Por: Max Villareal
A Roberto, "el Pénjamo", un galán frustrado.
Remedios siempre pensó que se había casado muy joven, que su decisión no había sido la más acertada. Lo justificaba por la edad, aún no cumplía los dieciocho años y estaba arrepentida por no haber disfrutado su juventud y no poder continuar con sus estudios como eran sus deseos. El matrimonio le había trastocado todos sus planes. Sabía así mismo que no se había casado por amor, sino por el atractivo físico de su novio en turno y un embarazo no deseado. Una gestación producto de su inexperiencia y en cuyas escasas relaciones que tuvo con el novio, desconoció el placer sexual que produce una entrega íntima. "Estoy en estado", fue lo que le dijo a su pareja a casi tres meses de la suspensión de su período. Diligente, el novio, en quince días arregló lo de la boda civil y ella, en dos semanas más realizó todos los preparativos para el enlace religioso. Huérfana desde niña y crecer al lado de una hermana de su madre que se quedó soltera, de haber recibido los consejos pertinentes no se hubiera casado, se las habría arreglado sola de alguna manera como madre soltera; aborto no, no estaba en sus planes: pero cómo una señorita, de aquella generación, iba cargar con la afrenta de no casarse. Por eso lo hizo y justo al mes de comunicarle a su novio su situación de gravidez, se realizó la boda eclesiástica.
Su esposo, un joven ingeniero industrial recién recibido unos meses antes de las nupcias, edificó durante ocho años de su vida matrimonial una fábrica de productos para el hogar; mismo período de tiempo que significó ocho años de carencias económicas para la pareja. Cuando la industria comenzó a producir beneficios, después de amortizar los créditos conseguidos, aumento su línea crediticia para adquirir maquinaria de última generación para ampliar la planta de montaje de la fábrica. El equipo completo de importación, fue recibido en el puerto de Veracruz, lugar donde el ingeniero al frente de un convoy formado por dos tractores con su trailer acoplado cada uno y dos camionetas de abanderados; él al frente manejando la camioneta piloto y el jefe de mantenimiento la camioneta de retaguardia, bajando una cuesta de la sierra, el trailer de la delantera se quedó sin frenos y empezó una desbocada carrera arrollando a la camioneta piloto golpeándola en la parte trasera, impacto que la arrojó fuera de la carretera hacia un barranco muy profundo. El accidente tuvo fatales resultados: el ingeniero pereció en el accidente.
Remedios no se arredranó por la tragedia. Pasando los días aciagos vividos durante el sepelio y los posteriores por el duelo, tomó el mando de la fábrica, sabedora que podía hacerlo, Los estudios de contabilidad que suspendió por la boda y el conocimiento del manejo de la fábrica por haberle ayudado a su esposo en la administración, se lo permitieron.
Viuda, hermosa, con excelente cuerpo, treinta años de edad, con una hija próxima a cumplir doce años, olvidó sus funciones como mujer dedicándose de tiempo completo a su trabajo y a la educación de su hija, prescindiendo de las múltiples peticiones que galanes de todo tipo al saber que era un excelente partido, se le ofrecían para contraer un nuevo matrimonio.
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Roberto nunca debió casarse. Nunca estuvo mentalmente apto para vivir en una unión conyugal; por eso, su matrimonio fracasó como en todas sus demás relaciones en que se vio inmiscuido. Casado muy joven con la primera mujer que le ofreció su virginidad, una mujer que no cumplía con los atributos físicos que el deseaba para la que fuera su compañera; pero por cumplirle la palabra dada, se casó; pero eso sí, la mantuvo siempre al margen de su vida no permitiéndole participar en las relaciones sociales que por invitación o por obligación, requerían de la presencia de ella en el estrato social en que Roberto desarrollaba los trabajos iniciales de su naciente vida matrimonial.
Roberto la abandonó sin divorciarse cuando terminó la pasión, cuando sus relaciones sin amor se volvieron tedio, yéndose antes de cumplir tres años de sus nupcias, sin importarle que su esposa se encontrara encinta, rehuyendo las obligaciones de pareja que el hogar le imponía. Estuvo a su lado en el momento del parto con el advenimiento de un robusto niño; pero ni la madre ni el sentimiento de ser padre, le importaron. Se fue, sin embargo; remitía mensualmente una ministración económica para sufragar los gastos de la casa.
Fue aceptada la solicitud de Roberto para entrar a una institución bancaria, en la cual inició una carrera que a la vez de rápida fue de éxitos continuos. Empezó como ejecutivo de cuenta en una pequeña sucursal suburbana, para ir ascendiendo de puesto en puesto hasta ocupar la principal de las subgerencias generales de la oficina matriz.
Roberto, ya con la experiencia de su profesión desplegó una personalidad impactante, aunado a su físico, alto, esbelto, considerado por las mujeres como guapo y con un excelente trato con los clientes y con el personal femenino de la institución. Sus baterías de conquistador las enfocó sobre las empleadas jóvenes, sobre todo las de recién ingreso, manteniendo relación con las que eran de su predilección sin contraer responsabilidades de pareja. Vivía solo, célibe, un poco misógino, exceptuando cuando de amor se trataba, en un departamento elegante ubicado en una colonia exclusiva, atendido por una pareja de adultos ya grandes, un anciano mayordomo y su esposa, una excelente cocinera.
