martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "Amor en dos tiempos"


Por: Max Villareal



A Ricardito, un eximio guitarrista que seguramente estará en el cielo, deleitando con su arte al Ser Supremo

MARÍA

Don Feyo, como todos los habitantes varones del pueblo y como todos sus ancestros, fue pescador. Dedicado a su oficio que con mucha habilidad y destreza practicó durante su juventud que le permitió ahorrar algún dinero, el suficiente para independizarse de su familia, decidió casarse. Su esposa, que descendía de una familia de músicos, aprendió de ella el pulsar la guitarra y el violín. Como todos los veracruzanos que traen innatos el ritmo y la cadencia, decidió dejar la pesca para formar un conjunto musical al que se dedicó de tiempo completo. Su grupo muy bien conjuntado con la especialidad de los ritmos tropicales y afrocubanos, fue muy solicitado para amenizar todos los bailes y festejos, tanto el de los pueblos vecinos como en el suyo propio y en tiempo de carnaval, en el puerto de Veracruz.

El matrimonio procreo siete hijos; seis mujeres, de las cuales María era la mayor, y un varón, el menor, llamado Ricardo. La madre aún joven; pero por la vida dura a que se ven sometidas las mujeres del pueblo, avejentada y muy cansada, murió de muchos achaques sin precisar cual de todos los males la llevó a la tumba. Por tanto, María, recién cumplidos los quince años, se hizo cargo del cuidado de sus seis hermanos menores.

La muchacha, muy jacarandosa, con una cintura muy estrecha que realzaba sus caderas, las cuales con movimientos rítmicos, meneaba al caminar. Sus pasos ya sea con sus sandalias o con los pies descalzos, al darlos parecía que flotaba, sosteniendo su cuerpo con unas piernas perfectas. El torso adornado con un busto pequeño, la cara risueña, ojos color miel bajo unas cejas pobladas y unos labios carnosos, conformándola como una hermosa jarocha, típica de la mujeres morenas porteñas de ese estado del golfo mexicano.

No obstante su belleza, no era muy asediada por los jóvenes lugareños: le tenían miedo al padre, sabedores que Don Feyo por su carácter iracundo era de armas tomar, con el machete al cinto que siempre portaba al protegerla decía, por dos motivos: primero por su hermosura y segundo, por hacerle falta para el cuidado del resto de sus hijos convirtiéndola en la suplente de la madre fallecida. Ella asumió con mucha responsabilidad su destino, quería todos sus hermanos; pero sobre todos, cuidaba mucho al hermanito menor, a Ricardo.

María también heredó el gusto por la música, recibiendo la enseñanza de su madre desde que era una niña convirtiéndola en una excelente guitarrista. De la misma manera como a ella, le enseñó a Ricardo que en cuanto pudo sostener y alcanzar los trastos del pequeño instrumento, un requinto, aprendió los secretos para tocar muy bien la guitarra, en la misma que aprendió María y que ahora le pertenecía a Ricardo, el cual antes de que aprendiera a leer y escribir, tocaba ya sus primeras armonías.

De diversiones, nada. Únicamente Don Feyo le permitía asistir sola a los bailes que se celebraban en la feria anual del pueblo y a acompañarlo en las tocadas foráneas, muchas veces sustituyendo al guitarrista cuando éste faltaba y cuando el conjunto tenía actuación durante el carnaval de Veracruz; a éste religiosamente nunca dejaba de acompañarlo, tocara o no tocara.

FLORENCIO

Las fiestas del carnaval que se celebran en el Puerto de Veracruz, son toda una tradición y para Florencio, asistir a ellas, se había convertido en una obligación. Por nada del mundo faltaba a ellas, llevando varios años consecutivos acudiendo ya sea en compañía de varios amigos, a veces con su hermano menor y otras, como ésta, iría solo. Por hospedaje no se preocupaba, ya que siempre le reservaban una habitación en una casa de huéspedes ubicada en la calle de Esteban Morales, cerca de la zona de tolerancia y cerca del centro del Puerto. La habitación únicamente la ocupaba para descansar algunas horas al día, por que sus alimentos los consumía en el mercado público y en las marisquerías de la misma zona. El resto de sus actividades eran de completa disipación, asistiendo a todos los bailes que se organizaban en la Plaza Zamora, en la Plaza de Correos y a las tertulias organizadas por los salones de fiesta establecidos a lo largo de la costera, dentro de las áreas de las hermosas playas del puerto y en los ubicados en Mocambo y Boca del Río.

Florencio, joven de veintiún años, muy varonil y considerado por las mujeres como muy guapo, el martes de carnaval y último día del período de festividades y de su estancia en el puerto, llegó al salón de la playa de Villa del Mar. Presto a bailar, no descansó ni una sola de las tandas que tocaron las orquestas y cerca de las diez de la noche observó a una joven que le atrajo mucho su atención. Se preparó para la siguiente melodía acercándose hacia el lugar donde se encontraba la joven rodeada por sus amigas; la invitó a bailar, ella lo vio a los ojos y sin titubear, aceptó. Se coordinaron bien al ritmo que la orquesta ejecutaba formando una excelente pareja. Al término de la melodía, sin separarse, como se acostumbra bailar con la misma persona toda la tanda que toca el conjunto, antes de iniciar la siguiente pieza, entabló plática con la hermosa muchacha:

--¿Cómo te llamas? –Viéndola fijamente y con una sonrisa muy zalamera.

--María.

--Tienes el más hermoso nombre, como el de la Virgen… ¿Eres de aquí, del Puerto?

--No, soy de Úrsulo Galván, un pueblo cerca de aquí. –María bajó la vista, algo apenada, no soportando la mirada de Florencio.

--¿Vienes sola? ¿Te puedo acompañar a tu casa en cuanto termine la tertulia?

--No. Vengo con mi padre y muchas amigas. Todos viajamos en una camioneta especial… -Los acordes de la orquesta se escucharon, un danzón, como la siguiente melodía. Florencio la atrajo hacia sí, repegándose ambos cuerpos y existiendo compatibilidad entre ellos en una perfecta sincronía en sus pasos de baile, notándose como una pareja muy bien conjuntada. Cuando la tambora de la orquesta dio los toques que indican que las parejas deben suspender su contoneo, aunque la música continúa, María muy contenta, le preguntó:

--¿Y tú, cómo te llamas?

--Florencio, para servirte hoy y si me lo permites, para servirte toda la vida… -Sin dejar de sonreír, María volvió a apoyar su barbilla en el hombro de su pareja para continuar su baile, cuando se escucharon unos gritos y movimiento de gente cerca del tablado donde tocaba la orquesta: unos jóvenes borrachos suscitaron una reyerta. Al estruendo de unos balazos, la orquesta dejó de tocar y hubo corredera de todos los asistentes. Florencio de inmediato protegió a su pareja con su cuerpo y se cubrió tras una columna. Sin saber lo ocurrido, permaneció así unos segundos hasta que fueron separados por una de las amigas de María, que al llegar a su lado, alarmada, gritándole y jalándola de la mano, le dijo:

--¡María, a tu padre lo balacearon! –Se separó de los brazos de Florencio y con mucha ligereza corrió hasta el círculo formado por los curiosos que se encontraban alrededor de un cuerpo, metiéndose entre ellos hasta llegar al lado de su padre: Don Feyo se encontraba moribundo. Unos camilleros del servicio de vigilancia de la playa, levantaron el cuerpo y lo introdujeron a una ambulancia permitiendo que como familiar, María acompañara a su padre.

Florencio no supo qué hacer, quedándose inmóvil al ver arrancar a la ambulancia. En la mañana, a primera hora, saldría su autobús que lo traería de regreso a la capital; si no lo abordaba, de seguro tardaría varios días en regresar ya que todos los boletos estaban reservados probablemente hasta el lunes siguiente, no contando con recursos suficientes para solventar los gastos necesarios. Caminando por toda la costera regresó a la casa de huéspedes, se tiró a la cama y así, vestido, se durmió pensando en María.

MARIA

Más incrementó la falta de pretendientes el hecho de que a la muerte de Don Feyo, María se convirtió en la cabeza de la familia. El que quisiera casarse con ella, tendría que cargar por lo menos con los cuatro hermanos menores, pues las dos hermanas que le seguían en descendencia las había colocado como sirvientas en la vecina población de Villa Cardel.

Dos fueron sus actividades para allegarse recursos para mantener a la familia: en el transcurso del día tejía y reparaba las redes de los pescadores y por la tarde, cerca del crepúsculo, enseñaba a los jóvenes del pueblo que deseaban aprender a pulsar la guitarra, teniendo como su alumno más aventajado a su pequeño hermano, que tal como ella, había heredado la facilidad para ejecutar el instrumento musical con muy buen oído y mucha digitación.

Su única diversión consistía el día domingo que descansaba, en asistir a misa en la pequeña iglesia del pueblo y rodeada por todos sus hermanos, pasear por el parque y en el puesto ubicado en el kiosco, invitarles unos raspados o unas paletas. Por la tarde, sentada en el porche de su casa, a tomar la fresca tocando y a veces cantando con su guitarra.

De su persona, nada. Su frescura juvenil no requería de ningún tratamiento. El único arreglo que se permitía era pintarse ligeramente los labios y colocarse una flor en el pelo, sobre el costado derecho de su cabeza. Su atuendo normal consistía en un vestido sencillo de percal a la altura de sus rodillas, sin fondo, sobre la ropa interior primordial, calzando diariamente unas sandalias o unos huaraches y los domingos utilizaba unas zapatillas; no obstante la naturalidad de su vestimenta, su belleza costeña llamaba mucho la atención por la sensualidad que irradiaba su cuerpo.

