, del campo que en esos momentos se retrataba en la ventanilla del vagón y armándome de valor le contesté:
--Mire señora, la verdad no me interesa platicar sobre este tema con usted, si quiere que continuemos charlando, vamos a cambiar de tema, por ejemplo: ¿de dónde es usted, o mejor dicho, ¿en que pueblo de cual estado de
--¿Dónde nací? Hace tanto tiempo que fue y no he regresado al lugar, que ya no me acuerdo. No tengo ningún recuerdo ni nada que me atara al lugar, que jamás he regresado. –Hizo una pausa que consideré estaba recordando-. Desde muy chica he viajado por todas partes sin tener un rumbo fijo, como ahora. Llevo boleto pagado hasta San Juan del Río y según tenga una visualización presente al momento de llegar, me puedo bajar, quedarme unos días o puedo renovar mi boleto a bordo y seguir adelante en este tren, quién sabe hasta donde me baje.
--Usted no es una gitana. –Le cuestioné-, Su físico no lo aparenta, aunque por sus facultades que dice poseer y su nomadismo, si lo parece…
--No, no soy una gitana –riendo levemente-, No soy embaucadora ni ladrona como algunas mujeres de esas tribus. Lo que puedo realizar es verdad. La verdad es que no me gusta estar refundida en el sofá de alguna casa esperando clientes. Yo salgo, recorro ciudades, no visito pueblos pequeños por la ignorancia de la gente que confunden mis facultades nombrándome con el adjetivo de ¡Bruja! Y yo no lo soy. El poder que tengo, llámese percepción extrasensorial o premoniciones, es real. –Se quedó en silencio unos momentos para terminar diciéndome-: ¡Yo soy una profesional!
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Permanecimos en silencio; ella esperando mi respuesta o quizá imaginando como reaccionaría ante sus palabras. Yo tratando de coordinar mis ideas para poder contestarle. Unos minutos más, ella rompió el mutismo preguntándome algo totalmente fuera del contexto anterior:
--¿Pero Maravillas queda antes o después de San Juan Del Río?
--Mucho antes. Según me informaron está en el kilómetro 125 de esta vía. Me parece que vamos en el 60, así que si llevamos casi dos horas de viaje, si no hay retrasos, estaremos en otras dos horas más, a lo máximo, llegando a mi destino.
Ya no me contestó. Se quedó callada con los ojos cerrados. Pensé que se había quedado dormida, que mis palabras finales sobre que cambiáramos de tema no le interesaban o le aburrieron y finalmente me había ignorado. Esto me hizo observar nuevamente su rostro moreno claro sin poder determinar su edad. Representaba cuarenta o cincuenta años…o más. No podría afirmarlo. Entonces, creí que sería necesario nuevamente dormir un poco más para reponerme de la desvelada; pero no lo logré, escuché que la señora murmuraba algo y me llamó la atención volviendo a fijarme en ella: Parecía que dormitaba, sin embargo, manteniendo sus ojos cerrados, bajo sus párpados se notaba que se agitaban y movían alteradamente sus ojos, sus labios temblaban y empezó a sudar. Yo me mantuve al margen respetando su estado, sin dejar de observarla… De repente, unos minutos más, diez como máximo, comenzó a balbucear en voz muy baja:
--Maravillas… Maravillas…no lo conozco, nunca he estado allí…pero veo algo…-Recostó el cuerpo hacia atrás y aún estando dormida, la cabeza la meneaba lentamente hacia los lados y luego hacia el frente y después hacia atrás. Repitió estos movimientos varias veces y una vez que permaneció quieta, empezó a murmurar:
--Maravillas…Veo un cerro no muy alto, tiene dos cimas, una más alta que la otra, magueyes, arriba hay un altar en ruinas y restos de pertenencias indias… Hay una cueva muy grande, cabe gente a caballo… -No esperé más, me levanté del asiento pidiéndole permiso para pasar, diciendo que me encaminaba al sanitario porque quizá el atole del desayuno me había hecho daño, pero dirigiéndole la palabra sin verle la cara. No me dejó pasar extendiendo su mano impidiendo mi paso y diciendo:
--Espere, no se vaya, tengo una visión muy clara y lo necesito porque el magnetismo que de usted se desprende y lo siento, me ayuda a visualizar más…-No le hice caso, puse un pie en el asiento de enfrente y brinqué sus piernas. Pasé y fui directo al sanitario, entré y por el estado tan sucio en que se encontraban me dieron nauseas y estuve a punto de arrojar todo mi desayuno; por lo que tapándome la nariz, sólo oriné y salí de inmediato y en lugar de entrar al área de los asientos, me acerqué a la puerta cerrada del vagón y por su ventanilla pude observar el paisaje, lo cual me había puesto como objetivo y punto primordial mientras transcurriera mi viaje en el tren, ver la campiña mexicana, lo cual no se había realizado al quedarme jetón en la primera parte del viaje.