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Después de varios años de no verlos, Roberto recibió la invitación para acudir al festival escolar donde su hijo recibiría el certificado de primaria. Sintió un orgullo extraño, una emoción nunca sentida que le cerró la garganta cuando el niño le entregó su documento con calificaciones de excelencia, una vanidad que reafirmó su machismo y su altivez, por la paternidad. A partir de esta celebración, pactó con su hijo para que acudiera mensualmente a recibir como una beca el importe de todos sus gastos de estudiante, lo que le permitió a su joven hijo, continuar con todos sus estudios hasta culminarlos con el título de contador, con mención honorífica, en
Ausencio, nombre con el que lo bautizó su madre, quizá como mensaje subliminal por el abandono del padre y registrándolo sólo con el apellido materno, omitiendo el de Roberto, tal vez dolorida por la actitud de abandono del esposo; pospuso su viaje de vacaciones por el envío de su currículum escolar a
Esperando en la sala de abordaje, sentado frente a la puerta del pasillo portátil, cuando dieron la señal de pase al avión, los pasajeros se levantaron al unísono, atropellándose, sin guardar el orden para penetrar por el túnel que conduce a la aeronave. Sólo una mujer no se levantó; Ausencio que ocupó el último lugar de la fila, dirigió su mirada hacia ella con curiosidad. Al ponerse de pie y acercarse a la fila, Ausencio le cedió el paso y su lugar, quedándose extasiado al observar de cerca a la señora que tenía frente a sí… Era la mujer más hermosa que nunca jamás había visto. Durante toda su vida no había tenido novias, amigas sí; pero sin ninguna relación amorosa, únicamente de estudios y no las tuvo aunque fue muy requerido por su inteligencia, se sentía algo acomplejado al no haber heredado la galanura y la personalidad del padre. Su estatura y complexión si las heredó, aunque su físico tenía más parecido a la madre. Con la influencia del dominio materno, el amor lo consideraba un ideal representado por una Venus incorpórea, sutil, muy diferente a todas las mujeres que había conocido… Y la mujer que se encontraba a medio paso de su cuerpo, casi rozando su espalda, cuya lisura de su piel dejaba al descubierto la abertura del vestido, era la visualización materializada de la imagen que en sueños esperaba ver llegar, algún quizá, lejano día.
Todo el vuelo no dejó de admirarla. Sentado dos filas atrás de donde ella se acomodó, percibía el olor de su perfume y cerrando los ojos, dormitó sin que se borrara del pensamiento la figura de la mujer quimérica.
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Regina, muy guapa, de carácter alegre y simpático, irradiando inteligencia y vivacidad, muy apegada a su madre pero con criterio independiente y toma de decisiones propias, terminó la carrera de Administración de empresas. Remedios no quería que trabajara en otra sociedad, empleo lo tenía en la fábrica y tomaría el mando a su lado; pero ella quería adquirir experiencia, conocer otros ambientes de trabajo, relacionarse en el medio de su profesión y después, verter los conocimientos prácticos asimilados, en la industria de su madre. Con la recomendación de un profesor, su carta de pasante y su hoja de estudios con las mejores calificaciones, ingresó a la banca nacional.
Seis meses de completa vocación en su trabajo, sin distracciones familiares ni amorosas, le redituó un meritorio ascenso: fue nombrada subgerente de crédito local y trasladada a la casa matriz de la institución. Como funcionaria de nivel medio, fue asistente a las juntas divisionales de ejecutivos y allí conoció a Roberto. Éste, ni tardo ni perezoso, dirigió toda su atención hacia la conquista de la muchacha, fascinándole su carácter, su inteligencia y su buen palmito, como ninguna otra.
Los novios que en la escuela tuvo, para Regina no pasaron de ser simples compañeros sin interés para ella. Los consejos de su madre que se mantuviera soltera para disfrutar de su juventud, los tomaba en cuenta, por su mente no pasaba la idea de algún pretendiente. Primero su carrera y su trabajo. Al tiempo dejaba, para un futuro, su capacidad de amar; pero desde el primer momento la presencia del hombre maduro, varonil y buena presencia, darían al traste con sus ideas.
Puesta al tanto por sus compañeras de la frivolidad de Roberto, rechazó sus invitaciones, sus regalos, sus insinuaciones y al final las súplicas para que salieran juntos. Descontroló a Roberto con su inusitado comportamiento aumentando el interés hacia ella. Ninguna mujer en la que había puesto los ojos, se le había negado, era la primera, y el capricho de poseerla se convirtió en obsesión y luego, muy a su pesar por su edad madura, en un incontrolable amor.
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Roberto nunca quiso ni trató de divorciarse de su esposa; no obstante del abandono en que la tuvo, su estado civil de casado lo requería para su presencia en el trabajo. Cuando era necesario que la esposa acompañara al funcionario en los actos sociales promovidos por la institución, mintió siempre al inventar una supuesta enfermedad crónica que le impedía estar presente. Además, su estado civil lo utilizaba para un último caso de emergencia, ante los reclamos de alguna mujer desesperada que lo conminaba a que le cumpliera las promesas dadas, le manifestaba su condición de mártir al estar casado con una mujer enferma de un mal incurable y que por su religión no le daban el divorcio y por tanto, no estaba en la posibilidad de cumplir los ofrecimientos que en un momento arrebatado de amor, había prometido.
Ante Regina no le surtieron efecto todos sus trucos: le bajó las perlas de la virgen, le ofreció el departamento para ella y hasta llegó a proponerle matrimonio, recibiendo de Regina puras negativas. Desesperado, buscó a su esposa llevándole los documentos para el trámite del divorcio y no le firmaron. Más de veinte años de olvido y su vida dedicada a la atención de su hijo, los puso como motivo para rechazar la separación del vínculo matrimonial, no logrando obtener su consentimiento para lograr la separación legal.
Regina jugaba con él; pero también jugaba ya con fuego. Empezó, después de múltiples invitaciones, aceptar las invitaciones para comer, para asistir a diversiones, para cenar y bailar… El cortejo duró varios meses y Regina terminó enamorándose del galán y éste, como un adolescente, rendido de amor, obtuvo lo que finalmente deseaba: Ser su amante.
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La fábrica aumentó su capacidad de producción y la norma de calidad de manufactura fue aceptada como producto de exportación. Esto motivó que Remedios tuviera que viajar a San Francisco para la concertación con varios distribuidores, la colocación de sus artículos en el mercado norteamericano.