De todos los hermanos el único que asistió a la escuela, fue Ricardo; ya que a María su madre le enseñó a leer y escribir y ella, apoyándose en los libros que conseguía de otros niños, fue la maestra de todas sus hermanas, instruyéndolas con las primeras letras y las primeras cuentas, las elementales.

En las fiestas escolares, Ricardito, así le llamaban, era la estrella. Ejecutaba en su requinto la música veracruzana y los boleros de moda del músico tlacotalpeño tan de boga en esos tiempos, con un gran sentido artístico y definiéndose desde el principio, con un estilo único y diferente a todo lo escuchado, haciendo vibrar a su guitarra. El niño se sentía feliz tocando su requinto y desde esa, su corta edad, la guitarra se volvió su inseparable compañera.

Sólo existía un problema con Ricardito: Hasta los siete años, cuando ingresó al primer año de la escuela primaria, lo vistieron con su primer pantalón y camisa masculinos, porque todos los años anteriores, desde que era bebé de brazos, usó las prendas femeninas que heredaba de sus hermanas mayores cuya convivencia con ellas, que lo trataban como si fuera una muñeca en sus juegos infantiles, le formaron una personalidad ambigua, más femenina que masculina y por ello, era vituperado y maltratado por sus demás compañeros de escuela. Las burlas sufridas le reprimieron su carácter aunado que siempre buscó la protección de las niñas, ya que ellas no lo vejaban sino lo trataban como si fuera una más de ellas, formándosele un temperamento marcadamente femenino que tantos problemas le acarrearían en el transcurso de su vida.

FLORENCIO

Al año siguiente, Florencio se aprestó a viajar dos días antes de lo que normalmente acostumbraba salir hacia el carnaval de Veracruz. En cuanto puso los pies en el Puerto, después de hospedarse en la casa de siempre, se dedicó a buscar a María asistiendo a todos los bailes tanto vespertinos como nocturnos, sin dar con ella. Cuando llegó al baile sabatino en el salón de la misma playa donde conoció a María, estaba anunciado como participante de las orquestas el “Conjunto Cardel” recordando que este era el grupo donde tocaba el padre de María. Después de recorrer todo el salón y confirmando que no estaba presente la muchacha, se apostó en la entrada del salón para avistarla en cuanto apareciera sin bailar ninguna pieza, a pesar que otra jovencita lo veía con insistencia. Ya muy avanzada la tertulia y considerando que María no haría acto de presencia, se decidió a bailar dirigiéndose a la misma muchacha que tanto lo observaba. Bailando bien en pareja, en el primer descanso de la orquesta, animado le preguntó:

--¿Oye hermosa, no eres de casualidad amiga de María, una muchacha de un pueblo cercano y que hace un año…? –Interrumpiéndolo, escuchó lo que deseaba saber:

--¡Ah! Con razón me parecías conocido… ¿Eres tu el chilango que bailó con ella la misma noche en que mataron a su padre?

--Sí, yo soy. Pero dime: ¿Dónde está ella? ¿No fue acaso a otro baile o a otro sitio?

--No, ella ya no nos acompaña. Está en su casa y de allí no sale.

--¿Me puedes informar dónde vive o dónde la puedo localizar?

--Claro que sí chilanguito. María, según me cuenta, se acuerda de ti. Estás muy guapo y te lo voy a decir con una condición: si la María no te hace caso, aquí te espero mañana y me apunto contigo… ¿Qué dices, aceptas? –Comprometido, no le quedó otro remedio que decirle que sí. Al escuchar los datos le agradeció la información y terminada la tanda de baile, abandonó el salón en el momento en que la orquesta tocaba el mismo danzón y último que bailó con María, recordando los últimos instantes que la tuvo entre sus brazos y caminando, como el año anterior, dirigió sus pasos hacia la casa de huéspedes donde habitaba.

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Al descender del autobús en la terminal de Villa Cardel, le informaron donde abordar el camión guajolotero que lo llevaría a la población de Úrsulo Galván. Escasos veinte minutos le tomaron para efectuar el recorrido y bajándose en la plaza del pueblo, a la primera persona que encontró le pidió información sobre el domicilio de María:

--Mira pariente, ella vive por allí –señalándole con el índice-, cruzas el puente colgante y das vuelta donde está un palo gacho y más adelante, como a cinco casas, está la suya.

--Muchas gracias, señor…

--Espera pariente, te ahorro pasos… Horita no está, es domingo y de seguro estará en misa. Mira, allá está la iglesia, allí das con ella. –Volvió a darle las gracias, caminó hacia el templo y saludó verbalmente al conjunto de hombres que fuera de la iglesia escuchaban la homilía, plantándose en un lugar desde el cual podía observar a las personas cuando salieran de la ceremonia religiosa. Al cruzar la puerta de salida, de inmediato la reconoció y sonriente se aproximó hacia la muchacha:

--Hola, María… ¿Te acuerdas de mí? –Sorprendida por la inesperada presencia, sólo acertó decir al tiempo que unos niños la rodeaban:

--¿Eres Florencio… ¿verdad? Mira, estos son mis hermanitos, te los presento… y niños, saluden al señor… ellos son mi familia. –Florencio saludó a todos y luego muy efusivamente a María. Emprendieron el paso hacia el kiosco que se encontraba al centro de la plaza, lugar donde se encontraba un puesto de nieves, invitándoles un sorbete a los chiquillos y mientras se deleitaban saboreándolo sentados en una banca del jardín, ellos caminaron dándole varias vueltas a la plaza platicando de varias cosas sin importancia; hasta que él centró el tema sobre sus personas. María se detuvo, lo invitó a sentarse en el pasto bajo la sombra de una frondosa ceiba y tomados de las manos, Florencio le dijo lo que durante todo el año, pensó en pedirle si la llegara a encontrar:

--Regresé a buscarte, como ves no pude olvidarte. Te busqué en todos los bailes y hasta que me encontró tu amiga Adelfa, me dio razón donde encontrarte…

--¡Ah! Adelfa… Cuidado con ella, es muy aventada ¿eh?, por aquí ha de andar y si no llegó a misa es que ha de estar muy desvelada la pobre…

--También regresé a decirte y lo reafirmo ahora que te vuelvo a ver, que me gustas mucho y a pedirte que tengamos relaciones, a pedirte que seas mi novia…

--Yo, encantada de serlo; pero… no puedo aceptarte. Soy la madre de todos mis hermanos, somos huérfanos… recordarás a mi padre, falleció de las heridas de bala que le dieron involuntariamente va a hacer un año ya… y mi madre había fallecido con anterioridad y hasta sacarlos a todos adelante, estaré libre y entonces, si aún me lo pides, podré aceptarte. –Florencio calló mostrando en su semblante el desencanto al no tener idea de la situación familiar de María, comprendiéndola. Instantes después retomó la palabra volviendo a sonreír. Se levantó del pasto y tendiéndole la mano a María para que se incorporase, le pidió, olvidando sus peticiones de noviazgo:

--¿A dónde me llevas a pasear? Los invito a todos, así sirve que conozco tu pueblo y sus lugares de interés, ¿se puede?

--¿Quieres ir al mar? Está cerca la playa de Chachalacas… --¡Vamos pues! –Contestó Florencio y de inmediato abordaron el camión que los condujo, luego de recorrer kilómetros de sembradíos de caña de azúcar, a la playa. Los niños corrieron rápidamente hacia el mar mientras ellos se tumbaron en unas sillas playeras. Bebiendo un refresco y contemplando el romper de las olas, Florencio le comentó acercándose a ella, cruzando su brazo por su espalda: --¡Qué hermoso lugar! Tantas veces de venir al puerto y nunca me meto al mar, es más ni he acudido a sus playas, he desperdiciado este paraíso…Todo por andar de sandungo. -Se levantaron y abrazados se introdujeron en las aguas que mantenían un oleaje tranquilo y dentro, jugueteando, Florencio le habló al oído:

--Estoy muy contento y quiero que nuestra reunión se prolongue más tiempo y te propongo: Vamos al puerto al baile del Parque Zamora… Regresamos temprano, únicamente estarán tus hermanos solos por la tarde y hasta la media noche que regresemos; o ¿puedes encargarlos con alguien?

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Fue un deleite para ambos el bailar todas las tandas que alternadamente ejecutaron los conjuntos musicales programados. Formaban una excelente pareja tanto físicamente como de caracteres, muy afines y esta afinidad los hizo comprender que habían nacido para vivir siempre juntos. Se amaban, no necesitaron de mucho tiempo para saberlo; pero al término del baile, ella despertó de su sueño y apresurándole a Florencio, le exigió:

--Vámonos, ándale, mis hermanas están solas y Ricardito me necesita.

--Primero vamos a cenar, te invito un mondongo, aquí cerca hay un restaurante donde lo preparan muy exquisito. –Caminando, a dos cuadras del Parque Zamora, llegaron al establecimiento y luego de satisfacer su hambre, al salir, un fuerte chipi-chipi se precipitó como presagio de una próxima tormenta. María sin ropa con que cubrirse escuchó la propuesta de Florencio: --Vamos a mi cuarto, está muy cerca de aquí, te pondrás una chamarra mía, hace frío, el agua de lluvia está helada y no sea que por mi culpa te enfermes; además, sabrás donde duermo. –Sin decir ni sí ni no, María se dejó llevar y abrazados, muy juntos, se trasladaron a la casa de huéspedes.

El patio de la casa, muy grande, rodeado por un pasillo con poyos donde estaban colocadas muchas macetas con plantas y flores muy hermosas, permitía llegar con mucha discreción a la habitación de Florencio. Este cuarto, amplio y bien aireado por medio de un ventanal hacia el patio, hizo, al penetrar María en él, detenerse en cuanto cruzó la puerta, razonando:

--Creo que es un error estar aquí contigo… no sé porque acepté a venir…

--Viniste porque sabes que te quiero y por que tú me quieres.