Lentamente miré los campos hasta donde me alcanzaba la vista, sitio en el cual nuestros campesinos a base de sudor y sangre le hacían cosquillas a la tierra, tierra tan delgada sobre un suelo tepetatoso que los surcos parecían canillas de perra flaca. La escasa o nula lluvia y la falta de obras de irrigación, convertían sus maizales en puros chilares, ya que las matas de
Regresé al interior del vagón, analizando que mi acción de levantarme sólo había sido un pretexto para no seguir escuchando a la supuesta vidente, lo cual como pensé en seguida se habría solucionado cambiando de lugar. En fin, buscaría otro lugar apartado de la señora de blanco; pero esto no se pudo llevar a cabo, ya que ella me estaba esperando de pie y ahora frente a mí obstruyendo con su cuerpo el pasillo, esbozando una sonrisa que me mostraba toda su dentadura, ligeramente separados sus incisivos superiores, en uno de los cuales tenía incrustado un brillante muy llamativo. Luego, se hizo a un lado para darme paso a mi asiento inicial y no pude rechazar su invitación para continuar a su lado. Desganadamente me senté subiendo ambos pies en el asiento de enfrente. Ella, aún de pie, sin dejar de sonreír y mirándome fijamente, empezó a hablar pausadamente, como si me estuviera contando un cuento:
--Tuve una visión muy clara de un suceso que se desarrolló en el cerro que está en la población hacia donde va usted, en Maravillas precisamente. La revelación fue muy fuerte, pero conforme se retiró usted, la visión se fue haciendo débil…Esto pasó hace muchos años, en el siglo pasado…-Guardó silencio unos segundos, luego tomó asiento, se relajó y continuó hablando muy lentamente-: --Vi una cueva grande en cuyo interior se encontraban cinco hombres, dos en cuclillas en torno a una fogata y los otros tres sentados y recargados en la pared de la cueva… Vi llegando un jinete vestido como chinaco con ropa color negro. Desmontó a la entrada de la cueva y de las ancas del caballo bajó un cofre de madera y cargándolo penetra al interior llegando hasta la fogata, saludando a los hombres. Las cinco personas se levantan, ríen, se acercan al jinete jugándose bromas entre sí y el momento que el jinete deja el cofre en el suelo y se acuclilla ante él, los hombres lo rodean. Al momento de abrir el cofre un grito de asombro brota de las gargantas: está lleno de monedas de oro. Empezó a repartirlas equitativamente entre todos y al terminar se levanta, da el lugar donde se reunirán la próxima vez , carga el cofre con su parte de las monedas y se despide. Encamina sus pasos hacia la salida, gira rápidamente, saca su pistola y accionándola, descarga los tiros sobre los hombres matándolos a todos. Regresa al interior y de los morrales de sus compinches recoge el oro que había repartido y vuelve a llenar el cofre. Tranquilo sale a la entrada de la cueva, de las alforjas del caballo saca un petardo de dinamita, entra, carga el cofre y acerca la mecha del petardo al cigarro que pende de sus labios y lo enciende y al intentar arrojarlo al centro de la cueva, se incorpora uno de los hombres empuñando su pistola y dispara hacia el chinaco perforándole el pecho, matándolo de inmediato. El petardo cae, explota, la cueva desaparece, queda tapada, enterrando a todos los hombres… y al oro. Mi visión se fue desvaneciendo, usted se levantó, perdí concentración y perdí el contacto. –Se calló, dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo y extendió sus piernas, como si estuviera muy cansada y agotada por la revelación narrada. Saco un pañuelo de una manga y secó el sudor de su cara, volviéndola hacia mí para mirarme y esperar respuesta.
--Hermosa leyenda –le dije-, este relato sucedió muchas veces durante el siglo pasado, tiempo en que usted cita sucedieron los hechos y en tiempos de
--¡Es verdad! ¡Créame! Yo nunca he estado en Maravillas, no la conozco y nunca he estado allí.