Sentada en la sala de abordaje y al escuchar el aviso de ingresar a la nave, se levantó hasta el final para formarse a la fila, momento en que observó al joven que le cedía su lugar en la línea de pasajeros y le sucedió algo que la descontroló: su corazón se agitó, no pudiendo disimular un cierto nerviosismo, ya que en su interior revivieron antiguos rescoldos de su matrimonio. El joven de la misma edad de su esposo cuando contrajeron nupcias, tenía mucho parecido con él: su estatura, su cuerpo y su rostro, denotaban el físico de un hombre sano y limpio tal como recordaba a su esposo. Sintió hervir su sangre y un cierto dolor en el vientre, sensaciones que tenía olvidadas después de tantos años de viudez y de abstinencia sexual.
Por coincidencia se hospedaron en el mismo hotel y varios días después se encontraron por la mañana en el restaurante a la hora del buffet para servirse el desayuno. El comedor se encontraba lleno y Ausencio, cargando su charola le pidió permiso para sentarse a la misma mesa y compartir sus alimentos. Se presentó ante ella y le recordó que habían sido compañeros en el mismo vuelo de llegada a la ciudad, notándose de inmediato en la plática que entablaron la afinidad de sus caracteres y de sus sentimientos, contándose los propósitos a realizar durante la permanencia en la ciudad californiana, él con la verdad, ella ocultando su verdadero motivo, mintiendo con una invención sana. Compartieron el desayuno algunas mañanas más para finalmente planear para la última noche de la estadía de Remedios, asistir a cenar y divertirse en algún show nocturno.
Remedios, enclaustrada en su vida de trabajo, nunca se había tomado vacaciones. Si bien había viajado por el interior de
Bailando entre sus brazos volvió a sentirse joven. No le importó la edad de su acompañante; al contrario. Ella era la mujer soltera, la joven llena de ilusiones, antes de casarse. La mujer ávida de cariño y la mujer cuyo corazón no había amado y su ser le reclamaba de lo que siempre estuvo carente: una pasión. Cerró los ojos a su vida anterior y se dejó ir por la aventura, por los deseos de un nuevo aliento que reavivara sus sentimientos. Ella se sentía en esos momentos como la joven estudiante pronta a iniciar una nueva vida.
Compartieron el lecho. El casto, sin haber conocido mujer, se entregó al sueño que se convirtió en realidad, a la posesión real de la mujer mitificada. Ella, sin haber sentido jamás a plenitud la dicha y el placer del amor, como en un remolino se hundió en un sensualismo incontrolable del éxtasis como culminación de la entrega carnal. Y por vez primera se sintió una mujer feliz, libre y satisfecha. Esta entrega, esta pasión, no la pudo terminar esa noche, por lo que pospuso su regreso, viviría unos días más como si fuera su luna de miel, de la que a su tiempo, no disfrutó.
Días después, al volver a la realidad, no le dio a Ausencio ningún dato sobres su vida, ocultándole su verdadero nombre y ante reclamos de él, se opuso a reunirse en México, sentía un gran pavor que su relación llegara a conocerse. Sólo se reunirían cuando él regresara a cursar sus estudios en Stanford y ella viajaría para estar juntos. San Francisco sería únicamente el lugar de su entrega, de su amor, de su pasión y de la nueva vida que consideraba era la que debería haber vivido en su juventud. Entonces, la ciudad de San Francisco se convertiría para Ausencio, como vivir en el verdadero paraíso y para ella, el lugar donde justificando los viajes tanto de negocios como de vacaciones y de reunión amorosa, como una válvula de alivio para todas sus tensiones motivadas por la vocación a su trabajo. Con un beso, para ambos con un sentido de agradecimiento, se despidió de él en el aeropuerto.
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Regina no aceptó irse a vivir al departamento que su amante le ofreció para formar su hogar ni siquiera aceptó conocerlo ya que lo consideraba como el leonero de su amante, lugar al que llevaba a todas sus conquistas y no se consideraba una igual a las muchas que se acostaron con él, allí. Ella decidió continuar viviendo al lado de su madre. Internamente se sentía incomoda por la vida oculta que llevaba, se sentía sucia, que había roto la confianza que Remedios siempre había depositado en ella al encubrirle la presencia de su amante. Por lo tanto, le prohibió a Roberto que por ningún motivo la buscara en su domicilio, le impuso la condición de sólo verse a la salida de la institución bancaria y si por alguna razón lo hiciera, rompería su relación. No quería que su madre se llegara a enterar que tenía un amante, que además éste era un hombre ya maduro que por la edad podría ser su padre y esto, al saberlo Remedios, le causara un grave disgusto.
Cuando la producción de la fábrica abrumaba al Contador, retrasando los informes, el control para el pago de los impuestos y las nóminas al seguro social, Regina, al salir del banco, ayudaba en la administración al conocer el sistema de contabilidad muy bien, el cual lo había implementado durante su período de estudiante al cursar el último semestre de su carrera. Coincidiendo con estas salidas de Regina, Roberto al llegar a buscarla a su oficina y no hallarla, su imaginación empezaba a volar. Dudaba de la explicación que Regina le daba que acudía a trabajar a la fábrica. Si esto fuera verdad, entonces ¿por qué se negaba a que la buscara allá? Por lo que empezó a sospechar de un posible engaño; a pensar que posiblemente se reunía con algún otro empleado del banco o con otro hombre. Tenía miedo de que por su edad, lo dejara de amar y sin control de sus sentimientos, empezó a celarla y empezó a acosarla. Sobre todo su vanidad estaba en entredicho: no podía imaginarse como un cornudo; él, que tantos cuernos había puesto, ahora probablemente se los estaban poniendo…Y buscó otros medios para retenerla.