--En vez de conocer donde duermes, sería mejor conocer donde y con quién, duermes en México.

--Cuando quieras y si es ahora mismo, mejor, así que tu decides… ¡Vámonos! Pasamos por tus hermanos, los dos más pequeños, los otros ya se saben cuidar solos y les dejamos dinero para sus alimentos, ¿qué resuelves…? –No le contestó, se sentó en el borde de la cama mientras Florencio sacaba una chamarra, se sentó a su lado y se la colocó sobre sus hombros; ella volteó a verlo fijamente a sus ojos, temerosa. Él la tomó por sus manos y nervioso, empezó a besarla; ella correspondió a sus caricias, recostándose lentamente sobre la cama y con un apasionado fervor se entregaron el uno al otro, a lo más bello de la vida, a su amor, a un amor que manaba de los cuerpos ansiosos de los dos jóvenes.

Pasaba la media noche regresaron en un taxi a la casa de María. Antes de detener la marcha del auto, ella descendió para correr hacia su casa y revisar a sus hermanos, mientras Florencio la esperaba en los escalones del porche. Al salir, María le pidió sorprendiendo a Florencio:

--Están bien mis hermanos…No te vayas, acompáñame, quédate, horita te acomodo una hamaca aquí en el porche. -Florencio aceptó el ofrecimiento y bajando la escalinata se acercó al taxi, le pagó y le despidió, ya que había acordado con el chofer que lo regresaría al puerto.

Por la mañana después de desayunar, Florencio fue al puerto por su maleta y pertenencias que tenía en su habitación y regresando en el mismo auto, pronto estuvo al lado de su amada. Los tres días siguientes que permaneció en el pueblo, a escondidas de propios y extraños, vivieron una hermosa luna de miel, bajo el embrujo del ambiente paradisíaco del trópico veracruzano.

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Florencio manejaba un autobús urbano de pasajeros en la ciudad. Su trabajo le gustaba y al sentirse feliz, ahora con mayor frenesí lo realizaba. No descansaba un solo día y si era posible doblaba el turno ya sea supliendo a su relevo u ocupando el volante de otro autobús. Necesitaba ahorrar mucho dinero para ofrecerle a María cual opción aceptaba: Comprarle un lote en el pueblo u ocupar el lote donde estaba su casa, para construirle una casa firme de tabique y concreto y no de tablas y tejamanil como la que habitaba o, le compraría un departamento y lo amueblaría para fincar su hogar en la capital.

Aprovechando los días feriados que caían en fin de semana y se formaba un puente laboral, Florencio viajaba a Úrsulo Galvan para estar junto a María. Estos viajes, desde el primero a un mes de su reencuentro, los realizaba cada dos meses y le servían como descanso de su pesado trabajo de chofer. Estando a su lado, la colmaba de obsequios y gran parte en efectivo para sus gastos personales. Estas reuniones eran una vívida manifestación del amor que se tenían.

De esta manera pasaron dos años de visitas periódicas sin que María aceptara ir a la ciudad de México, si no le gustaba ir al Puerto, menos ir a una ciudad mucho más grande. Siempre al despedirse, después de una tórrida visita, se despedían prometiéndose mucho amor y fidelidad… hasta el siguiente período que coincidía con la navidad, cuando después de una semana de permanencia llena de felicidad, Florencio, antes de partir, le propuso lo que tanto deseaba:

--María, vamos a casarnos aquí en el pueblo, el día que tú escojas antes de carnaval. Vendrán mis padres y mi madre quiere conocer a quien le ha arrebatado a su hijo de su lado. Si aceptas, porque yo ya no quiero que sigamos como amantes, yo te quiero como mi esposa; te dejo dinero para que compres tu vestido y todos los gastos previos. –Asombrado, escuchó lo que nunca se imaginó oír de labios de su amada:

--Mira Florencio, lo nuestro ya no puede seguir así. Aunque me construyas mi casa, tú nunca vendrás a vivir aquí conmigo y…¿para qué casarnos? ¿Para seguir viviendo como lo hemos hecho todo este tiempo? Tú viniendo más o menos cada dos meses, estemos casados o no. De por sí la gente del pueblo me ve mal porque soy tu amante, quizá la boda solucione esto; pero los hombres, los muchachos, los pescadores, se me acercan sin recato pidiéndome que sea suya, al fin y al cabo tú no estás y no te darás cuenta. Ya no me respetan y esto, aún casados, no lo podré evitar.

--Entonces, vámonos a la capital, nos llevamos a Ricardo y a la más pequeña.

--No, debo cuidarlas a todas, no quiero que les suceda lo que le pasó a Minerva, mi hermana que me sigue en edad, que por andar contigo la descuidé y un briago se la llevó a la muy bruta.

--Bueno, entonces… ¿qué hago o que hacemos?

--Mi vida aquí es muy difícil, aunque no lo creas. Me han hecho muchas proposiciones de noviazgo y otras muy serias de matrimonio y no las puedo aceptar. Si al casarme mi esposo se da cuenta de que no soy virgen, o me mata o me corre de su lado, previa golpiza; si le dijo la verdad, entonces no se casa y sólo quiere darle gusto al gusto, ¿cómo la ves?

--Te entiendo, tu situación es dura; pero tienes alguna solución o ¿qué propones?

--Si la tengo. Hay un pescador viudo, con buena posición económica, con dos niños pequeños, sabe lo de nuestra relación y así me acepta. Yo me haré cargo de sus hijos, puedo hacerlo que son dos niños más y él me dará la estabilidad y el respeto de la gente y creo… lo aceptaré yo también. Te quiero mucho y bien te lo he demostrado, eres el hombre de mi vida; pero, compréndeme…

--¿Esto significa que aquí, ahora, termina toda nuestra relación, todo nuestro amor?

--Nuestra relación sí, nuestro amor nunca.

Florencio se quedó callado, se sentó en un escalón del porche, bajó la cabeza y evitó con el antebrazo que una lágrima corriera por su rostro, luego se levantó diciéndole:

--María te comprendo y me voy. No obstante creo que yo tengo una solución y te la explicaré: porqué no vendes tu casa o déjala para tus hermanas para cuando crezcan y vámonos todos para otro pueblo donde no te conozcan, ya sea cerca o más lejos del puerto donde tu lo consideres y sea de tu gusto. Búscala y me avisas. De todos modos, te dejo libre para que hagas lo que creas sea más conveniente para ti… Sólo una cosa te pido: si algo necesitas, si algo te llega a pasar o si en algo te puedo ayudar, no lo dudes, escríbeme y estaré a tu lado inmediatamente… y muchas gracias por tu amor. –Dándole un beso en las manos, sin pedirle nada más, antes de que el llanto lo traicionara, se retiró. Ella trató de detenerlo, de que no se fuera, arrepentida de sus palabras le iba a gritar; pero en un último segundo de detuvo, pensando que eso era lo mejor para ella. Cuando lo perdió de vista al dar la vuelta en el frondoso palo gacho, entró a su casa y se tiró sobre su catre llorando mucho tiempo hasta que se quedó dormida. Entre sueños vio su figura y oyó su voz que la llamaba. Sobresaltada y llorando, se incorporó, salió de su cuarto creyendo que Florencio había regresado y la llamaba y sin más, no lo dejaría irse. Lo amaba mucho para separarse de él y le pediría perdón por lo que le había dicho y sí, se irían a otro pueblo…Corrió la puerta falsa del mosquitero, salió y volteó para todos lados y… Florencio no estaba. Casi en la esquina de la calle, solo, se encontraba su pretendiente, que al verla salir se regresó, preguntándole mientras subía lentamente los escalones del porche y ella se secaba las lágrimas con el dorso de la mano y luego se alisaba el pelo enmarañado:

--Te llamé dos veces, pensé que no estabas y ya me retiraba… Pasaba a verte para saber que opinabas sobre mi proposición: ¿la aceptas?

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Florencio siguió trabajando con mucho afán, refugiando en el esfuerzo diario el dolor de la separación. Buscó nuevos romances ya que mujeres le sobraban que requerían de su amor; pero, ninguna lo satisfacía, ninguna pensaba, se podía comparar con ella y su recuerdo no se apartaba de su memoria. De esta manera pasaron dos años y al fin creyó encontrar a la mujer ideal. Se enamoró, se casó, el matrimonio fructificó en dos hijos: una mujer y un varón; pero su felicidad duró poco, menos de cuatro años, ya que su esposa tenía aspiraciones artísticas y no quiso ser la mujer para siempre de un simple chofer de autobús, abandonándolo en aras de su carrera de cantante. El divorcio fue necesario y la patria potestad de los hijos se repartió: la madre con la hija mayor y Florencio con el hijo varón. Los meses siguientes los pasó sin ánimo de divertirse y triste y deprimido, el galán, con mucha suerte para las mujeres, después de dos fracasos, comprendía que no había sabido escoger, entre tantas, a la mujer donde encontrase la felicidad.

Llegó el día de Reyes del año siguiente y cargado de juguetes, se presentó a la casa de sus padres para visitar a su hijo. Ellos, se hicieron cargo del cuidado del pequeño en ausencia de su madre. Colocó junto a sus zapatitos los obsequios de Reyes y, al salir de su habitación, su padre, sonriente le entregó una cajita envuelta para regalo:

--Hijo, para ti también llegaron los Santos Reyes… Toma. –Intrigado, la abrió apresuradamente rompiendo el envoltorio y dentro de la caja encontró algo que en cierta forma lo alegró y le levantó los deseos de volver a amar: Una carta con remitente del pueblo de Úrsulo Galván.