--¡Pues ya somos dos! -En ese momento entró el auditor y desde la puerta del vagón gritó: ¡Maaaraviiiillaaas! –Al principio también le dije que yo tampoco conozco la población, pero sí sé donde queda, es la próxima estación y con su permiso, me despido pues voy a descender. No me lo permitió. Se puso de pie rápidamente, obstruyéndome el paso. Extendió su mano tintineando las pulseras que portaba para despedirse y por educación se la estreché. Tomó con su mano izquierda mi antebrazo y fuertemente apretó mi mano al unirla con la suya, a la vez que me expresó:
--¡Se va a casar con su novia muy pronto! Su poder está fincado por el aire antes del solsticio de verano y siempre será protegido durante toda su vida por el fuego. Sus hijos nacerán en acuario. El primero será errante y estará activado por el tercero; el segundo equilibrará al tercero; el tercero caminará independiente y el segundo y el tercero protegerán al primero. Todos serán muy unidos aunque alguno se separará muy lejos. El fuego será el vínculo de unión. Trate de entender mi mensaje y su vida será muy feliz ¡Interprételo!
Traté de levantarme y retirar bruscamente mi mano pero no me soltó y con su mano izquierda soltó mi antebrazo y empujó levemente mi hombro impidiéndome ponerme de pie, acercándose a mí y por su proximidad quedó ante mi vista el colgajo de uno de sus múltiples collares en forma de cruz griega, alcanzando a leer las siguientes inscripciones: Al centro de la cruz, Belcebú; y en cada una de las cuatro ramas, Satán, Luzbel, Leviatán y Belial. Entonces, con mi mano izquierda tomé su antebrazo y lo impulsé hacia atrás, movimiento que aproveché para zafar mi mano de la suya, subirme al asiento de enfrente y salirme del área de los asientos; ya libre de su presión, deteniéndome le dije:
--¡Hasta luego señora! No diré que haya sido agradable su compañía, pero el príncipe de los demonios que porta con sus diferentes nombres en esa cruz, la acompañen.
--¡Yo no le hago mal a nadie! La cruz me protege de las exhortaciones de los ángeles perversos, para que no se acerquen a mí… Yo sólo me comunico con las divinidades perfectas… -No esperé escuchar más, di media vuelta, me aproximé a la puerta y al detener su marcha el tren, descendí rápidamente.
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Caminé paralelamente al convoy rumbo al andén de la estación, construido éste con los desechos de una plataforma de vagón y la estación era un pullman de principios del siglo, sin ejes, apoyado sobre una pila de durmientes. Allí se encontraba mi novia, levantando su mano, agitándola, en señal de saludo.
--Pensé que no ibas a venir, mejor dicho, no creí que vinieras…
--¡Aquí estoy, fiel a mi palabra! –Acercándome a ella para recibir su saludo y su caricia.
--¿Cómo te fue de viaje? –Antes de contestarle el tren reinicio su marcha y alcancé a ver con el rabillo de ojo, el rostro de la señora de blanco que por la ventanilla volteaba a verme, sin dejar de hacerlo hasta que salí de su vista por iniciar una curva el ferrocarril.
--Del viaje tuve una experiencia extraña, después te platico. Ahora vamos a tu casa o a donde quieras llevarme; después, a almorzar pues ya tengo hambre. –Caminando, cruzando mi brazo por su espalda y sobre sus hombros, observé que la vía del tren corría paralela al inicio de una elevación del terreno. Levante la vista y mi novia me dijo sin preguntarle:
--Es el cerro de Maravillas, no es muy alto, tiene dos cimas…una más alta que la otra y arriba hay una capilla con un altar que ya se encuentran en ruinas…-Me quedé frío, deteniéndome y preguntándome: ¿Serían reales las videncias escuchadas?
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Llegamos a su casa y me presentó a sus padres. Creo que les caí bien. Comimos y con padre, bebimos una cerveza. Platicando con él me explicó que en la región existía mucho maguey y la zona era productora de un exquisito pulque debido a las sequías y el clima frío imperante. Luego me preguntó que si me gustaba el pulque a lo que inmediato contesté:
--¡Claro que sí! En la capital he ido a algunas pulquerías a probar las especialidades que preparan. En "
--Pues aquí sólo tenemos curado de ajo… Si el curado de ajo-dido. El pulque blanco, natural. El que sólo los jodidos como nosotros, lo bebemos. Por aquí no tenemos dinero para pagar lo que cuesten esos curados y es más, ni nos gustan teniendo la calidad de lo que producimos. Yo mismo tomo el acocote, voy a raspar algunos magueyes y entrego el aguamiel. Dicen que es bueno para curar algunos males como para los que tienen azúcar en la sangre, ¿quiere probarlo? –Sin esperar mi respuesta se levantó, respuesta que no tenía alguna que dar, ya que a mi sabiduría pulqueril le habían tapado la boca.