Empleando a los abogados del jurídico del banco, amigos suyos, consiguió el divorcio de la esposa y con el documento de la separación de su estado civil en la mano, se lo mostró a Regina al mismo tiempo que, diciéndole que estaba libre, le pidió que se casaran. Tan vehemente lo vio en ese momento, que Regina se asustó, comprendiendo la magnitud del problema en que estaba involucrada. Se imaginó verse casa con un Otelo que siempre la estuviera celando, acechando y coartando su libertad: si ahora empezaba a ser un tormento para ella, que sería cuando Roberto fuera un anciano…No, tendría que recapacitar sobre su relación.
En una reunión para efectuar el brindis de fin de año, junto con todos los empleados de la subdirección a que pertenecía dentro del banco, Regina, divirtiéndose y bailando con el mismo compañero durante el convivio, al llegar Roberto y observar su comportamiento le reprochó su conducta. Ella no le hizo caso, se encontraba feliz y si no estaba haciendo nada malo y departía con sus propios compañeros, no tenía porque acatar su recriminación.
Roberto, lleno de celos, siempre parco en el beber, esa noche se le pasaron las copas y borracho le escenificó un teatro: la insultó, la jaloneó tratando de sacarla de la fiesta y saliendo en defensa de Regina, golpeó al compañero de baile. Luego armó la gran bronca cuando por la fuerza, a empujones, todos sus compañeros lo sacaron de la reunión…Y la fiesta se terminó.
Por su trayectoria en la institución, no lo despidieron, sino le propusieron una transferencia con cargo gerencial a una sucursal extra frontera, específicamente a la ciudad de Chicago como primera opción. Considerándolo una buena propuesta, aceptó teniendo en mente que también aceptaría Regina irse con él. Ansiosamente la buscó ofreciéndole el oro y el moro para que partiera en su compañía; pero sólo encontró de ella, rechazo e indiferencia.
Regina, después de un poco más de dos años de empleada, unos días después de la aciaga fiesta y del período vacacional por fin de año que disfrutó por ley, asistió el primer día laboral al banco únicamente para presentar su renuncia y recoger sus objetos personales. Por la tarde de ese mismo día, ocupó un puesto de la dirección en la dirección de la fábrica que su madre le ofreció desde el primer día de su titulación.
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Las exportaciones hacia
Los viajes inicialmente mensuales, con el tiempo empezaron a espaciarse. Remedios sintió que el fuego inicial de la pasión comenzó a extinguirse para dar entrada al razonamiento. Mujer inteligente, comprendió su situación: emocionalmente la ataba al vago recuerdo del esposo personificado en el físico de Ausencio; personalmente, la ataba a un amor que sólo tenía de común su apasionada entrega carnal, más no lo que ella necesitaba: Comprensión, afinidad de sentimientos, tranquilidad y un amor apacible, que sólo lo podría recibir de una persona de edad madura, de acuerdo a la edad de ella y que fuera su compañero completo de su vida y no un amor oculto, condicional, de algunos días nada más. La diferencia de edades la separaba de su propia serenidad, al dar paso al impetuoso empuje de la juventud de Ausencio. Y así, no podía continuar.
.Unos días antes del fin de cursos del postgrado al que asistió Ausencio en
Días después de la despedida que tuvo con Remedios en el aeropuerto californiano, el joven estudiante recibió en el mismo sitio la visita de sus padres; su madre desde México y su padre, desde Chicago, sitio de la sucursal en la que ya ocupaba su recién puesto gerencial. Nuevamente estaban juntos, como aquella primera vez pasados ya quince años, cuando recibió en su certificado de la escuela. primaria, luego su título universitario y ahora, para recibir el diploma de su maestría.
Ausencio al enterarse de la separación legal de sus padres promovido por Roberto, poco o más bien nada afecto a platicar sobre los problemas familiares de su madre y de los suyos, con su padre; temeroso de hablarle o contradecirle, esta vez le recriminó a Roberto su proceder por haber suscitado tal hecho. El padre se mantuvo callado, impasible, sólo se acerco a Ausencio, lo abrazó y le murmuró al oído: --Algún día te enamorarás, te casarás o vivirás un romance, y entonces, quizá llegues a comprenderme.
Regresando todos a México, Roberto se presentó en la casa matriz del banco para entregar la cartera de asuntos legales de la sucursal foránea y aprovechó para tramitar ante el Director General con el cual mantenía buenas relaciones, la promoción de ingreso para su hijo a un puesto de nivel medio bien remunerado, anexando el excelente currículum de sus estudios. Le ofreció como regalo, ya que él difícilmente lo volvería a ocupar, el departamento de soltero de su propiedad para que lo habitara; pero su hijo, no obstante de recibir las llaves de acceso, solidario con su madre, prefirió seguir viviendo a su lado. Además, tomándose unos días extras de su permanencia en la capital, Roberto aún sintiendo el rescoldo del gran amor que sentía por Regina, nuevamente trató de comunicarse con ella; pero todos sus intentos resultaron infructuosos. Regina lo ignoró por completo. Triste, decepcionado y aún sin resignarse, Roberto se regresó a la ciudad sede de su nuevo empleo.
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De mujer a mujer, extrañada porque Regina entregada de tiempo completo a la fábrica, sin tener amigos o amigas o tal vez algún novio, Remedios platicaba con su hija. Le habló de su vida, de su boda, de su embarazo y de las decisiones que tomó. Si al principio se sintió arrepentida por el cause que tomó su vida, ahora se sentía satisfecha por lo orgullosa de tener una hija como Regina, por su comportamiento, por su preparación y por su apoyo… Y si al presente, a la edad que tenía, ya no siendo una joven inexperta, sino una mujer con experiencia, pasara por una situación difícil o por un fracaso sentimental y…
--Por si me embarazo… mamá, ¿eso es lo que tratas de decirme?