MARÍA

A las cuatro de la mañana se levantaba, tomaba sus aperos de pesca y se dirigía a la rivera del río La Antigua. Desenlazaba su lancha, la abordaba y tomaba rumbo aguas abajo. Ciertas veces según la temporada, lanzaba su chinchorro en el río y otras veces por la ausencia de peces, cruzaba la ría internándose en el mar; pero en ambos casos, a las ocho de la mañana regresaba con el producto pescado. En la orilla del río los limpiaba, descamaba, evisceraba y ya listos los metía en un canasto el cual subía a una carreta tirada por un viejo caballo y partía con rumbo a Villa Cardel. Los pescados pequeños los entregaba en las marisquerías y en las fondas y los más grandes en el mercado. Con el producto de la venta compraba arroz, café, frijol, jabón, a veces un poco de carne de res, y eso sí, nunca dejaba de comprar la botella de refino o un porrón de aguardiente de caña. Luego emprendía el regreso entregándole la despensa a su esposa que, teniendo listo el almuerzo se lo servía en la mesa de la cocina. Al terminar de alimentarse, el pescador salía al porche y se tumbaba en la hamaca con la botella de licor y algo de comida a su lado y de aquí no se levantaba en todo el resto del día, hasta el anochecer, que bien borracho se paraba para cenar, ir a la letrina y a las ocho de la noche o antes, según el estado de su embriaguez, tirarse en un petate a dormir. Así, transcurrían todos los días de su vida.

La esposa, de aquél cuerpo grácil sólo quedaba el recuerdo. Ahora, aún bella pero muy descuidada, sin las exigencias de un esposo que de todo lo que prometió, únicamente cumplió al principio, pues por la bebida y el vicio del juego de la baraja, perdió su casa y la poca fortuna que poseía, yéndose a refugiar a la vieja casa de la esposa; aunado al desgano y la flojera que el clima costeño produce en el ánimo de todos los lugareños, a sus veinticinco años, engordando proporcionalmente en todas sus partes de su cuerpo, María representaba mayor edad.

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El carnaval inició su período de festejos y María esperaba que si la carta había llegado a su destino, Florencio se presentara en cualquier momento, lo presentía y se encontraba anhelante por verlo. El domingo, cuando por la mañana lo vio acercándose a la casa, bien trajeado, portando un sombrero de fieltro ligeramente inclinado, muy elegante, le dio pena su atuendo y su figura. Se quitó su delantal y se cambió el vestido por otro menos corriente. Se pintó los labios, se mojó el pelo cepillándoselo, salió al patio posterior para cortar una flor y colocársela entre el pelo, se quitó las sandalias de plástico y se puso las únicas zapatillas que tenía. El recién llegado se puso a platicar con el esposo, que lo saludó sin levantarse de la hamaca, sólo incorporando su torso y girando para quedar sentado con los pies colgando. Cuando le gritó avisando la presencia de Florencio, ella estaba a punto de salir:

--¡María, aquí te buscan! -Apareciendo en la puerta, el esposo asombrado la increpó:

--¿Y ora, que mosca te picó? Ni cuando nos casamos te arreglaste tanto…

FLORENCIO

Ese domingo por la noche, el lunes y el final, el martes de carnaval, Florencio, desilusionado por la apariencia y la situación de María, los dedicó para darle vuelo a la hilacha no faltándole pareja ni de baile ni de cama. Temprano, el día siguiente miércoles de ceniza, impaciente, esperaba en la Terminal de autobuses que aparecieran las personas con las que se había citado. Muy cerca de la hora de salida llegó María con su hermano Ricardo, éste cargando su guitarra y una maleta deportiva con las pocas pertenencias que poseía. El domingo anterior, después de los saludos y pláticas sobre su familia, María le explicó la causa de su llamado y por la cual le pedía ayuda:

--Por favor Florencio, Ricardo es todo un artista, es un virtuoso de la guitarra, si continúa por aquí no pasará de perico-perro. Lo mejor que le puede suceder es que se integre a un grupo de copleros y no, no se merece eso, es un buen chico, ya terminó su primaria con muy buenas calificaciones. Ya no puede permanecer aquí por que lo maltratan mucho los muchachos por su carácter delicado y necesita cambiar de aires… Llévatelo a México, inscríbelo en alguna Academia para que aprenda las notas ya que sabe tocar de oído, a lo lírico, como mi madre y como yo. Es muy listo, ayúdalo. En recuerdo de lo nuestro y de la promesa que me hiciste, llévatelo.

Antes de abordar el autobús, como años atrás, el se despidió besándole las manos. María no se contuvo, se colgó del cuello de Florencio y lo besó largamente humedeciéndole las mejillas con sus lágrimas… Al verlo desaparecer tras la puerta del camión, sus sollozos se convirtieron en un llanto que no podía detener… Comprendía que se había equivocado al rechazarlo y que quizá esta era la última vez que vería al hombre con el que debería haber formado su vida, una vida distinta en la que ahora estaba sumergida, una vida como la de tantas mujeres de su pueblo, haciéndose más vieja cada día, sin importarle ni a su esposo ni a sus hijos ni a sus hermanas ni a nadie, la tristeza y la amargura que la envolvía.

Ricardo, sacando la cabeza por la ventanilla, le dijo adiós. Florencio sólo meneó la mano, despidiéndose. Con esta seña le daba un adiós con el que cerraba un capítulo de su vida. Si por algún momento pasó por su mente regresar por ella para volver a vivir su amor y estar nuevamente juntos, ahora este pensamiento lo rechazaba, ahora todo se había terminado. María y los carnavales formarían una época inolvidable de su vida. Nunca jamás regresaría.

RICARDO

El jovencito guitarrista fue bien recibido en la casa de sus padres, disponiéndole un pequeño cuarto ubicado en el fondo de la casa del cual sacaron varios triques para que cupiera un catre, un buró y un roperito, suficiente para sus cosas y más de lo que él poseía en el pueblo. Ricardo sabía congraciarse el hospedaje y los alimentos que recibía, tocando diariamente como sobremesa los valses de moda del tiempo porfirista que tanto les gustaban a los padres de su protector.

En la Academia muy poco tenían que enseñarle y una vez que aprendió la teoría, dejó de asistir y empezó a trabajar. Le permitieron colocar unas sillas en el cubo del zaguán de la casa e improvisó una escuela de guitarra que fue muy concurrida por los alumnos que vivían en el barrio, por las amistades de Florencio que invitaba para que lo escucharan y lo recomendaran y por los que, al conocerlo, deseaban aprender de un maestro como era él. Poco a poco empezó a amenizar reuniones, pequeñas fiestas y clases particulares a domicilio, que le permitieron ganar lo suficiente para el pan diario, vestirse adecuadamente y de vez en cuando, enviarle algo de dinero a María.

Corto fue el tiempo que le bastó para formarse un buen prestigio; pero sus ambiciones volaban más alto. Él deseaba llegar a ser un gran artista, tocar en los grandes escenarios teatrales, deseos… que para su bien o para su mal, se le cumplieron.

Una tarde que Ricardo estaba presente tocando para los viejos, llegó la madre del pequeño hijo de Florencio a visitarlo. Mientras departía con el pequeño la mujer escuchaba a Ricardo y antes de despedirse teniendo aún a su hijo entre sus brazos, admirada por su arte, platicó con él:

--¡Qué bien toca, maestro! Y es usted muy joven.

--Gracias señora, es usted muy amable.

--¿Sabe que estoy en el medio artístico? Y si lo sabe… ¿Querrá que le presente a algún empresario para que lo contrate y ya pueda usted cobrar profesionalmente por su arte?

--Es lo que más deseo, es mi sueño, señora.

--Bueno, vaya a verme al teatro Politeama, le presentaré al maestro Lara y a dos empresarios que andan con él. A ver con quien se arregla, ¿de acuerdo?

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Es usted un artista, un excelente guitarrista con un estilo muy personal, único, lo necesito en mi orquesta de solistas; pero hay un impedimento: es usted muy joven y yo requiero de artistas muy experimentados, por lo habrá menester de que se foguee, aprender lo que es este medio. Además, para ser parte de mis músicos, se requiere de disciplina, de apegarse a mi música y a mi estilo y a lo escrito en las partituras… así que, -el maestro Lara volteó buscando con su mirada a su representante y al verlo, lo llamó:

--¡A ver Gallego, ven acá! Te recomiendo a este jovencito, contrátalo y llévatelo de gira, es muy bueno y necesita experiencia. –El representante miró a Ricardo y muy serio le preguntó:

--¿No tiene problemas para irse de viaje?

--Ninguno señor, estoy a sus órdenes desde este mismo momento para lo que usted me indique.

De esta manera, en giras maratónicas por toda la república, Ricardo tuvo sus primeras experiencias frente a un público de paga. El medio artístico le agradó; aunque las relaciones con el resto de sus compañeros de la caravana artística, fue controvertida. Sólo congenió con una bailarina del ballet que ejecutaba las coreografías como comparsa de los cantantes principales y cuya relación fue determinante para la formación de la personalidad de Ricardo. La bailarina, además de protegerlo de los demás compañeros por el malestar que les causaba tanto su feminismo, ya que no disimulaba la atracción que demostraba hacia los varones, como sus arranques berrinchudos motivados por el incipiente éxito, que ya como solista, lo hacía destacar de los demás integrantes del grupo; ella también lo requería en amores.

Senorina, una muchacha de la sierra de Puebla, que estudió ballet clásico y sólo consiguió trabajo en el teatro de burlesque, se había enrolado en la gira artística utilizando la apócope de su nombre, Rina, como nombre de batalla. Ella consiguió que fueran compañeros de cuarto y en sus pláticas nocturnas, después del show, se contaron sus propias vidas. La de ella, mujer joven, hermosa, de la misma edad de Ricardo, madre soltera. La de él, con sus conflictos sexuales.

