martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "Los Angelitos"


Por Max Villareal


A: Paloma, Maggie, Tito, Oma, Ofi, Tanita, Pablis, Joaquín, Alegría y los próximos, hermosos nietos y bisnietos.


Hace muchos años, tantos que en realidad no sabía decir si la historia fue verídica o sólo fue producto de mi propia imaginación, al vivirla en una noche, cuando un niño, por que fue un niño con el que la viví; que se acercó a mi pidiéndome ayuda para encontrar su casa ya que se encontraba perdido. Yo volteé para todos lados y la calle estaba vacía, no se encontraba ninguna persona, y me extrañó porque a esa hora siempre estaba muy concurrida la zona por donde acostumbraba caminar rumbo a mi casa, ya que regresaba de trabajar. Un poco intrigado por ser una hora en que ningún niño debería andar solo por las calles y menos de esa edad, me detuve y le pregunté:

-¾¿Conoces la calle dónde vives? Si no es así, no te preocupes, yo te llevo a tu casa.

-¾No la sé señor, no sé donde vivo. --Aferrándose a mi pantalón, vi su carita que reflejaba mucho miedo.
-¾Ya te dije que no te preocuparas, a ver, ¿Cómo te llamas?

-¾No lo sé señor, tampoco sé como me llamo y tengo mucho miedo

-¾¿Miedo de qué? Dime que te sucede y como es que estás aquí y solito. --El niño me soltó el pantalón y me pidió que lo escuchara, levanté la vista recordando que en la siguiente esquina estaba un jardincito con unas bancas, lo invité a ir hacia ese sitio y luego de sentarnos le pedí me contara que le pasaba. El niño volteó hacia el cielo y me dijo:

-¾Mire señor, yo estaba junto a mi mamacita, me llevaba de la mano e íbamos rumbo a la panadería cuando por ir jugando con unas canicas que llevaba en mi mano libre, se me cayeron, me solté de la mano de mi mamá y bajé a la calle y solo escuché que mi madre gritaba y luego vi todo negro y la luz llegó a mis ojos cuando noté que iba yo volando hacia el cielo llevado por unos angelitos que tomaban cada uno mis manitas, de momento me sentí muy contento de ir volando como un superhéroe; pero recordé que iba con mi mamá y les pregunte a los angelitos que hacia donde nos dirigíamos y uno de ellos me dijo:

-¾Hacia el cielo, te llevamos con Diosito. --Le pregunté porqué y me contestó que yo sería dentro de poco tiempo otro angelito como ellos. Yo le dije que no quería ser como ellos, que yo quería estar junto a mi mamá, que no la quería dejar solita, ya que yo era su único hijo y su única compañía y si me llevaban, ella no tendría a quien cuidar y con quien acompañarse ya que mi papito tampoco estaba porque trabajaba muy lejos y no estaba junto a nosotros y como yo era el hombre de la casa, tenía que cuidar a mi mamacita de que no le pasara nada. Que yo iba a estudiar mucho en la escuela para ser un gran doctor y proteger a mi mami para que nunca se enfermara. Los angelitos se detuvieron, sentí que bajábamos y de repente me encontré solo en la calle y frente a usted señor y no recuerdo más ni como me llamo ni donde vivo.

Tomé al niño de su manita y comencé a caminar con rumbo a la panadería mas cercana que conocía para ver si por allí él recordaba del lugar o algunas personas lo reconocían, pero lo raro es que todo estaba vacío ni coches ni personas circulaban. Vi la hora y mi reloj se había parado marcando un cuarto para las diez de la noche. A lo lejos y muy cerca de la entrada de la panadería estaban unas personas formando un grupo rodeando a una persona y a una ambulancia con las puertas traseras abiertas, pero nada ni nadie se movía, todo estaba estático, en quietud, sin movimiento alguno y lo más raro, sin ruido alguno, todo en silencio. El niño se agitó, se puso nervioso tratando de safarse de mi mano pero no lo dejé, lo así fuertemente y casi al llegar al grupo, gritó: -¾¡MAMA! Le solté la mano, el niño se metió entre las piernas de las personas y de inmediato todo tomó movimiento. Al asomarme entre los hombros de la gente, vi. al niño que se bajaba de una camilla y abrazaba a una señora que estaba muy triste y con su cara llena de lágrimas diciéndole a la vez que su rostro cambiaba con un rictus de alegría y asombro:

-¾ ¡Luisito, hijito mío! ¡Estás vivo! --Yo me quedé parado, sin decir una sola palabra. El niño nuevamente de la mano de su mamá, pasó junto a mí sin hablarme, sólo levantó su vista y sonrió levemente. Los seguí con la mirada y unos pasos después, el niño volteó y me dijo muy quedamente, casi propiamente leyéndole los labios: -¾Gracias, señor. --Continuando su caminar hasta perderse de vista en la siguiente esquina.

De los camilleros, uno de ellos rascándose la cabeza, al mismo tiempo que metían la camilla a la ambulancia, exclamó:

-¾Esto no puede ser… el niño estaba muy golpeado, estaba realmente muerto… y de repente ¡sana!, no tiene ninguna herida y se baja caminando directo a su mamá. De plano no lo creo, esto verdaderamente sólo puede ser un milagro. --Se suben al vehículo, arrancan y con su ensordecedora sirena, se alejan del lugar. La gente poco a poco, sin comentario alguno se retiran y yo, lentamente cruzo la calle con rumbo a mi hogar también sin dar crédito a lo que había vivido; pero al sentir mojado mi pantalón, lo reviso y noto que está manchado de sangre, sangre que sin lugar a dudas era de la manita del niño cuando me tomó de la pierna… entonces, sí fue cierto lo sucedido, todo fue verdad y aprieto el paso para llegar lo antes posible a casa y platicárselo a mi esposa y sobre todo, cuando llegue el momento en que mis nietos crezcan, narrarles este hecho para cuando salgan a la calle acompañando a su papá o a su mamá, ellos nunca suelten la mano de sus papacitos, la mano que los protegerá, para que no se vayan a convertir en angelitos de Dios, antes de que hayan vivido su vida.


MAX VILLAREAL

Noviembre del 2004

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