--Sí hija, yo no te reprocharía nada si llegaras a tal situación…
Remedios temía al verla dedicada al trabajo, como ella después de la muerte de su esposo, se quedara soltera y aunado a que la notaba triste, algo decaída, quizá sufriendo alguna depresión, esto fuera motivo de su enclaustramiento en el trabajo. Trató de contarle la experiencia amorosa a la que había dado fin; pero tuvo miedo de que no la comprendiera y se le borrara la imagen de la madre dedicada a ella y al trabajo y que había preferido esta vida, sin casarse, sin amor, renunciando a todo sin pretender vivir su propia existencia. Por unos segundos se quedó callada, sacándola de sus pensamientos, la voz de Regina:
--No te preocupes mamá. No me pasa nada… Quizá un poco descontrolada por salir del banco y todavía no acostumbrarme al trabajo administrativo de la fábrica… Y te comento para tu tranquilidad: sí, he tenido novios; pero sólo han sido para pasar el rato. Quizá pensé en cierto momento casarme con un pretendiente del que sentí enamorarme, no te digo que no me gustaba; pero era mayor de edad, ya maduro, podría ser mi padre y no acepté su proposición. Yo espero a mi príncipe azul, a un joven adecuado a mi educación y no te inquietes, no me quedaré para vestir santos y te daré algunos nietos; pero ahora, me siento feliz de estar trabajando a tu lado. Y de la tristeza que notas, ¡mírame, ya desapareció! –Mostrándole una amplia sonrisa, abrazó a su madre y ésta, tranquila le informó:
--¡Qué bueno que sea así, hija! Porque he pensado dejarte al frente de la fábrica, una vez que domines todas las ramas de la producción. Un grupo industrial del norte pide que me asocie con ellos para montar una fábrica en Centroamérica. Si se llega a un acuerdo te dejaré sola por un período de un año o algo más; pero eso sí, sin dejar de darte mi apoyo o mis consejos cuando se te presente algún problema. Viajaré en un principio entre Monterrey y la capital y a
la concertación del consorcio, me trasladaré a montar fábrica y oficinas en Costa Rica. ¡Óyeme bien Regina! No te presiono, es mi condición: sólo con tu aprobación intervendré en esa sociedad con la confianza de tenerte al frente, manejando la fábrica.
--¡De acuerdo mamá, adelante con la nueva sociedad!
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A un requerimiento del banco enviado a Regina para que se presentara a recoger la liquidación que por ley, le entregaba la institución por el período que permaneció como empleada. Dudó mucho en presentarse, decidiendo finalmente tirar a la basura la misiva y olvidarse del banco y de todo lo relacionado con la institución. Dos meses después le llegó el segundo recordatorio, entonces lo pensó mejor, no obstante de que la cantidad era de poca importancia para ella, era su dinero, era lo que le correspondía por el trabajo desarrollado y decidió ir.
Acudiendo a la oficina que la citaba, fue atendida por un joven empleado de recién ingreso. Durante el trámite burocrático permaneció sentada en la sala de espera hasta que para recoger el cheque respectivo, se fijó en la persona que se lo entregaba: Un joven alto y de buen porte, con mucha similitud al físico de Roberto; pero sin parecerse a él en lo guapo, aunque eso sí, muy varonil. Desechó el absurdo pensamiento que le llegó y molesta se levantó hacia el mostrador que los separaba. Recibió el documento, en eso, sus miradas se cruzaron y la contrariedad que mantenía, se disipó: le agradaba la persona. Tomó el documento, manteniéndose en silencio, no quería entablar plática de ninguna clase con ningún empleado bancario, ya bastante experiencia había tenido con Roberto y no estaba loca para iniciar otra amistad. Ya se retiraba cuando el empleado le dijo que lo disculpara; pero el finiquito laboral no estaba listo, faltaba la firma del Director de recursos humanos al encontrarse ausente y tendría que regresar nuevamente a firmarlo o le diera su teléfono para concertar cita y llevárselo a donde ella lo dispusiera. Presurosa por salirse del ámbito bancario que le molestaba y no dar la cara a sus antiguas amistades, sacó de su bolso una tarjeta, se la entregó y de inmediato, salió del banco.
Días después recibió la llamada telefónica, preguntándole si podía asistir al banco o dónde se podrían ver para entregarle el finiquito legal. Regina presta en ese momento para salir a reunirse con un proveedor, le indicó que comería en un restaurante muy cercano al banco y que al filo de las dieciséis horas, una vez que hubiera terminado su reunión, lo esperaba.
Ausencio muy puntual, se acercó a la mesa donde ya se encontraba sola, Regina. Se sentó a la mesa previa invitación de la mujer, sacó sus documentos y se procedió a la firma del escrito pendiente con el cual terminaba la relación contractual entre ambos, banco y empleada. Regina se levantó para retirarse y al escuchar la invitación de Ausencio para degustar algún cóctel; no dudó, lo vio a la cara y se sintió a gusto, aceptando. En amena charla iniciada por el joven empleado, Regina se dio cuenta de que era una persona culta, educada, con mucha preparación académica, buen talante y le agradaba su apariencia varonil y aceptó también la propuesta de Ausencio de convertirse en amigos.
No tardó mucho en recibir una invitación para acudir a un concierto en Bellas Artes y a su término, cenar en un buen restaurante. Regina recordó la charla que tuvo con su madre de que saliera con amistades para distraerse de los compromisos y el pesado manejo de la fábrica, por lo cual, ante la presente oportunidad de hacerlo, aceptó.
A este primer convite, se sucedieron más, permitiendo Regina el galanteo de Ausencio, pensando que no sería desagradable con el tiempo, ser su novia. Pero su pretendiente no pensaba igual, él iba directo a sus deseos. En un discreto y exclusivo piano bar, cenando en intimidad, Ausencio le entregó una sortija y la petición de mano para contraer matrimonio; desconcertada, quedándose sin aliento, permaneció callada. Su ocupación le absorbía todo su tiempo y nunca había pasado por su mente, en esos momentos de su vida, casarse. Sólo le contestó que le diera tiempo para pensarlo. Llegando a su casa, Regina llamó por teléfono:
--¿Mamá?, ¿cómo estás? Disculpa que te llame tan tarde… No, no hay problemas en la fábrica…te llamo en forma personal… Acabo de recibir un anillo y una propuesta formal de matrimonio. Es un buen muchacho, una excelente persona, no de nuestra posición económica; pero con mucho futuro y aunque no estoy muy segura de aceptarlo, no me quedo con las ganas de comunicártelo… ¿Qué opinas?