Rina con mucha delicadeza, lo acariciaba, lo besaba y lo incitaba a que tuvieran relaciones íntimas, manifestándole que lo admiraba y con el tiempo lo podría amar; pero Ricardo se mantenía impasible a sus insinuaciones, expresándole que no sentía lo mismo estando a su lado que cuando estaba un varón junto a él. No obstante a los rechazos, Rina persistía y una noche se metió entre las cobijas de su cama, a su lado y, al notar su virilidad, se montó sobre él. Ricardo al sentir el peso de la mujer sobre su cuerpo, se reacción transformó su comportamiento: tuvo deseos de arrojarla, de quitársela de encima violentamente; pero controlando su repudio, sólo la hizo a un lado. Rina continuó con sus acosos, no únicamente esa noche, sino muchas más con los mismos resultados. A cada intentona fallida, Rina se frustraba y a Ricardo se le afianzaba su femenina personalidad, con el pleno conocimiento de que era impotente ante cualquier asedio femenino; reafirmando su sentir: el se sentía una mujer, la más pequeña de sus hermanas.

Terminadas las giras exhaustivas después de dos años de esfuerzo, Ricardo con mucha experiencia, estaba listo. Al día siguiente de su regreso a la capital, se presentó ante el maestro Lara. Éste lo sometió a una dura prueba que pasó con mucha facilidad, recibiendo el comentario siguiente:

--Muy bien joven maestro, está usted aprobado, formará parte de mis solistas… Preséntese mañana mismo con mi orquesta. Los ensayos los realizo en el teatro Politeama y pronto debutaremos con una larga temporada y luego… de gira. No falte, lo necesito como uno más de mis solistas.

Al finalizar los contratos de la orquesta, contratos que tuvieron muchas renovaciones por el éxito del maestro Lara, los integrantes recibieron a parte de una jugosa bonificación, un período de descanso, citándolos en una fecha posterior cuando se reagruparían para el inicio de los ensayos y empezar una nueva temporada artística.

Ricardo aprovechando las vacaciones, fue a visitar a Florencio en la casa de sus padres, para agradecer la ayuda recibida y comentarles lo feliz que se sentía por tener un reconocimiento a su arte y ser un solista que el público aplaudía. Cerca del anochecer, Florencio regresó de trabajar y lo primero que hizo fue reprochar el proceder de Ricardo:

--¡Qué milagro que te acuerdas de uno! Cómo ya eres famoso…

No me digas eso, si todo te lo debo a tí.

--¿A mí?, será a otra persona… Bueno, olvídalo, es que te alejaste mucho tiempo y no he podido felicitarte. Hemos ido al teatro a deleitarnos con tu actuación y no hemos logrado verte en camerinos… De todas formas, te felicito Ricardo, has triunfado.

--Gracias, muchas gracias… pero, ¿te puedo decir el otro motivo de mi visita? ¿Sí? Voy a visitar a María, hace más de siete años que no la veo, ¿tienes algún recado o un mensaje para ella?

--Ninguno Ricardito. No tengo nada que decirle, cuando me cortó quedó todo bien aclarado. No hay nada ni habrá entre nosotros.

--Es que me acuerdo cómo se despidió de ti, allá, en la Terminal de Veracruz, y pensé…

--¡Nada! –Interrumpiéndole-, ya no existe nada ni siquiera el saludo. –Desanimado, después de despedirse, el artista llegó a su hotel, preparó su equipaje y muy de mañana partió de la central de autobuses rumbo a Villa Cardel.

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Acostumbrado a los hoteles, a vivir con ciertos lujos que su arte le proporcionaba, el conocer tantos lugares de la república y al ver el estado tan deprimente en que se encontraba la casa, permaneciendo de pie frente al porche y meneando la cabeza negativamente en señal de desaprobación, la veía con otros ojos. En tantos años no había cambiado nada. Todo se encontraba igual ni una sola tabla cambiada ni un solo clavo de más; al contrario, sin mantenimiento la casa estaba en peores condiciones.

En la puerta falsa del mosquitero, roto y agujereado, introdujo su cabeza preguntando:

--Buenas… ¿hay alguien en casa? –No tuvo respuesta, no había nadie. Ya se retiraba buscando algún vecino a quien preguntarle por su familia, cuando escuchó que alguien le gritaba. Miró hacia el río y a lo lejos se acercaba su hermana, que con una tina de plástico sobre su cabeza y dos cubetas en las manos todas repletas con prendas húmedas, regresaba de lavar la ropa, acompañada de tres niños y una niña, que con una vara en los hombros como cargadores sosteniendo unos botes de lámina llenos de agua, en perfecto equilibrio, caminaban a su lado.

--¡Ricardito! ¿Hermano, eres tú? ¡Qué elegante vienes! –Bajando sus maletas y el estuche de la guitarra al piso del porche, bajó de éste para acercarse a su parienta y contestar el saludo:

--María, hermana, ¡cómo has estado? ¡Todos estos chamacos son tus hijos o tus entenados? ¡Y mis hermanas y tu esposo, dónde están?

----Primero abrázame y luego te contesto. –Dejó sus avios de lavado en la puerta de entrada y con largo abrazo festejó el retorno del hermano. Enseguida le ordenó a los chiquillos: tú, saca una silla, ustedes limpien el chiquero que tienen dentro y tú barre el porche y ve a tirar la basura, me da pena que su tío vea la casa que tiene hecha un asco. –Recibió la silla y quitando con el pie las hojas secas de árboles que estaban en el piso del porche y con la mano limpiando el asiento y el respaldo de la silla, acomodándola junto a la puerta, le dijo: --Siéntate hermanito. –Ricardo viendo todo el desbarajuste en que se encontraba la casa y su hermana, le recriminó:

--¡Ay hermana! Qué descuidado tienes todo… hasta tú, mira nada más, estás hecha una fodonga y avejentada… llena de hijos, no sé si sean tuyos y según veo, si no están mis hermanas, estás sola.

--Sí, tienes razón. Esta vida ya no me importa nada… Sólo espero que estos escuincles crezcan y les digo adiós a todos…

--¿Y tu marido?

--Ese pinche borracho me dio en la torre. Afortunadamente se murió de briago, allí, en la misma hamaca de la que nunca se levantaba; todo el día se la pasaba echado el muy holgazán. Con la misma hamaca lo amortajé y con el petate que usaba de cama, lo envolví y lo enterré… Me desgració la vida el muy…

--No María, la vida te la desgraciaste tú, al escogerlo en lugar de Florencio.

--Ya ni me lo recuerdes que más coraje me da y… ¡Ora bien! ¿Viniste a saludarme o sólo a regañarme? Mejor cuéntame cómo te ha ido.

Horas después, una vez que los entenados de María fueron a avisarles a las demás hermanas el retorno de Ricardo, éste se vio rodeado por toda su familia. Les repartió los obsequios y el dinero que llevaba para ellas y los sobrinos, como aves de rapiña le quitaron ropa, sus objetos personales y de aseo dejándolo sin nada, sólo con lo puesto y algo de dinero para su boleto de regreso y los gastos de alimentación indispensables. Tan jodidos estaban que hubiera deseado darles todo con tal de que tuvieran un momento de felicidad.

Una semana permaneció con María, suficiente tiempo para descansar del trajín de las giras artísticas y suficiente tiempo para platicar con ella de su vida, de la de ella y sobre todo, de la de Florencio.

--¿Y cómo está él?

--Muy bien, pero no quiere saber nada de ti. Te ha olvidado. Fuiste muy bruta María.

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Cuando regresó a la capital, mientras llegaba la cita acordada con el maestro Lara, trabajó en las reuniones sociales a las que era contratado y bien remunerado. Al cumplirse la fecha la fecha y presentarse, recibió la desagradable sorpresa, la más inesperada que recibió en su azarosa y desafortunada vida: No fue contratado.

--No Ricardo. Eres un muchacho conflictivo. Te das aires de diva y acosas a los demás solistas. No puedes reprimir tus apetitos sexuales y me causas muchas divisiones en la orquesta y eso no lo puedo permitir. Para esta temporada como correctivo por tu comportamiento, no estás considerado. Pero no te dejo al aire, toma –extendiéndole una tarjeta-, es una recomendación para el empresario del teatro Follies, ve a verlo, va a empezar su temporada y te contratará como guitarrista individual, serás solista, ya hablé con él y no tendrás problemas para tu contrato. Y te lo advierto: si no modificas tu comportamiento, el año próximo ni pienses en reintegrarte a mi orquesta, ¿hablé claro?

Impávido se quedó Ricardo ante las palabras del maestro. No supo que hacer, era un duro golpe a su ego. Recobrándose unos instantes después, alzando el mentón y dando un giro muy femenino para retirarse, hablando para sí, dijo: --Me vale. Yo con mi guitarra soy y seré lo que yo quiera y no necesito de recomendaciones

Dejó de pasar un mes, no necesitaba buscar ocupación fija. Las invitaciones, si no diarias, nunca le faltaban oportunidades donde tocar y con buena paga; pero el aplauso masivo lo necesitaba, el teatro era su lugar favorito, el lugar donde ejecutar su guitarra para que muchos lo escucharan y muchos le aplaudieran. Finalmente decidió presentarse ante el empresario:

--Muy bien, pero has llegado tarde, ya terminamos los ensayos y el elenco está completo para la temporada. Lo único que puedo hacer por ti es que asistas diario por si sale algo o sustituyas a alguno de los músicos que se enfermen o falten. Esta es una revista folklórica, mexicana, y si te empleo deberás salir con traje de charro; como no hay vestuario sobrante, consíguete uno para ti y así vienes vestido todos los días, si quieres el trabajo y eso por la gran recomendación que me traes.