Tomó una jícara –xoma, le dicen-, de un cuero de chivo vació un poco de aguamiel en el recipiente tan especial. Me lo dio y asiendo la xoma con mis dos manos, lo probé: Tiene un sabor dulce y fuerte, luego de un tirón bebí todo el contenido, regresando la xoma vacía, diciéndole:
--Mejor si tiene pulque, me gustaría probarlo.
--Ya sabía que no le iba a gustar. –Le pidió a su esposa que le trajera la jarra de vidrio que estaba en la cocina y de ella, a media capacidad con pulque, en un vaso grande de esos de veladora, lo llenó, lo puso sobre la mesa frente a mí. Lo alce diciéndole a todos --¡Salud! –Lo probé despacio, saboreándolo, estaba exquisito…
--En la capital decimos cuando un pulque tiene esta calidad, le falta un grado para ser carne.
Continuamos platicando en amena reunión y durante este tiempo me tomé tres vasos de pulque. Lo normal, siendo puro el pulque y sin estar bautizado y adelgazado como el que se vende en la capital, me pegó. Me sentí mareado y con sueño. Poniéndome de pie, le dije a mi novia:
--Vamos a caminar un poco. Comí mucho y me siento lleno. Aprovecha esta caminata para que me enseñes el pueblo. -Dirigiéndome a sus padres, agradecí los alimentos y pedí permiso para retirarme de la mesa, salir y enfilarnos con rumbo al centro del pueblo.
--¿Quieres subir al cerro?
--¿No está muy difícil la subida? Acuérdate que soy capitalino.
--Rodeando y haciendo paradas, no es muy cansado. –Sonriendo, me invitó a iniciar la caminata.
--¡Vamos pues! –Ascendimos, una hora después estábamos en la cima llegando hasta donde se encontraban las ruinas, al observarlas y recorriendo el lugar, le pregunté:
--¿Por qué se encuentran en este estado?
--No lo sé. Quien sabe quien lo construyó. Me contaron que hace mucho tiempo subía el párroco de la iglesia y oficiaba misa el día tres de mayo, pero yo nunca estuve presente. Estando abandonado el lugar, lo peones de los señores que se han dividido y repartido en propiedad el cerro, han aprovechado las piedras de la construcción para levantar las cercas que limitan sus predios. –Me quedé callado, no le comenté nada y sintiéndome cansado y deseando acostarme tantito por la subida, tantito por la desvelada para llegar a la estación y muchito por el pulque, mi novia buscó el lugar idóneo bajo la sombra de un tepozán. Primero me senté, notando una piedrecilla muy rara a mi lado. La levanté y observé, comentándome antes de descubrir que era:
--Es una cuenta de collar. Pertenece a las tribus o pueblos que se asentaron en esta región. Mi abuela decía que era otomíes, pero en la escuela me enseñaron que era chichimecas, yo no lo sé en realidad… ¡Pero mira! Hay muchas… Aquí está una punta de obsidiana. –La levantó y limpió con su falda y me la entregó. Yo, sin revisarla la tomé y me recosté, cerré mis ojos y pensé en el suceso del tren. Comencé a escuchar mis ronquidos por el efecto del pulque, cuando ante mí, vi una cara redonda y sonriente reluciendo un brillante incrustado en su dentadura y me hablaba:
--Yo no miento. Mis poderes son reales. Mis visiones son verídicas… -Desperté, levantándome sobresaltado. Mi novia, que andaba recolectando piezas arqueológicas alrededor de donde me encontraba, angustiada se acercó a mí, preguntándome: --¿Qué te pasa?
--¡Nada! Sólo que por lo incómodo de la cama, desperté. –Consulté mi reloj, pasaban de las cinco de la tarde; entonces le indiqué que no me gustaría bajar del cerro estando oscuro. Ella asintió con la cabeza, me entregó un envoltorio hecho con su pañuelo guardando las cuentas, caritas de barro, puntas de obsidiana y pedernal recogidas, me asió del brazo y empezamos a descender.
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Al ir bajando del cerro admiré lo que todo capitalino anhela ver y que nos está prohibido en los grandes asentamientos urbanos: un hermoso paisaje. Maravillas está desplantada sobre la prolongación de la ladera norte de su cerro, terminando la pendiente a unos cuatrocientos metros limitado por una cañada en cuya orilla corre otra vía de ferrocarril –
El sol, ya ocultándose tras el cerro de
Por fin llegamos a su casa. Cené dos quesadillas, una dobladita de chile y un vaso de pulque que me sirvió de somnífero. Me recosté en un petate y como me sentía cansado y falto de sueño por la desmadrugada y alterado por los sucesos del día; dormí, dormí mucho.