--Excelente noticia hija, yo estoy de acuerdo y te apoyo en la decisión que tomes.
--¿Cuándo tienes pensado viajar a México? No es necesario que adelantes el viaje, sólo necesito el tiempo aproximado para que en caso de aceptar, le de una fecha tentativa considerando los días en que te encuentres por acá… No corre prisa.
--¿Te parece correcto en unos dos o tres meses o es mucho tiempo?
--No mamá, me parece correcto. –Regina se despidió, oprimiendo con sus dedos el interruptor de la línea quedándose con el auricular sobre su pecho, pensando en la decisión que tomaría. No estaba aún del todo convencida, no estaba el matrimonio en sus planes. Recostada, ya próxima a dormir, decidió que en la próxima cita con Ausencio, lo resolvería.
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Al término de bailar las cuatro o cinco melodías de la tanda que ejecutaba un quinteto romántico que amenizaba el salón del piano bar, se sentaron en torno a la mesa que ocupaban. Una pequeña mesa circular cubierta con un terciopelo rojo; tan pequeña que les permitía estar casi juntos. De su bolso, Regina sacó el estuche que contenía la sortija y lo entregó. Confundido, Ausencio le pregunto:
--¿Me lo devuelves?...entonces, ¿no me aceptas? –Sonriendo, muy tranquila, suavemente, como un susurro pronunciado cerca de su oído, Regina le dijo:
--Te lo devuelvo para que saques la sortija y la coloques en mi dedo… Acepto. -Regina extendió su mano y él solícito le colocó el símbolo de su compromiso. Luego, tomó las dos manos de la ahora su prometida, y con las suyas, apretándolas, las besó, diciéndole:
--Gracias Regina, te juro que serás la mujer más feliz del mundo…
Llamó al mesero y le pidió una botella de champaña para celebrar el acontecimiento. Brindaron y bailaron varias veces hasta que le dieron fin a la botella y no acostumbrados a la bebida alcohólica, achispados, muy alegres, se retiraron del salón. Abordaron su auto y en el interior, se acariciaron con efusión y los deseos de ambos, contenidos por mucho tiempo, afloraron sin poder controlarlos. En el cuarto de un motel, se entregaron. La comunión de sus cuerpos fue perfecta. La experiencia adquirida de sus antiguos amantes la vertieron en ellos mismos, haciendo del acto sublime de amor la plena satisfacción material y diáfana de sus cuerpos y de sus sentimientos. Al final de la entrega, Regina, cansada y con el cuerpo relajado, abrazando a su prometido, no lo dudó más: lo amaría, sería la esposa del hombre esperado y deseado para ser suya totalmente.
Apenado, Ausencio al día siguiente la llamó y se citaron para comer juntos. Mientras tomaban sus alimentos, ambos permanecieron en silencio. Al servirles el café, Ausencio con la cabeza inclinada fijando su vista en la pequeña taza, rompió el silencio y le habló:
--Mira Regina, no quisiera que nuestra relación se convirtiera en amasiato. Te amo tanto para tan siquiera pensarlo, por lo que te propongo: Vamos a casarnos por lo civil, de inmediato, en cuanto cumplamos todos los requisitos…Quiero que seas ya mi esposa… ¿Te parece bien?
--¡Estoy de acuerdo! –Entrecruzaron sus manos y Regina, sintiendo la limpieza y honorabilidad de Ausencio, mirándolo a los ojos con ternura, le brotaron lágrimas de alegría y le reafirmaba su naciente amor. Al levantarse de la mesa ya para retirarse, él la invitó:
--Vamos a mi casa, te presentaré a mi madre…
--No, no creo que sea el momento, no quiero aún formalismos familiares… Hasta que llegue mi madre y confirmes que venga tu padre, lo cual dudo según lo poco que me has platicado de él; pero si viene y se reúne con tu madre, cuando estemos todos juntos, formalizaremos nuestra unión familiar. Por lo pronto, somos adultos y resolvamos nuestra boda civil por nosotros mismos, no necesitamos más.
Una semana después, por la ley, se casaron. A sabiendas que quizá no tuvieran por el momento su viaje de luna de miel, mientras la fecha de la ceremonia religiosa llegaba, los días se les hacían largos en espera de la noche para disfrutar al reunirse, la pasión de su amor. El período de espera por sus familiares y de su enlace, lo vivieron intensamente en un marco de adoración mutua.
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Ya terminados todos los preparativos de la boda, sólo quedaba pendiente de decidir donde instalarían su hogar. Regina sugería y ya lo tenía preparado, que vivieran en su casa; era tan grande, quedaba cerca de la fábrica y no estando Remedios, la residencia era para ellos solos. Él, en secreto remodeló el departamento que le regaló su padre. Pensó que al final de la fiesta, como sorpresa la llevaría a pasar la primera noche y si contaba con su aceptación, sería su hogar para todas las demás noches de sus vidas.
La boda se celebraría en forma sencilla, pero muy elegante. Regina invitó a muy pocas amistades, casi a todas las pocas que conocía, a algunos proveedores y a los clientes más importantes de la fábrica. Ausencio a dos compañeros del banco y a su madre. A nadie más. Por lo tanto, estaban listos esperando la presencia de su madre y de su padre, respectivamente, para estar completos y se realizara el enlace religioso.