Nuevamente Ricardo con su altanero proceder, dio la vuelta sin agradecer la atención del empresario, sólo pensando consigo mismo: --¿Yo de mariachi? Pues, ¿quién se cree este viejo hueco que soy? –Y contoneando su cuerpo, exagerando su feminismo, se retiró.

De esta manera estropeó su carrera teatral. No lo volvieron a contratar y por sus mismos desplantes le fueron retirando las invitaciones y por lo tanto, se le fue cerrando el mundo. Meses después, endeudado por el hospedaje del hotel y el consumo de su alimentación, regresó a la casa de los padres de Florencio, solicitándole que le permitiera ocupar el mismo cuarto donde inició su vida capitalina, para buscar y organizar nuevamente sus derroteros.

Sufriendo una gran depresión y abatido por no conseguir invitaciones, comenzó a recorrer bares y cantinas cargando su inseparable guitarra ofreciendo su música y empezando a refugiar sus penas artísticas con la bebida. Los parroquianos admirando su arte, le pagaban con poco dinero y mucho alcohol, aumentado su adicción a tan mortal vicio. Cierta ocasión, tocando para un cliente en un bar del primer cuadro recibió la propuesta de ir a abrir una academia de guitarra y ofrecer una serie de conciertos y recitales en Zapopan, Jalisco y pensando que esta era una nueva oportunidad, había aceptado. Sin pedir opinión o su consejo, tomó sus pocas pertenencias y despidiéndose de la familia de Florencio, partió hacia su triste y aciago futuro.

Sus proyectos en la ciudad tapatía tuvieron al principio un verdadero éxito, pero todo lo que creaba de excelencias en torno a su arte lo destruía con su comportamiento habitual. Tras un período de triunfo, el declive de su vida por la ingesta desmesurada de tequila, fue notoria, motivando que por el incumplimiento de los contratos que le ofrecían, ya no la llamaran para actuaciones y su situación económica bajara hasta los límites de la miseria.

Un General que lo escuchó tocar en su fiesta de cumpleaños, al ver que la vida del artista iba en completa debacle, lo ayudó dándolo de alta con sueldo de soldado en la Academia Militar de Pilotos de Aviación. De esta forma trató de apoyarlo económicamente para que superara sus vicios bajo el régimen militar y además, para tenerlo cerca cuando necesitara deleitarse con la guitarra de Ricardo; pero éste, el salario sólo le servía para adquirir mas bebida. Era ya un enfermo alcohólico grave.

Al morir su mecenas, el general, lo dieron de baja y cansado, muy enfermo, como un paria, regresó a la capital después de muchos años de ausencia, sin escribir, sin hablar, sin comunicarse con nadie. Bajando del autobús y sin nadie a quien recurrir, se dirigió a la casa de Florencio.

--¡Mira nada más cómo vienes! ¡Estás hecho un verdadero guiñapo! Aquí ya no te puedo recibir. A ver, ¡Vamos, te voy a llevar a un hotel! –Florencio le pagó varios días de hospedaje en un hotel cercano a su casa por las calles de Balbuena. Lo llevó a comer y le entregó una cantidad suficiente de dinero para sus gastos iniciales mientras se reponía y empezara a trabajar. Le entregó ropa nueva y algo de su uso personal que le servirían para mejorar su apariencia física.

Ricardo se reincorporó a su trabajo, realizándolo en el único lugar donde se le permitían: recorriendo todos los bares, cantinas y restaurantes ofreciendo su arte, que milagrosamente, dado lo minado de su organismo, no perdía su perfecta digitalización. Iniciaba su peregrinaje pasado el mediodía por las calles de Santa María y a todo lo largo de San Juan de Letrán, y lo terminaba, pasada la medianoche. Los domingos visitaba a los pocos amigos que aún lo consecuentaban, que no le retiraban su amistad, no obstante que por las intransigencias de su personalidad y estando enfermo, en este estado no olvidaba de mostrar su feminismo.

La paga diaria de hotel le disminuía sus ingresos y por fortuna, consiguió que un músico compañero de andanzas que se mudaba de domicilio, le traspasara la vivienda que él ocupaba. Una verdadera covacha en una vecindad muy vieja y deteriorada ubicada en las calles de Magnolia; edificio que por la remodelación de la ciudad, hizo esquina con el trazo recién abierto al tránsito del Paseo de la Reforma. Allí instaló la que sería su última habitación, viviendo en completa soledad.

Con el tiempo y el abuso del consumo alcohólico, las enfermedades se manifestaron en su minado cuerpo. Inicialmente síntomas de úlcera gástrica, reumatismo y en la piel se reflejó probable síndrome de cirrosis, para finalmente un principio de pérdida visual. Florencio trató de internarlo en un hospital o llevarlo de regreso a Veracruz, a lo que Ricardo se opuso rotundamente. No quiso ir; si iba a morir, el moriría rodeado de la gente que lo escuchaba y lo aplaudía. Él se debía a su público al que jamás le negaría su disposición para agradarles con su música.

Sin poderlo atender, a Florencio no le quedó otra salida que escribirle a María, avisándole de su enfermedad y que era necesaria su presencia para ayudarlo a que se rehabilitara o a su bien morir. Remitió la carta sin saber si María aún vivía en el mismo lugar en el mismo pueblo y sin conocer su vida actual, anexándole su número telefónico donde lo podía localizar para que le hablara en cuanto llegara y él pasara por ella a la Terminal y conducirla al lado de su malogrado hermano.

MARÍA

María vivía sola, sin niños a quien cuidar. Ya no recibió a los sobrinos y a un primer nieto que le querían enjaretar. Toda su juventud se la pasó cuidando hermanas e hijos tanto propios como ajenos y quiso descansar de tanta batahola en la que trascurrió su vida. Ahora trabajaba lavando y planchando ropa en las casas de la gente acomodada de Villa Cardel, ganando lo suficiente para vivir tranquila. Arregló su casa, la amuebló comprándose por primera vez una recámara. Vio por ella, adelgazó, se vistió, cuidó su apariencia y su físico, arreglándose el pelo y maquillándose el rostro. Era otra mujer. De amores no aceptaba a nadie, con la experiencia anterior estaba curada… Cuando recibió la carta y leyó el remitente, sus ilusiones la hicieron soñar, su pecho latió agitadamente… Todo se imaginó menos lo que le informaban. Angustiada juntó su ropa, compró unas maletas y preparó su equipaje. Cerró bien la casa encargándosela a unos vecinos y no a sus familiares porque tomarían posesión de ella y de seguro todo lo destruirían. Partió muy animada a realizar el viaje que se negó a efectuar tres décadas atrás, más por volver a Florencio que por lo de su hermano, ignorando la gravedad del caso. Además, pensaba buscar trabajo y quedarse a vivir todo lo que le fuera posible, su pueblo, ya no le interesaba, le recordaba ahora que estaba en soledad, lo amargo de su vida y los errores que había cometido en su juventud que le cambiaron su vida. Le haría compañía a su hermano y ¿de amores? Tal vez reconquistaría a Florencio, si se encontraba libre. Y con este sueño en su mente, salió rumbo a la capital muy ilusionada.

Una hora y media después de su llamado, Florencio estaba frente a ella. Al saludarse María buscó sus labios; pero él la esquivó besándose en las mejillas. Desde que cargó las maletas y salieron de la estación, abordaron un taxi y empezó el viaje, María no dejaba de observarlo. Florencio estaba muy guapo y ahora con la edad su personalidad lo formaba más interesante. Durante el camino, mientras Florencio la ponía al tanto de la vida de su hermano y su situación tanto física como económica, María sólo tenía ojos para él, sin escuchar lo que le decían, poniendo finalmente atención a las palabras de Florencio cuando le dijo: --Yo cumpliendo con la promesa que te di, he tratado de ayudarlo; pero su forma de ser y su carácter todo lo estropeó y más con su partida a Jalisco, esto lo acabó, esta irreconocible.

María permaneció callada y tomándole ambas manos, volteó y mirándolo a los ojos, le preguntó:

--¿Y tú, amor, cómo has estado? –Florencio ya no le contestó, habían llegado a la vecindad.

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María de inmediato se hizo cargo de la vivienda. Bajó del tapanco que hacía las funciones de la recámara de Ricardo, su camastro, ya que él estaba imposibilitado por sus reumas subir la escalerilla de acceso, acomodándolo en un rincón de la planta baja colocando una cortina para darle privacidad. Lavó las sillas y el sofá distribuyéndolos para formar una salita. Arregló la cocina lavando la mesa y la estufa de petróleo y compró varios cacharros de peltre y una vajilla. Ocupó el tapanco para ella comprando en la cercana Lagunilla, una cama, un tocador y un ropero. El sanitario que era común para el vecindario, lo lavó, desinfectó y encaló y para su aseo corporal, por el momento mientras adaptaba una regadera en la vivienda, acudiría a los baños Mina, cercanos, a dos cuadras de distancia de su domicilio.

Lavó y planchó toda la ropa de Ricardo, tirando lo que eran ya unas garras, comprándole ropa interior nueva y el hermano, revitalizado con la presencia de María, volvió a deambular por las cantinas cercanas a su vivienda. Cuando tuvo todo listo y controlado a su gusto, buscó trabajo ocupándose como lo hacía en su pueblo, lavar y planchar de entrada por salida en los domicilios que la solicitaran.