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Me desperté muy tarde. Como capitalino conocí las incomodidades del campo de aquellos tiempos. En una letrina satisfice mis necesidades corporales y entre los magueyes regaba el seco cada vez que me daban ganas. Después con un lebrillo lleno de agua caliente que me proporcionó mi novia, en el patio posterior de su casa, entre una nopalera, me di un baño torero: sólo las orejas y el rabo, me cambié de ropa interior, ¡y listo! Mi novia ya me esperaba.
--¿Quieres desayunar aquí en casa o prefieres ir al centro a comer chicharrones de res o barbacoa? –Antes de contestarle, admiré a mi novia: se veía muy linda con una mañanita floreada multicolor que resaltaba su belleza morena; acercándome a ella la besé en la mejilla como saludo y le di los buenos días-…--Aquí en tu casa. Desayunaremos en compañía de tus padres, ¿te parece?
--¡No hombre! Mi padre sale al campo antes de las cinco de la mañana y mi madre fue a llevarle de comer. Ya son las diez, flojo. –Me contestó.
--¿Aún en domingo?
--En domingo, días festivos y fiestas de guardar. En el campo se trabaja todos los días, porque la tierra es muy celosa…necesita cuidados y atención para dar sus frutos.
--Bueno, no nos queda de otra que ir al centro; pero ya, ¡me urge!, creo que estoy crudo.
En el trayecto fui observando diversos lugares conforme me llevaba de la mano mi novia. Vi la iglesia católica, destechada, aún sin terminar; el gran salón de usos múltiples constituido por un enorme tejado longitudinal que lo mismo servía de mercado, de tianguis dominical y fiestas privadas o bailes populares amenizados por conocidos conjuntos musicales. La iglesia de rito Marista o Anglicana, no recuerdo bien, ésta si bien terminada; el recinto del juez del pueblo y la palma de la justicia en medio de un pequeño jardín frente al recinto y las tiendas de todo con su cantina anexa y muchos comercios.
Acercándonos al local donde hervía un cazo con las carnitas o chicharrones de res cuyo olor incrementaba mi apetito, me detuvo mi novia, esperando a que un señor se acercara y estuviera al alcance del saludo. Me soltó el brazo y me comento que el señor era una de las personas ilustres del pueblo y me lo iba a presentar:
--Don Antonio, buenos días…
--Buenos días niña, ¿quién te acompaña?
--Mi novio, tengo el gusto de presentárselo.
--Antonio Santana. –Se adelantó diciéndome su nombre y mientras estrechábamos las manos lo miré: Un hombre de cincuenta años, blanco, de vivaces ojos azules que reflejaban sabiduría y bonhomía. De inmediato supe que llevaríamos una buena relación.--Mucho gusto Don Antonio, estoy a sus órdenes.
--¿Viene de la capital?
--Sí señor, estoy conociendo el pueblo, me parece muy bonito, con unos atardeceres maravillosos que observé ayer desde la cima del cerro. –Y le externé mi opinión sobre el origen del nombre del pueblo. Entonces, callado, me tomó del brazo y con una seña nos invitó a caminar hacia la vía del tren que se encontraba a escasos cuarenta metros y nos pidió que escucháramos su disertación:
--¡No amigo mío! Maravillas no lleva ese nombre por lo que dice usted… La colonización en forma se remonta a los años de 1830, por una familia de apellido Torres, los cuales como comerciantes abrieron una tienda por este lugar –señalándolo con su brazo-, cuando Don Porfirio por los años de 1880 construyó la red ferroviaria que aún sigue vigente a estas fechas, el tren a Ciudad Juárez llamado Águila Azteca, pasa por aquí, por esta vía por la que llegó usted, en aquellos tiempos iniciales de su funcionamiento, creció en abundancia en este lugar y a ambos lados de la vía, la mata de flores llamada Maravilla, cuyo nombre genérico es
--¡Caray Don Antonio! Muy interesante. Usted ha de conocer muchas historias y leyendas de la región y le digo que a mí me interesa mucho la historia relacionada con la arqueología. Pero por favor, le invito a almorzar… ¡Ya tengo mucha hambre!