Juntos acudieron el miércoles de la semana previa a la boda, al aeropuerto a recibir a Remedios. Cuando apareció por la sala de llegadas internacionales, Regina corrió hacia ella con los brazos abiertos… él, la reconoció… y se quedó petrificado, solamente pudo cerrar los ojos…
--¡Ausencio, mira, esta belleza es mi madre! ¡Mamá, te presento a mi esposo! –Ante el silencio de ambos y luego su ostensible turbación, sospechando que sucedía algo raro, mirándolos uno al otro, Regina les preguntó:
--¡Qué acaso se conocen? -Remedios, lentamente, tratando de controlarse, le contestó:
--Me parece que sí…creo que en algún vuelo que hice a San Francisco, fuimos pasajeros del mismo avión… pienso haberlo visto sentado en la misma fila…-Asintiendo, turbado, Ausencio le contestó: --Creo que allí fue…en mi primer viaje que realicé para inscribirme en la universidad, le cedí mi lugar en la fila; pero eso hace ya más de dos años… Señora, la felicito, tiene usted muy buena memoria. –Alargándole el brazo para saludarlo, controlada y dueña de sí, lo saludó:
--Bueno, pues mucho gusto…así que tu eres el que me ha robado a mi hija…
--Si señora, el gusto es mío y también me da mucho gusto en ser el ladrón…-Riendo los tres, se terminó la tensión inicial de la presentación y de inmediato, Ausencio tomó las maletas de mano y emprendió el camino hacia el estacionamiento, seguido por el utilero que transportaba el equipaje de Remedios. Durante el trayecto a casa se mantuvo callado, al contrario de Regina cuya euforia no tenía fin, no parando de hablar contándole los preparativos y los detalles de la boda del próximo domingo, irradiando felicidad. Remedios muy pensativa, no la escuchaba; rogaba a Dios que la iluminara y le indicara que era lo más conveniente que tendría que hacer para no destruir la felicidad de su hija; que el castigo por su pecado lo sufriera ella y no en estos momentos tan importantes, lo sufriera Regina, trastocando su destino al suspender su boda, boda que no podía realizarse.
Llegó a la casa, bajó el equipaje y Ausencio se despidió, pretextando tener compromisos con el sastre y con sus amigos para la despedida de soltero. Jueves y viernes no se vieron, hasta el sábado en que pasó por ella para ir nuevamente al aeropuerto. Llegaba su padre.
En el mismo sitio donde tres días antes estuvieron, hacían guardia en el hall de espera. De momento, por sus espaldas, Roberto hizo su aparición tocándole el hombro a su hijo; éste al voltear, efusivamente lo saludó y lo abrazó. Volteando hacia Regina y quedar Roberto frente a frente ante ella, antes de que Ausencio se lo presentara, abriendo desmesuradamente los ojos preguntando con un grito que se confundió con un gemido, le expresó:
--¡Él… él!… ¿es tu padre? –No pudo pronunciar más palabras, pesadamente cayó desmayada.
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Sin entender que había sucedido, Ausencio, asustado, introdujo sus brazos bajo el cuerpo inerte de Regina, la levantó y a la indicación del policía de vigilancia que se acercó, se dirigió cargándola hacia los servicios médicos del aeropuerto. La depositó en una camilla y le enfermera de turno le preguntó que le había pasado y cual era el motivo de su estado y aún confundido le contestó que sólo se había desmayado. Salió el doctor, le revisó ligeramente y ordenó la pasaran a la sala para auscultarla. Ausencio se quedó de una pieza en el vestíbulo, reaccionando después para correr al teléfono para comunicarle a Remedios el desvanecimiento de Regina y el lugar donde se encontraban. De regreso, en el mismo vestíbulo encontró a su padre, preguntándole:
--¿Qué pasó papá? –Él temeroso le contestó:
--No se hijo, no se que pasó… -Levantando la voz, Ausencio le repitió:
--¡Qué pasó, te exijo que me lo digas! ¡Te vio y se desmayó! ¿La conoces, verdad? –Con la cabeza agachada y apesadumbrado, entre dientes le respondió:
--Es mejor que se lo preguntes a ella… -Salió del vestíbulo y en la puerta le dijo: --Voy a guardar mi equipaje en una gaveta, en un momento regreso a acompañarte.
Al llegar Remedios, de inmediato pasó al interior del consultorio al lado de su hija. Minutos después, al volver de su inconciencia, el médico permitió la entrada de Ausencio y éste acercándose amoroso, no esperaba la respuesta que le dio Regina:
--¿Qué te sucedió mi vida… ya te encuentras bien?
--Vete por favor… no te quiero ver más… aléjate de mí, por favor… -Los sollozos que no dejaba de externar, le impedían a Regina hilar las palabras.
--¿Pero por qué me corres amor… qué te pasa?
--¡Que te largues de mi vida! Nuestro amor no puede ser…
--¿Pero porqué? –Regina se recostó en la mesa de exploraciones, su madre de pie a su lado le acomodó la almohada tras su espalda y la abrazó. El rostro de Regina recargada en el pecho de su madre, continuaba sollozando, de momento volteó y contestó dejando sorprendidos tanto a Remedios como a Ausencio, con su confesión:
--¿Qué porqué? ¿No te ha dicho nada tu padre?, -después de un tenso silencio, dijo:
--Lo nuestro no puede ser…Tu padre y yo… fuimos amantes.
Con un llanto compulsivo se recostó en la mesa. El médico se acercó y le aplicó un sedante inyectado. Al dormirse, Remedios pidió la ambulancia al servicio médico para trasladarla a un sanatorio particular. Al pasar la camilla frente a Ausencio, que tras escuchar la revelación no se había movido del lugar, Remedios le recomendó:
--Es mejor que no la acompañes. Déjala descansar, mañana ven a verla.