Le impidió a Ricardo que saliera a su peregrinaje de tocadas por el estado tan deteriorado en que se encontraba e imponiéndose a su voluble carácter, lo llevó con un médico el cual le diagnosticó una cirrosis hepática en estado terminal, notificándole en privado que el enfermo muy poco tiempo viviría. Conociendo los deseos de Ricardo de morir escuchando los aplausos por la ejecución de su guitarra, le permitió salir las veces cuando su cuerpo le permitía caminar, veces en su mayoría que al regresar de su trabajo, María tenía que salir a buscarlo ya que por su borrachera y reumatismo, lo encontraba casi tirado por la imposibilidad de poder caminar. Cuando cayó en cama para nunca más levantarse, exceptuando a Florencio y la familia de su hermano, esposa e hija; de tantos amigos y clientes que disfrutaron su música, de todos los que lo admiraron, nadie lo visitó, nadie le hizo compañía, solo con María veía llegar su triste y solitario final.

ANAIRIS

Como toda entidad que nace, crece, transcurre su vida, para finalmente terminar, la carrera artística de la primera esposa de Florencio llegaba a su fin. Su estilo y su figura ya no atraían a las nuevas generaciones, al público joven cuya época de romanticismo la consideraban sólo para la momiza, viviendo en los recuerdos del público de sus tiempos. Al regresar de un país extranjero sin muchos recursos monetarios, habitó una recámara que le compartió uno de sus hermanos en un amplio departamento ubicado en la colonia Guerrero, lugar que destinó como centro de operaciones para empezar una nueva ocupación: la contratación de artistas para diversos shows.

Acostumbrada a no realizar ninguna tarea del hogar, buscó quien la ayudara y esta persona debería ser especial para cuidar sus vestidos lujosos y costosos, a una mujer limpia y responsable que los lavara, planchara con mucho cuidado, supiera coser para hacerles adaptaciones y se adecuara a sus exigencias. Su cuñada le recomendó a una mujer que trabajaba muy bien y la conocían por La Jarocha, que vivía en la misma calle, sólo que del otro lado del Paseo de la Reforma.

No obstante de tener un carácter fuerte y escrupuloso, al presentarse la lavandera ante ella, le cayó bien, su aspecto le agradó y la aceptó, diciéndole:

--Así que eres jarocha… ¿De qué parte del estado provienes?

--Se nota patrona que soy jarocha, ¿no? Y soy de un pueblo cercano a Villa Cardel, soy de Úrsulo Galván. Allí tiene usted su casa.

--No me llames patrona, dime: señora o utiliza mi nombre, Anairis y yo te diré María, ¿entendiste?, además debes saber que somos paisanas, yo soy de Jalapa, soy veracruzana, no jarocha.

Con el trato primero semanal, luego por dos días alternados por semana para finalmente asistir a la casa diariamente, congeniaron ambas mujeres y con la confianza adquirida, María se convirtió en su acompañante, lo que antaño se conocía como Dama de compañía de la señora Anairis. Ésta para que mejorara su presentación, le regalaba algunos vestidos que ya no utilizaba o en los que ya no cabía por haber aumentado de talla o por que ya no tenían arreglo. María se los confeccionaba a su talla y al enfundárselos, se veía atrayente y no desmerecía su figura al lado de la señora y su presencia se volvió imprescindible para la artista.

FLORENCIO.

El día que falleció Ricardo, Florencio no se separó de María, tanto en el velorio como en el sepelio. Exceptuando a los vecinos de la vecindad, ninguno más los acompañó; solos, únicamente los dos, permanecieron al lado del cuerpo del guitarrista. Regresando del panteón, ya de noche, Florencio la dejó a la puerta de la vecindad y al tratar de despedirse, María lo detuvo invitándolo a pasar. Negándose y evitando una caricia, Florencio le dijo:

--No, no quiero entrar… Mejor te invito a cenar, tengo hambre. Vamos al café de chinos que está en Santa María. –Sin esperar respuesta, la tomó del brazo enfilando rumbo al restaurante y ya sentados, una vez que pidieron sus alimentos, María le comentó:

--Desde que llegué y te pregunté en el taxi cómo estabas, no me contestaste y todas las veces que visitaste a mi hermano, nunca me has permitido hablarte… ¿Por qué te has portado así conmigo? Parece que no existo para ti… ¿Es mucho tu rencor o qué te sucede?

--Exacto. No existes en el presente; exististe en el pasado, pero ese pasado ya lo olvidé. ¿Y mi rencor no está justificado? Me cortaste o ¿ya se te olvidó? Entonces, ¿de qué te quejas? Si estoy aquí es por cumplir con mi promesa y la responsabilidad termina con la muerte de tu hermano. -Ella calló, bajando la vista y jugueteando con los cubiertos. Al servirles los alimentos, ambos comieron en silencio. Al terminar, María se animó a preguntarle:

--¿Vives solo, verdad?

--¿Quién te lo dijo?

--Ricardo. Así mismo me contó del fracaso de tu segundo matrimonio, de la separación de tu unión libre, de los hijos que tuviste con estas mujeres, de la muerte de tus padres, de que ya no trabajas de chofer, de tu enfermedad y de muchas cosas más… Como ves, estoy bien enterada de tu vida.

--¿Y cómo fue que nada me platicó de ti?

--Primero porque nunca se lo preguntaste y segundo, porque yo se lo impedí… además, yo misma, personalmente, quería decírtelo.

--¿Y que es lo que querías decirme de tu vida que me interese?

--Todo. Contarte lo que ha sido mi vida inútil todos estos años; pero primordialmente que sepas que nunca te olvidé y que aún te sigo queriendo. –Florencio la escuchó manteniéndose muy serio, en silencio, sin interrumpirla, dejando que hablara todo lo que su corazón sentía y le dictaba. Sólo ella a cada momento suspendía su narración, cuando las lágrimas le impedían continuar relatando sus angustias. Al finalizar, Florencio le tomó las manos y se las besó, luego acarició su cara y secó sus lágrimas con una servilleta. Se puso de pie y fue a pagar la cuenta, regresó por ella y salieron del café. María lo abrazó por la cintura y él le cruzó el brazo por sus hombros, recargando sus cabezas mutuamente, la una sobre la otra. Caminando, como aquella primera vez cuando salieron de la tertulia del salón de la playa, se dirigieron a la vivienda. Entraron, subieron al tapanco y amándose con todas las fuerzas que aún mantenían, rindieron culto a un amor interrumpido por el devenir de sus vidas, por el tiempo, por la distancia, fundiéndose ambos cuerpos tan ávidos de caricias, tan ausentes de un amor verdadero, en una sola entidad.

Al amanecer, cuando Florencio despertó, le tenían servido el desayuno. Se levantó, se aseó y al sentarse a la mesa, María le preguntó muy alegre y feliz: --Buenos días… ¿Cómo amaneció mi amor?… ¿Después de que desayunes… te vas a ir? –A todo le contestó con el monosílabo de sí.

--¿Estuviste a gusto?

--Sí, mucho.

--¿Entonces, porqué te vas?

--Porque tengo que ir a trabajar, pedí permiso por dos días únicamente.

--Florencio, he pasado una noche inolvidable, igual a aquellos días cuando estuvimos juntos, ¿te acuerdas?… ¿Podríamos iniciar una nueva vida… juntos? –No recibió respuesta, por lo que María volvió a preguntar: --¿Te espero por la noche cuando salgas de trabajar?...Te invito a cenar, aquí en casa o ¿quieres salir a cenar al mercado de San Camilito? –Nuevamente en forma escueta, escuchó:

--Sí y no, no podremos vivir juntos, me he acostumbrado a vivir solo, como creo que tú también. Me gusta la soledad en que vivo y no podré vivir acompañado con una mujer. –María con su silencio respetó la respuesta y comprendió tenía mucha razón; no había considerado que a sus edades iniciaran una vida conyugal, pero en cuanto terminó el desayuno, volvió a la carga mostrando en su pregunta mucha coquetería:

--Entonces, ¿nos podremos seguir viendo?

--Sí. -Ante su parquedad, María muy sería, dejando a un lado su felicidad, le conminó:

--Florencio, quiero que sepas que nada me detiene en esta ciudad ni siquiera el cuerpo de mi hermano. Si no te veo, si no nos reunimos como esta vez, me regreso a mi pueblo. Sólo estando a tu lado me quedaré…

--Vendré los domingos, en lugar de cada dos meses, como en tiempos pasados. No trabajas ese día y la pasaremos juntos. Espérame todos los domingos. –Se levantó de la mesa, se lavó las manos y se enjuagó la boca en un lebrillo que le acercaron, se secó con la toalla y darse la vuelta, frente a él, María le cruzó los brazos por el cuello y lo besó muchas veces; pero Florencio sin decirle mas que un: "Nos vemos, no éste que viene, sino el siguiente domingo", salió de la vivienda.

MARÍA

Intranquila por su ausencia aunque no extrañada, pues la falta a la cita dominical ya había sucedido tres veces en los muchos meses de frecuentarse; pero Florencio al salir de su trabajo el lunes siguiente llegaba a su lado explicándole el motivo de su falta: la invitación sin aviso previo de su hijo para pasar el fin de semana en su rancho, ya que al presentarse en su casa a recogerlo le imposibilitaba poder avisarle que faltaría y así evitarle su intranquilidad. No obstante, este lunes se sentía con mucha ansiedad. Ayer había sido domingo de carnaval y habían quedado de verse para asistir al baile dominical al salón Los Ángeles y sería la primera vez que bailarían después de tantos años de haberlo hecho en el mismo tiempo en el puerto de Veracruz; ansiedad que no le permitía tener espacio en la cabeza para pensar en otra cosa e impidió escuchar que la llamaban:

--¡María! ¿Qué te pasa? ¿Estás nerviosa o te sientes mal? –Sacudiendo su cabeza para alejar los pensamientos negativos que la agobiaban y recuperarse de su ensimismamiento, contestó:

--No señora, no me pasa nada, dígame usted…

--Como bien lo debes saber, mañana es martes de carnaval y he colocado varios artistas en diversos shows. El negocio me está dando buenos resultados y es necesario que tenga una oficina propia, ya no quepo en este departamento y voy a buscar otro donde aparte de mi agencia, viva yo y no quisiera ocuparlo sola… de ser posible ¿te irías a vivir conmigo?