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--Esta región estuvo colonizada inicialmente desde hace más de dos mil quinientos años por tribus de cazadores, principalmente de aves, siendo seminómadas; para posteriormente ser ocupada por una población ya sedentaria, la de los otomíes, que en su idioma propio se llaman "Hñahñúes". Estos hombres pacíficos que nadie sabe de donde llegaron, fueron desplazados por otras tribus guerreras hacia el poniente, a Jilotepec, donde instauraron un gran señorío. A la llegada de los Toltecas por el oriente y asentarse en Tula, la antigua Tollan, -lugar de tules-, fundaron el máximo centro cultural de su civilización encabezado por Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóalt, hombre sabio que permitió la convivencia con los otomíes, sin violencia y compartiendo su cultura. Posteriormente con la emigración de Nahuas, las siete tribus nahuatlacas, hacia el valle del Anáhuac, los últimos, los rezagados, los Chichimecas, pueblo belicoso, arrasaron con todo vestigio de los anteriores asentamientos, ocupando todo este vasto territorio. Toda la región está llena de restos arqueológicos que indican su ocupación y permanencia; yo tengo una gran colección particular de la cual he donado parte para el museo de Huichapan y poseo más para exhibirla cuando tengamos un museo aquí, en Maravillas.
--Lo he constatado. Ayer que ascendimos al cerro mi novia recolectó muchas piececillas de barro y objetos de obsidiana y pedernal.
--¡Claro! Por la posición geográfica del cerro, que entre paréntesis se llama "Cutejhé" – en otomí significa "cerro cuate" o gemelo, por su doble cima-, en su cumbre se celebraban ceremonias rituales, religiosas y calendarias, las cuales eran vistas por toda la población circundante, permitiéndolo la altura del cerro. Además fue un observatorio astronómico, lo cual lo constato por poseer una laminilla de barro con una inscripción referente.
--¡Y el altar Don Antonio?
--Como ha de saber, la conquista religiosa que efectuaron los íberos, donde había un altar religioso de cualquier tribu, los sacerdotes católicos ordenaban su demolición y la construcción de otro, en el mismo lugar, para los ritos de la nueva religión.. Pero éste, dada la poca población existente, después de su construcción hace muchos años, fue abandonado.
--Y si fue nuevamente poblada la región por los años de 1830, no creo que hayan tenido participación en la guerra de independencia; pero en la guerra contra el invasión francesa, ¡se combatió? ¿Hubo algunos héroes regionales?
--¡Se combatió en ambas! –Contestó Don Antonio efusivamente. Luego hizo una pausa para encender un cigarrillo y continuó-: --La región siempre ha estado habitada. De los treinta viene el origen del nombre de esta población, aclaro. El Bachiller José Manuel Correa, cura de Nopala, combatió bajo las órdenes del Siervo de
-Aspiró una larga chupada al cigarro que meneaba entre sus dedos, marcados por el ocre color de la nicotina, antes de continuar:
--Nicolás Romero, el arquetipo de los chinacos, llamado también el "León de
--También me platicó mi novia que por aquí pasaba Don Benito Juárez rumbo…- Levantó su mano en señal de detener mis palabras, encendió el tercer cigarrillo y señalándome con su brazo una calle y un caserón que no se veían desde la fonda, pero determinando su ubicación, continuó:
--La casa de usted está allí, en esa calle. Era camino de carretas y diligencias. Por aquí pasaba Don Benito rumbo a Querétaro. Efectuaba una remuda de caballos en un mesón de Nopala o en
--Pero si pasaban diligencias y la zona se encontraba poco poblada, sin vigilancia por el estado de guerra que existía, tuvo que haber muchos asaltos, ya sea para recabar fondos para provecho de algunos maleantes o para subvencionar la guerra de guerrillas o no sé para qué, pero hubo asaltantes; explíqueme que pasaba…
--Había varias rutas para llegar a Querétaro. Éste que le señalo y cerca de aquí el de Jilotepec- Canalejas- Aculco- Palmillas, que en este lugar se unía al primero. Otro más retirado pero con mayor vigilancia: Toluca- Ixtlahuaca- Acambay- Palmillas, uniéndose a los otros dos. Los viajeros variaban las rutas para evitar asaltos en todo este tramo inicial del viaje, ya que de San Juan del Río en adelante, estaba bien vigilado por las tropas tanto Juaristas como de los invasores. – Aprovechando esta parte de la plática, introduje una pregunta inquisitiva:
--¿Y no cuentan las leyendas de un asaltante famoso? – Entonces él, levantando la voz, me dijo:
--¡No es ninguna leyenda!