Ausencio vio pasar la camilla aún sin moverse del lugar, hasta que salió del vestíbulo. Al ver entrar a su padre, se dirigió hacia él y tomándolo por las solapas del saco, sacudiéndolo y descargando la rabia contenida, le gritó:
--¡Maldito seas! ¡Destrozaste la vida de mi madre y ahora destrozas la mía! ¡Qué te hemos hecho para recibir de ti tanta maldad! -Lo arrojó contra la pared y sin ver que daño le causaba a su padre, rápidamente salió del servicio médico y aún rabiando, abandonó el aeropuerto.
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Contrito, decaído, Roberto se presentó a la casa de su única esposa, la saludó y le pidió permiso para entrar. Antes de penetrar a la sala, le preguntó por su hijo:
--¿No ha llegado Ausencio?
--¿Pues no fue a recibirte al aeropuerto? ¿Acaso no se vieron? -Roberto no contestó. Se sentó en el sofá y le pidió a la mujer que se sentara a su lado, la abrazó y bajándose de su asiento, se hincó frente a ella, acercó su cabeza inclinada entre su pecho y por primera vez en su vida, lloró, contándole lo sucedido en el aeropuerto. Estaba muy arrepentido y como una confesión ante un sacerdote, continuó platicándole todo como una descarga de su alma, pidiéndole lo perdonara y tratando de resarcir la vida de su esposa, le dijo:
--Sé que te he hecho mucho daño, ahora me doy cuenta de todo el mal que he regado por mi paso… Espero con ansia tu perdón y que mi hijo llegue a perdonarme. Te prometo que cambiaré…este año cumpliré treinta años de trabajar en el banco y me voy a jubilar. Me siento muy solo y quiero reparar mis errores… Te ruego me permitas regresar a tu lado…-Su mujer lo abrazó, cobijándolo entre sus brazos y lloró junto con él.
Ausencio llegó en ese momento, aún desencajado, lo vio y lo increpó:
--¿Qué haces aquí, aún no te cansas de burlarte de nosotros? ¡Lárgate, aquí no tienes nada que hacer! ¡Fuera de la casa, maldito! –Su madre trató de calmarlo y de consolarlo; pero Ausencio le retiró los brazos que le ofrecía para ceñirlo sin hacerle caso. Roberto se levantó y se dirigió hacia la puerta para retirarse y ante esta acción, Ausencio cruzó la sala y se encerró en su recámara tendiéndose en la cama y tapando su cara con la almohada, dio rienda suelta al dolor que sentía por la pérdida de su amor.
Aún era de madrugada cuando despertó, sintiéndose más tranquilo. Mucho había meditado antes de dormirse sobre su situación y sí, Regina tenía razón: su amor ya no podría ser; pero no era sólo por culpa de su padre ni de la relación que tuvo con Regina, si no también era culpa de él y de Remedios. Si Regina se hubiera enterado de que su madre y él también habían sido amantes, que había sido suya durante su estancia en San Francisco, aún desconociendo la relación de su padre o que este amorío no hubiera sucedido, tampoco su amor con ella podría ser. No podrían vivir con el estigma de sus amores prohibidos, de sus amasiatos incestuosos. Todos tenían la culpa, su padre, Regina, Remedios y él, todos habían sido partícipes de la misma tragedia. Cerró sus ojos, como tratando con este hecho, cerrar el capítulo recién vivido; pero no pudo…las lágrimas afloraron nuevamente y el recuerdo de Regina surgió con mayor fuerza…No se levantó en todo el día, permaneciendo encerrado en su recámara sin hacerle caso a los ruegos de su madre para que abriera y entrara a consolarlo. Este día era el día más soñado de su vida y no se haría realidad su sueño. Su dolor era suyo nada más y no lo compartiría con nadie.
Durante el curso de la mañana, por causas no claramente explicadas a los invitados, la ceremonia, el banquete y la fiesta, se suspendieron. No habría boda…
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Citados en el juzgado civil para finiquitar el trámite del divorcio, la separación legal de su matrimonio buscada por ambos de necesidad, aunque en lo profundo de su ser no la deseaban, Regina y Ausencio al estrechar sus manos como saludo habitual, un chasquido eléctrico se produjo que recorrió en un instante todo el cuerpo de ambos y funcionando como un imán se sintieron atraídos, provocándoles un deseo irrefrenable de estar juntos. Se pertenecían tanto el uno al otro, que no podían concebirse separados. Pero surgía ante ellos la barrera infranqueable de su amor que se convirtió de lo más sublime en lo más imposible. Era la barrera que los separaba y los fijaba al piso, impidiéndoles dar el paso inicial o quizá el paso final que uniera a sus almas a sus cuerpos afines.
El juez dictó la sentencia, estaban separados. El vínculo matrimonial estaba disuelto. Firmaron el documento, Regina externaba su dolor con sus lágrimas; Ausencio con lágrimas de impotencia que recorrían su interior, sin brotar por sus ojos.
Al salir del juzgado no se despidieron, Remedios, abrazando a su hija y caminando hacia la salida, se detiene un momento, deja a Regina al cuidado de su tía, regresa rápidamente y se despide de Ausencio y sólo moviendo los labios, como un susurro, le dice: --Gracias por tu discreción. –Y con sus ojos y una ligera inclinación de su rostro, le agradece que haya guardado silencio, que se haya portado como un caballero al no haberle confesado a su hija de sus relaciones, que de haberlo sabido, las hubiera separado para siempre. Da unos pasos y voltea hacia donde está su hija, la abraza nuevamente y juntas cruzan el umbral de la puerta; Regina se detiene, gira sobre sí misma, cruza su mirada con Ausencio, hace el intento de correr hacia él para abrazarlo, para besarlo, para decirle que nunca lo dejará de amar; pero Remedios la detiene, la consuela, la calma… Ausencio, de pie en el centro de sala del juzgado, levanta la mano y sin hablar, la mueve despidiéndose y al ver salir a Regina del recinto judicial, sabe que fue la última vez que pudo estar junto a ella, que la separación será para siempre, que también nunca la dejará de amar y que jamás, se volverán a ver…
Max Villareal.
Septiembre de 1998.
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