--¡Ay señora! Si me lo hubiera dicho antes, cuando sólo esperaba que falleciera mi hermano, lo habría aceptado… pero creo que por el momento no. No puedo alejarme de mi casa, debo estar cuando me visitan… No se lo había dicho: tengo una relación, aunque ahora solamente nos reunimos los domingos, como van las cosas es posible que vivamos juntos.

--¡Ah María! Qué guardadito te lo tenías, ¿por qué no me lo habías dicho?

--Porque pensé que mi relación no iba a durar mucho; si bien mi pareja ha cambiado mucho en su trato conmigo, ya que al principio se comportaba muy hosco, ahora es todo diferente y me demuestra que me quiere y aunque acude a cenar dos veces a la semana, aún sigo pensando igual… no sé porqué… y no me hago ilusiones que estaremos juntos por todo lo que nos resta de vida… todavía pienso que nos separaremos algún día; entonces… cuando eso suceda, quizá le tome la palabra, aceptando su proposición.

FLORENCIO

Florencio no llegó el lunes por la noche. El martes saliendo de casa para ir al trabajo le llamó por teléfono a su casa. Timbrando intermitentemente con su sonido monótono, no recibió contestación por el teléfono. Florencio de seguro no se encontraba en casa. Tentada estuvo de ir a buscarlo; pero lo pensó mejor, no debería importunarlo, no quería acosarlo y que le causara molestia su presencia. Si no llegaba este día por la noche, mañana le pediría permiso a la señora para salir al mediodía e irlo a buscar a su trabajo.

Al día siguiente, llegando a la casa de la señora se sintió mal. Achacó su malestar por haber pasado una mala noche sin poder dormir por estar con la mente fija en Florencio. Se imaginaba una posible enfermedad que lo retuvo en el rancho de su hijo o que quizá, aunque ya no lo acostumbraba, que andaría de parranda o muchas situaciones más. Como pensaba salir a mediodía, se apuró en el planchado de la ropa que había lavado el día anterior para terminar lo más rápido posible. Concentrada en su trabajo no escuchó el timbrazo del teléfono, sacándola de su encierro mental, el grito de la señora:

--¡María, contesta el teléfono! –Obedeciendo, tomó el auricular y al terminar de escuchar, llamó a la señora: --Es para usted, le llama su hija, que es muy urgente… -Todavía en bata, sin arreglarse, llegó al aparato y preguntó: --¿Qué pasa? –Conforme oía, su cara se iba transformando, reflejando un rictus de dolor. Al colgar, entristecida, buscó asiento y se llevó una mano a la frente, recargando el codo en su muslo. María se acercó, solícita preguntándole que le sucedía y si le podía ayudar en algo. Al no recibir contestación, se quedó de pie a su lado, hasta minutos después al levantarse, recibió de la señora la siguiente orden:

--Acompáñame… busca entre la ropa que tengo en ese closet algo de negro y póntelo. Prepara mi vestido negro, el de seda. Vamos al velatorio, me avisó mi hija que falleció su padre, mi ex esposo. Murió el domingo de un paro cardiaco y lo encontraron hasta ayer, dos días después de haberle pasado. Ni hablar, el pobre vivía solo.

Un temor recorrió su cuerpo sintiendo que la garganta se le cerraba. Su nerviosismo le hizo tirar la plancha… ¿Qué le pasaba? ¿Por qué se sentía tan mal? No lo entendía, las piernas le flaqueaban… Recogió la plancha y la ropa que había rociado y se dirigió al closet de la señora. Sacó el vestido pedido y lo preparó. Tomó una blusa negra, se quitó la suya y se colocó la ajena. Al momento se mareó y tuvo la necesidad de sentarse para no caer. En ese momento entró la señora y al verla sentada, extrañada al notarle algo raro, preocupada le preguntó:

--¿Qué tienes? Desde que llegaste te noto mal, ¿algo te sucede?

--No señora, ya me pasó, tuve un ligero mareo, quizá porque desayuné muy poco. –Se puso de pie y le entregó el vestido, diciéndole: --Está listo su vestido y yo también estoy lista.

Luego de pagar el taxi, entraron en la funeraria. A cada paso que daba María para subir la escalinata hacia los velatorios sentía una pesadumbre que le impedía caminar, retrazándose. Al notarlo la señora la carrereó:

--No te quedes atrás, no me dejes caminar sola, ¡ándale! Camina junto a mí.

Angustiada, con el corazón saliéndosele del pecho, entró en la capilla correspondiente quedándose en la salita de acceso, recargada en la jamba de la puerta, mientras la señora era recibida por sus dos hijos. Abrazados los tres, las dos mujeres soltaron el llanto; luego, caminando lentamente cruzaron la puerta hacia la sala donde se encontraba el féretro. Hacía mucho tiempo que no había visto a su ex esposo, desde que su hijo era pequeño y ahora, aunque muerto quería estar junto al hombre que mucho, recordaba, amó. Pidió que la dejaran a solas con él y en un triste monólogo, se despidió de su primer amor, pidiéndole perdón por haberlo abandonado y por dejar a su hijo sin sus cuidados, humedeciendo con un sincero llanto, el cristal de la mirilla del ataúd.

Buscó a María y al no verla, le pidió a su hijo que la llamara para que estuviera a su lado, para que la acompañara en ese momento de dolor. El hijo salió de la sala privada y la vio aún de pie junto a la puerta. Acercándose y muy amablemente, le habló en voz baja acatando la orden de su madre:

--Señora, agradezco su presencia, le llama mi madre, que vaya a su lado…

--Sí, en seguida… ¿En dónde se encuentra?

--En el interior, donde está el féretro con el cuerpo de mi padre. – María, al ver al joven a su lado, una corazonada pasó por su mente que le hizo preguntar antes de empezar a caminar, temiendo escuchar la respuesta: --Perdón… ¿Cómo se llama usted?

--Florencio Garcés. –Asombrada, sólo pudo articular una palabra:

--¿Cómo?

--Sí señora, llevo el mismo nombre de mi padre: Florencio Garcés. –Al escuchar el nombre sintió desmayarse, apoyándose en el brazo del hijo para no caer. Caminando de esta manera pasó a la sala de velación, acercándose a la señora. Esta, tomándola por los brazos la acercó al féretro:

--María, quiero que conozcas, aunque sea sin vida, al único hombre que amé y tal vez… si no lo hubiera abandonado, mi vida artística a su lado hubiera sido otra muy diferente. Míralo, que guapo aún se ve… -Temerosa, se acercó al ataúd, inclinó su cuerpo mirando hacia al ventanilla de la caja y retrocediendo… llevándose las manos a la cara, tapándose los ojos, profirió un desgarrador grito que hizo estremecer a todos los presentes, cayendo desmayada a un costado del féretro.

MARÍA

En la Terminal de Buenavista, de pie en el andén con dos maletas en el piso, esperaba abordar el vagón del ferrocarril. Regresaba a su pueblo. Su estado de ánimo se encontraba por los suelos; pero de momento… un sentimiento comenzó a revolotear en su pecho, muy dentro de sí misma, un sentimiento indescriptible que la hacía sentirse bien, un no sé qué de felicidad. Había amado y había hecho feliz los últimos días de Florencio, días que ella disfrutó como nunca, a su lado. Su vida antes inútil, ahora encontraba una justificación y una razón de vivir: Había amado a Florencio en dos épocas, le había entregado su amor en dos tiempos, en la aurora de su juventud y en el ocaso de su madurez, y en ambos tiempos fue suya sin condición alguna. Ahora, ella ya no le pertenecía a nadie; su mente, su alma, su cuerpo fueron, eran y serían sólo para él, respetando su recuerdo. Si lo conoció en tiempos de carnaval, hoy, recién pasado el tiempo de este carnaval, no lo perdería porque sabía muy bien que si el cuerpo de Florencio se quedaba aquí, en la ciudad, enterrado; no le importaba, ya que su espíritu se encontraba a su lado en una comunión perfecta con el suyo y su recuerdo dentro, vivo, muy interno en su corazón. Sin duda, los próximos tiempos de carnaval, mientras Dios le permitiera vivir, no los pasaría en Veracruz; regresaría a la capital para disfrutar ese inolvidable período de fiestas y de dicha, al lado de sus seres más queridos: su hermano y su inolvidable amor. Así los compartiría con su vida futura.

Comprendió también que el único dolor que le pudiera entristecer, consistiría en no haberle dado a Florencio, en su tiempo, un hijo; pero en cuanto llegara a su casa, recibiría a sus nietos y los atendería como lo hizo con sus hermanas y como lo hizo con sus hijos, los propios y los ajenos, viendo en cada uno de ellos al hijo de su vientre, al hijo engendrado por Florencio durante los dos tiempos de amor que vivió en su compañía.

Cuando pitó la máquina, abordó el tren sentándose en el lugar que le correspondía. El maletero acomodó su equipaje en el entrepaño superior y después de darle las gracias por su servicio, recostó su cabeza en el respaldo, cerrando los ojos.

Al iniciar la marcha el convoy, extendió su brazo hacia el asiento vació que se encontraba a su lado, como si estuviera abrazando a alguien, a alguien que estaba junto a ella, a alguien que no se separaría nunca de su lado y recargando su cabeza en el hombro de ese alguien, una lágrima corrió por su mejilla, una lágrima no de dolor ni de tristeza… y en su rostro se reflejó una sonrisa de felicidad, una sonrisa de amor…

M a x V i l l a r e a l.

Maravillas, Hgo.

Septiembre de 1999.

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