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--También me platicó mi abuelo, que por los caminos que comunicaban a las poblaciones de Jilotepec, Canalejas, Aculco, Acambay, Palmillas y el ahora llamado Polotitlán, eran asolados por una pandilla de asaltantes cuyo cabecilla era un chinaco alto, moreno, con prestancia y gran porte que tenía como característica para que lo reconocieran que siempre vestía de negro, excepto por su paliacate rojo ceñido en la frente. Se llamaba Francisco del Olivar. Asaltaban y venían a esconderse a este cerro donde en una cueva grande, se refugiaban, colocando un centinela en la cumbre, lugar desde el cual podían observar si alguien los perseguía. –Tranquilo, fumando, entrecerrando los ojos como para recordar bien lo que narraba, Don Antonio continuó:
--Una tarde, los peones de la hacienda de
--Pasó el tiempo, nunca más vieron al chinaco ni a su pandilla ni hubo más asaltos. Hemos ido a buscar donde se encontraba la cueva, pero han pasado noventa años y las lluvias, la erosión, los derrumbes, la han ocultado. Quedan vestigios probables de su posición, siendo imposible remover las tierras aparte que saldría carísimo y con pocas oportunidades de éxito, localizarla.
--Ni hablar Don Antonio, me quito el sombrero ante usted. ¡Qué hermosa narrativa! Me gustaría cada vez que venga al pueblo platicar con usted. Se aprende mucho y se disfruta el momento, ¡estas leyendas son apasionantes!…
--¡No son leyendas, esto que le narro fue verídico! – Lo noté molesto y me disculpé, apenado por mi expresión.
Nos levantamos. Pedí y pagué la cuenta. El almuerzo estuvo exquisito: Consomé, barbacoa de borrego, menudo, tortillas del comal y para bajárnoslo, mi novia un jarro de café negro, Don Antonio agua mineral y yo, el imprescindible jarro de pulque. Nos despedimos haciendo votos para reunirnos la próxima que viniera al pueblo. Yo me sentía contento, alegre, pero dentro de mí no dejaba de pensar en mi casual compañera de viaje, la señora de blanco.
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--¡Vamos nuevamente al cerro! Quiero subir y caminar para bajarme la comilona que hicimos. –Abrazando a mi novia se lo pedí; ella recibió la petición con alegría pues le gustaba mucho caminar y dirigiéndose al tianguis fue a comprar un recipiente de plástico que lo llenó con agua de jamaica. Al paso conocí la que llamaban la escuela vieja, donde la mayor parte de los habitantes del pueblo, ya adultos, conocieron en ese recinto las primeras letras.
El sol en todo su esplendor nos pegaba con ganas. Estábamos en la cima más alta del cerro y yo observaba todos los alrededores, cuando mi novia, con una exclamación, llamó mi atención:
--¡Mira hacia allá! Mi hermano tenía razón cuando me decía que se veían. ¡Nunca los había visto! –Y señalándome hacia el sureste, al fondo, con una gran visibilidad, ya que el día estaba muy claro, despejado y sólo por el rumbo del Astillero se vislumbraban unas nubes amenazadoras, se observaban dos cumbres nevadas.
--¿Son los volcanes? –Pregunté. –Sí, son el Popocatépetl y
--¡Es increíble! Con razón nuestros antepasados utilizaron esta cumbre como centro ceremonial, templo religioso y de observatorio astronómico.
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Recorrimos las dos cimas. Desde la sur mi novia me fue indicando el nombre de todas las poblaciones que se divisaban: San Juanico Acaxochitlán y las rancherías de Temascales, El Tepeyac, Peñafiel y más al suroeste, en una zona arbolada, Las Vegas. Al poniente, El Capulín,
--¡Vámonos ya! Es tarde y amenaza lluvia, es hora de descender. – A la indicación de mi novia, asintiendo con la cabeza que estaba de acuerdo, iniciamos el regreso. No llevábamos ni medio camino cuando se soltó el aguacero, no quedando de otra que buscar un resguardo y mi novia me dirigió hacia un encino, bajo y frondoso, que nos protegió algo de la lluvia. Aparrados junto al tronco, noté que el agua corría formando un arroyito angosto de unos cinco centímetros y tres metros más adelante se formaba un pequeño remolino vertiéndose el agua del arroyo en él. Extrañado, no importándome la lluvia, me acerqué: el agua como si fuera un sifón penetraba en un agujero, oyéndose un ruido sordo, como caída de agua. Pensé en una lumbrera donde se purga una corriente o venero subterráneo, que al desplazarse genera un empuje de aire que busca salida a la superficie. ¿Pero a esta altura, cual corriente, cual venero? Además se oía que caía el agua; o sea, que bajo la superficie donde se encontraba el hoyo, existía una depresión, o una oquedad, o tal vez… una cueva.
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Bien empapados llegamos a su casa. Mi novia se cambió de vestido, se arregló y enfundó un suéter entallado que hizo resaltar sus atractivos frontales, poniéndome nervioso. Yo me desvestí una vez que me prestó una colcha para cubrir mi desnudez, mientras con la plancha caliente, ella secaba mi ropa.
Comimos en compañía de sus padres y al terminar, como sobremesa vino la esperada plática con su padre, mientras degustábamos un vaso de curado de ajo.
--¿Y piensa casarse con mi hija? –De improviso, sin esperar la pregunta, me sorprendió. Su madre fijó la vista en mí.
--Son mis deseos, pero por el momento gano poco para darle un buen hogar.
¿Y cuánto gana por día?
--Un poco más de dos salarios mínimos, sobre veinticinco pesos. Cuando llegue a los cuarenta, creo estar en condiciones económicas para casarnos. Tengo ya algo ahorrado para montar donde vivamos y comprar los muebles indispensables.
--¿A los cuarenta años o a los cuarenta pesos? –Con mucha seriedad me preguntó. Yo, con una sonrisa nerviosa asombrado por su ingenio, le contesté que sin duda a los cuarenta pesos.
Serenos, los padres cruzaron una mirada de consentimiento, diciéndome:
--Sólo le suplico que la respete, está muy tierna aún. Y que nos respete a nosotros, no por ser tan humildes piense que no tenemos honor.- Le respondí que no se preocupara y que tuviera confianza en mí, ya que el respeto que sentía por ella se reflejaba en mis sentimientos y el deseo de hacer las cosas bien; su mamá, convencida, me sonrió.
Me levanté de la mesa. Eran cerca de las siete de la tarde y mi novia me carrereaba porque pronto pasaría el tren de regreso a la capital. Pasó por mi mente quedarme otra noche en su casa, pero recordé los compromisos que tenía en el trabajo para mañana lunes y deseché la idea.
En la puerta de su casa me despedí de sus padres agradeciendo las atenciones recibidas y jalándome de un brazo, mi novia me llevó hasta la estación.
El tren llegó. Nos besamos como despedida concertando cita para vernos en la capital cuando ella regresara a trabajar una vez que concluyeran sus vacaciones.
Abordé el vagón. Esta vez se encontraba casi lleno; quedaban tres o cuatro asientos desocupados y me senté en el primero de ellos. Al reiniciar el convoy su marcha, me puse de pie y recorrí con la mirada a todos los pasajeros, buscando con ansiedad entre ellos, si no viajaba la señora que conocí en el viaje de ida. Desilusionado, me senté, no se encontraba.
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Salgo de la moderna estación. Abordo mi auto y me dirijo a la junta que tengo con algunos funcionarios petroleros en el despacho de un contratista con el que tengo subcontratada una obra para desarrollar el proyecto respectivo. Manejando el auto voy pensando que los vaticinios de la señora resultaron ciertos: A los seis meses de ese viaje, me casé con mi novia y tenemos tres hijos, todos nacieron bajo el signo de acuario. De su mensaje no hay interpretación o no se ha dado el tiempo de que suceda algún acontecimiento que lo revele. Sus percepciones sobre Maravillas fueron reales… El cerro, el altar en ruinas, los restos arqueológicos y sobre todo, lo del chinaco.
Sólo falta que corriera la aventura de excavar donde se encuentra probablemente la cueva; pero, si lo hago manualmente contratando dos peones o si lo hago por medios mecánicos llevando un trascabo, ya sea que lo realice de noche o de día, todo el pueblo se daría cuenta de mis pretensiones y lo notificarían a las autoridades, además debería recabar el permiso del propietario del terreno y aparte, ¿tendría éxito mi aventura? Si fueran negativos los resultados, tendría que costear yo solo los gastos inherentes y si fuera afirmativa, el tesoro lo tendría que repartir entre muchos y quizá, descontando el costo de la operación, el importe que me correspondería no valdría la pena intentar la aventura.
Encontrar las monedas de oro, sólo reafirmaría que todas las percepciones de mi compañera de viaje, que me hicieron vivir un mal momento a su lado, fueron verídicas y que la señora era una verdadera profesional en su ramo, ¡no era una bruja ni charlatana!
Mientras algo suceda en el pueblo que quizás pueda cambiar mi forma de pensar, al término de la junta iré a comer a la cantina de las calles de Guerrero donde sigue trabajando mi amigo de la colonia Maravillas y beberé una copa al recuerdo de aquel viaje y a la memoria de una señora de blanco.
Max Villareal
Ópera prima. Noviembre de 1997.